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Full text of "Rafael Marias 2001 El Hermano De Pablo"

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EL HERMANO DE PABLO 


Rafael Marías 



EDITORIAL PSICOLIBROS 








(BIOGRAFÍA) 


Rafael Marías nadó en 
Montevideo (Uruguay), 
en 1954. Residió algunos 
años en Buenos Aires, 
Nueva York y Barcelona. 
En Montevideo cursó 
estudios de Letras y 
completó la carrera de 
Medicina. 

"El hermano de 
Pablo'\ su primera nove¬ 
la, narra las vivencias de 
dos hermanos, Pablo y 
Javier, centrando la 
acción mayormente en los 
años setenta, un período 
dramático de la historia 
del Uruguay. 





EL HERMANO DE PABLO 


de Rafael Marías 


X EDITORIAL PSICOLIBROS 





Editorial Psicolibros ltda. X 

Mercedes 1673 - Montevideo - Uruguay 
Tel.: (005982) 409-44-29 
E-mail: pslibros@adinet.com. uy 


Diseño y diagramación: Héctor Cirio 
E-mail: imago@adinet.com. uy 


ISBN 9974-7637-1-1 

Hecho el depósito que marca la ley. 

Derechos reservados 



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ParaMartha 




Primera Parte 




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Capítulo I 


- Como comprenderás Javier no tengo otra opción. 

El padre García, director del Instituto Pío XII, hizo girar con lentitud las 
manos. Parecía querer dar forma cuidadosa a las palabras antes de arrojarlas so¬ 
bre el muchacho alto e indiferente sentado frente a él. 

- Hemos encontrado una fórmula intermedia para no perjudicarte ni herir 
los sentimientos de tu padre. Después de todo, él ha depositado su confianza en 
nosotros y no sería correcto tomar una medida que pueda perjudicar definitiva¬ 
mente tu futuro. 

Una oleada de rabia sacó a Javier de la indolencia con que hasta el momen¬ 
to había escuchado el discurso del director. Aquel cura con su apariencia bonda¬ 
dosa nunca lo había engañado. En aquel momento le estaba diciendo que lo ex¬ 
pulsaban del Instituto pero se las ingeniaba para hacerlo parecer un acto piadoso 
de su parte. De cualquier forma ya se lo esperaba, pensó, y por eso no se sorpren¬ 
dió cuando antes de entrar para la última clase del día fue llamado a la Dirección. 
Se lo tenía bien merecido por andar jugando a la revolución en un Preparatorio 
dirigido por curas. ¿A quién se le ocurría? 

- La carta encontrada -siguió siendo el director-, es un hecho que no pode¬ 
mos soslayar. Nos sentimos defraudados, traicionados en nuestra buena fe, pero 
no por eso hemos dejado de velar por tus intereses. Espero ser lo suficientemente 
claro, Javier. Quiero que sepas apreciar esta oportunidad que te damos de prose¬ 
guir tus estudios en donde prefieras sin hacer oficial la expulsión. También me 
gustaría que tuvieras en consideración que no ha sido sin oposición de algunos 
miembros de la Dirección y gracias a mi intervención que se te ha concedido esto 
último. 

El director hizo una pausa y el silencio se concentró ahora en su figura 
gruesa y encorvada que se elevó con parsimonia de la silla detrás del escritorio. 

Era un hombre bajo, corpulento, totalmente calvo que rondaría los sesenta 
años. A su sonrisa beatífica de costumbre le había agregado un matiz fatigado 
para demostrar cuán penoso le resultaba todo aquello. 



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El Hermano de Pablo 


“Ahora”, pensó Javier, “caminará hacia mi y me tenderá la mano, me pasa¬ 
rá un brazo por el hombro y, mientras me acompaña hacia la puerta, me repetirá 
con voz dulce y tranquila que debo seguir considerándolo como un amigo y que 
siempre estará dispuesto a ayudarme cuando lo necesite. Quizás en el trayecto 
hasta le dé el tiempo para darme algún consejo, y yo, ¿por qué no?, aquí tiene mi 
mano Padre, gracias, gracias por su amparo, su comprensión, y el tiempo que le 
he hecho perder”. 

El sacerdote palmeó con suavidad la espalda de Javier y éste dejó la Direc¬ 
ción. Era hora de clases y estaban desiertos los corredores, la cantina y el patio de 
baldosas verdes, con sus arcos de fútbol en cada extremo, en donde el sol caía a 
plomo. Continuó hasta el centro del patio y se sintió súbitamente reconfortado 
por aquella tibieza de principios de otoño. 

Mientras esperaba el timbre de salida recordó la noche anterior. Lalo se 
presentó sorpresivamente en su apartamento cuando recién terminaban de cenar, 
más agitado que de costumbre, saludó a sus padres que lo odiaban, y le había 
susurrado: “Vamos a tu cuarto que tengo una mala noticia”. Luego, espatarrado 
junto a él en la cama, apartándose el flequillo de su cara pecosa le dijo: “Me 
enteré hace apenas unas horas y quise venir a contártelo personalmente. Te han 
jodido Javier y bien jodido”. Parecía que un alumno de su propia clase, ya se 
enterarían quién, había entregado al director una carta de su puño y letra en la que 
se planeaba una “inadmisible” politización del estudiantado. Se lo contó Nuñez, 
el bedel, que hizo de juez en el partido de fútbol que jugaron en el Instituto 
aquella misma tarde, a tu amigo lo han fundido, le dijo, de esta no se salva, 
porque quién lo mandaba escribir esas estupideces y dejarlas por ahí al alcance 
de cualquiera. El director estaba decidido a tomar medidas, estaba muy enojado, 
dijo que se habían aprovechado de su generosidad y que había llegado el momen¬ 
to de cortar por lo sano. En fin, a él le parecía que era difícil que lo expulsaran por 
una boludez así, pero el clima estaba espeso y era mejor adelantarse; por eso 
había pensado en armar un buen escándalo a la salida, hablarles de todos, hacerle 
ver al director que no estaba solo, que tenía apoyo, que no se podía atropellar a 
alguien del Círculo tan fácilmente. Javier recibió la noticia con contrariedad. La 
perspectiva de una sanción no le agradaba en absoluto porque sus padres se lleva¬ 
rían un gran disgusto y su vida familiar se complicaría aún más. De todos modos 
era necesario esperar, todavía no había pasado nada. Pensó que si no fuera por lo 
perjudicial que podía ser la situación para él hasta tenía su gracia. Parecía un mal 
chiste que hablaran de un supuesto plan de politización cuando todo el mundo 



Rafael Marías 


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sabía que desde hacía tiempo tanto comunistas, ultras, socialistas y demócratas 
cristianos estaban organizados y lógicamente cada uno tenía sus estrategias polí¬ 
ticas. La diferencia era que él escribió algo aparentemente terrible en un papel y 
algún bienintencionado se lo alcanzó al director. Que se imaginara, seguía di¬ 
ciendo Lalo, los de la Asociación de Padres hacía tiempo que estaban presionan¬ 
do a la Dirección, les dirían que aquello era insostenible, que querían que sus 
hijos estudiaran no que hicieran política, que era preciso tomar medidas urgentes 
para terminar con ese grupito de agitadores, ¿entendía Javier?, ese papelito que le 
habían robado era la oportunidad que estaban esperando para terminar con todo y 
él se la había servido en bandeja..., bueno, aunque eso ya no importaba y lo 
fundamental era evitar las consecuencias, buscar apoyo en el resto de los estu¬ 
diantes, esa tarde arreglaría todo, se comunicaría con los otros grupos políticos y 
organizarían un mitin a la salida que haría historia. “Mañana antes de entrar a 
clases te lo confirmo. Por supuesto que vos vas a ser el orador”. Después que se 
fue Lalo, Javier se había encerrado en su cuarto. Ya eran pasadas las once y en el 
departamento todo era silencio. Pablo, que dormía en el cuarto contiguo, aún no 
llegaba. Se dijo que lo mejor sería tratar de conciliar el sueño. Además al otro día 
por la noche se haría el acto de la Coordinadora para el que habían trabajado 
durante meses en el Comité barrial. Iba a ser una jomada difícil y lo más sabio 
era no adelantarse a los acontecimientos afrontando las dificultades a medida que 
aparecieran. Cerró los ojos pero su mente seguía funcionando. Estaba preocupa¬ 
do y no era para menos. Las noticias traídas por Lalo además parecían haber 
reavivado algo que trataba de ignorar pero que estaba siempre presente, algo que 
le venía sucediendo desde el verano pasado o tal vez antes. Había comenzado 
como un sentimiento indefinido, ¿un vacío?, pero luego fue tomando cuerpo has¬ 
ta hacerse notorio no sólo para él sino para los compañeros más cercanos. El 
hecho era que ya no era el de antes, estaba desinteresado, apático... ¿Es que ya no 
eran importantes sus ideas para él? ¿Acaso no era la primera vez que lo tenían en 
cuenta, que veía sus inquietudes volcadas en algo trascendente? ¿Qué más se 
podía pedir o necesitar? ¿Habían sido esas dudas, esos cuestionamientos que 
últimamente rondaban por su cabeza? No, eso fue una consecuencia, había veni¬ 
do después. Intentó y logró parar el torrente de sus pensamientos pero la ansiedad 
no lo dejó dormir en toda la noche, y ahora, en el patio del Instituto, donde el sol 
formaba un océano verde a su alrededor, quiso una vez más alejar cualquier idea 
perturbadora. Envuelto por el sol protector consiguió traer ante sí el rostro de 
Claudia y recrear por un instante su mirada, su sonrisa, esbozar apenas su figura 
firme y delicada a la vez, y como en esas escenas agradables que se sueñan y al 



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El Hermano de Pablo 


despertar uno se empeña en mantener sabiendo que no pueden durar, Javier hizo 
un esfuerzo por mantener la imagen de la muchacha, pero abruptamente un re¬ 
cuerdo se le impuso desplazándola. Era Pablo, rubio, burlón, gritándole con des¬ 
precio muy cerca de la cara: “Vos sos un idiota, Javier, ¿sabés?, un enfermo que 
se cree que se las sabe todas. Y te digo otra cosa, me importa muy poco lo que te 
pueda pasar, pero papá y mamá se preocupan, ¿entendés? ¿Adonde pensás llegar 
con todo esto de los bolches? ¿O sos tan estúpido que creés que todas esas ideas 
ridiculas sobre la revolución tienen algo que ver con la realidad? Vos subestimás 
a todo el mundo, ¿no?, pensás que los que no tienen tus mismas ideas no tienen 
nada en la cabeza, que yo soy un pobre ignorante, ¿y sabés lo que pienso?, que 
sos un típico conflictuado, que estás totalmente idiotizado y te estás perjudican¬ 
do. Yo a papá siempre le digo que se te va a pasar, pero él cree y con razón que 
nuestro país no es el de antes, que gracias a la crisis, los tupamaros y los comu¬ 
nistas como vos, los militares tienen cada vez más poder, menos paciencia y 
muchos intereses que los llevarán a ser muy radicales a corto plazo. ¿Te da esa 
mente retorcida para entender eso?”. Podía ver, como si estuviera sucediendo, la 
saliva que llovía de la boca de Pablo, sentía las finas gotitas humedeciéndole la 
cara, su mirada firme, inteligente, la mano que le había colocado sobre el hombro 
y lo empujaba cada vez con mayor fuerza hasta hacerlo retroceder. “Ese hijo de 
puta”, pensó Javier, haciendo desaparecer la imagen. “Si tan solo pudiera alejar¬ 
me, si pudiera escaparme a cualquier lugar para estar tranquilo. ¿Por qué todo 
tiene que ser tan jodidamente difícil para mí?”. Estaba harto. Añoraba ese senti¬ 
miento que experimentaba a veces de ser un simple espectador de los aconteci¬ 
mientos. Mirar la vida desde afuera lo hacía sentir libre y en paz. Era como si 
todas las cosas lograran concretarse en una visión cualquiera y él fuera capaz de 
abarcarlas. Sí, no había duda que algo andaba muy mal con él. Necesitaba tomar¬ 
se un tiempo para pensar, para resolver definitivamente el problema, para volver 
a ser el de siempre. El chillido del timbre lo estremeció. ¿Iba a quedarse ahí 
parado? Alarmado pero sin decidirse todavía escuchó los ruidos provenientes del 
primer y segundo piso donde estaban las aulas. Oyó cómo crecía el murmullo de 
voces entre las que se elevaba de vez en cuando un grito, alguna risotada. “No me 
puedo quedar. Tengo que irme ahora”, se dijo, y sin dudarlo más salió a la carrera 
hacia la entrada del Instituto antes que la primera ola de estudiantes irrumpiera 
por el hueco de la escalera. Ya en la calle imaginó la decepción que se llevarían 
los camaradas y por un segundo sintió un leve remordimiento. Una brisa tibia 
vino en su ayuda al doblar en la primera esquina. “Daré una vuelta por la Rambla 
y después la iré a ver”. 



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Capítulo JZ 


A Pablo el colegio nunca le había gustado, en realidad lo que más quería en 
aquella época era jugar al fútbol. Y la verdad es que se defendía bien, tanto que el 
padre Méndez lo llamaba por teléfono antes de los partidos para asegurarse que 
no fuera a faltar. “Te necesitamos. No me vayas a fallar”, le decía, y qué placer 
entrar en la cancha entre los aplausos de la hinchada los domingos de tarde. “Cómo 
juega”, “qué dribling”, “cómo le pega en los tiros libres”, comentaban todos y él 
pensaba que indudablemente tenían razón. También decían que era un poco sal¬ 
vaje porque era de los que nunca se achicaba y cuando algún rival se hacía el vivo 
durante el partido era seguro que a su casa no volvía sano. Es que en el fútbol, 
como en todos los órdenes de la vida, nadie respetaba a los que no se hacían 
respetar. 

A su madre la sacaba de las casillas cuando lo veía por el living de la casa 
corriendo sobre la alfombra, esquivando sillas con la pelota pegada al pie. “Me 
vas a destrozar todo, Pablo”, le gritaba y su padre dejalo vieja no veía que estaba 
practicando. Pobre papá, no se perdía ni un partido cuando comenzó a jugar con 
los infantiles de Nacional. “Vas a ver papá, algún día voy a jugar en primera y 
voy a ser famoso”, y él fruncía el ceño y le decía que estaba bien pero que no 
olvidara que los estudios estaban primero, si no los descuidaba podía seguir ju¬ 
gando todo lo que quisiera y más adelante verían. Él también, en su juventud, 
había sido muy buen jugador e incluso había recibido ofertas para hacerse profe¬ 
sional pero su familia se había opuesto. ¡Cómo un joven de su posición de iba a 
dedicar al fútbol! Con esa frase concluyente, las posibilidades de su padre como 
futbolista habían concluido y de ahí en adelante sus estudios de abogacía acapa¬ 
raron su atención. “No me puedo quejar porque en mi profesión me ha ido bien y 
estoy a gusto, Pablito, pero siempre me sentí un poco dolido por la actitud de mi 
padre sin importar que tuviera razón o no. Lo que pasa es que antes era así, no 
había diálogo, los padres eran inaccesibles y uno no tenía mas remedio que resig¬ 
narse y obedecer”. ¿No era macanudo su papá? ¿No era genial? “Lástima que 
fuera tan débil con mamá”, pensaba Pablo. Ese había sido su gran defecto. Siem¬ 
pre le dio todos los gustos y ella había aprovechado para hacer y deshacer en los 
asuntos domésticos. Por ejemplo: su mamá quería a toda costa que él y Javier 



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El Hermano de Pablo 


estudiaran en instituciones católicas. Su padre en principio no estaba de acuerdo, 
tenía algunas ideas contrarias a la enseñanza religiosa, pero como éstas no eran 
muy firmes y su padre muy blando con su madre, al final se había hecho lo que 
ella quería y los dos habían ido los seis años de primaria y los cuatro de liceo a un 
colegio de curas bayoneses, y luego, sin preguntarles su opinión, los inscribieron 
en un Preparatorio de otra congregación católica. Para su padre era más impor¬ 
tante seguirle la corriente a su madre para que no se alterara que las hipotéticas 
taras de una educación que sin duda alguna era de las mejores, pensaría. A Pablo 
lo sublevaba que su padre actuara así. Ni siquiera le dijo nada a su mamá cuando 
aquel problema con el cura inglés. ¡Un tipo realmente extraño! Fue en tercero de 
primaria. A las cinco y treinta de la tarde, media hora después de su té, día por 
medio, les daba clases particulares de Inglés de una hora a unos diez alumnos 
más o menos, en uno de los salones del colegio. Lo tenía bien grabado en la 
memoria: dedos amarillentos que siempre olían a tabaco, el pelo abundante total¬ 
mente canoso y bien cepillado hacia atrás, una voz gruesa, bien modulada, con 
acento anglosajón, y sobre todo unos modales tan paternales, tan afectuosos. 
Después de un primer mes de clases totalmente vulgar comenzó a sentarse junto 
a ellos en los pupitres cada vez que quería señalarles en el libro alguna parte de la 
lección del día. Y como al descuido, de la manera más natural, una mano tibia y 
sudorosa se les metía por las medias y los acariciaba suave, muy suavemente, 
haciéndoles cosquillas en piernas y tobillos, hasta que de pronto zácate, la mano 
que se disparaba de las medias y escarbaba afanosa, ávida por debajo del panta¬ 
lón, que era cortito a esa edad, y dele jugar con el pajarito el señor cura como 
quien juega con un amansalocos. Claro que a él que no era tan ingenuo como el 
resto de sus compañeros desde el principio le pareció muy raro y molesto todo 
aquel manoseo. Por eso les habló a ver si a ellos les parecía bien esos de tocarlos 
mientras les daba la clase. Como estos no supieron qué contestarle, le pareció 
que lo mejor era contárselo a su padre. ¡Qué inocente criatura que era entonces! 
Hasta se sorprendió y sintió algo de culpa cuando la congregación devolvió al 
cura urgente a su país de origen después del escándalo que armó su padre. Nunca 
lo había visto tan enojado como cuando le contó aquel asunto. Y pensar que a él 
le parecía un buen tipo el cura inglés porque a pesar de aquella manía que tenía 
no era tan estricto como los demás. Sólo años después se enteró que a las perso¬ 
nas con esos defectos se las llamaba pervertidas, y le resultó cómico pensar que 
sus padres lo mandaran a un colegio católico para que fueran decentes y los 
terminara toqueteando un tipo así. 



Rafael Marías 


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En cuanto a los otros curas por lejos el mejor era Padre Méndez, un fuera 
de serie. Además qué fuerza que tenía. A ver si son hombres les decía y endurecía 
los músculos de su abdomen hasta que se cansaban de pegarle sin que pudieran 
moverlo un milímetro. De verdad que era diferente, porque los otros curas o eran 
demasiado viejos o demasiado gordos, o estaban escuálidos y chupados, pero el 
Padre Méndez medía cerca de un metro noventa, era ancho de espaldas y tenía 
músculos por todo el cuerpo. En fin, un verdadero desperdicio. Parecía una per¬ 
sona realmente poderosa, un modelo de hombre, y además, lo más importante: 
era un verdadero fanático del fútbol. No había quien supiera más de ese deporte y 
de su historia que él, no había pregunta que no supiera contestar. En el correr de 
la semana, desde primero de liceo, daba unas clases de Geografía que eran una 
risa para él, porque como era el capitán de la selección “B” del colegio (que 
comprendía primer y segundo año, la “A” eran los liceales de tercero y cuarto), 
su protegido, jamás lo hacía pasar al pizarrón y en los escritos mensuales Pablo 
se sentaba cómodamente en un pupitre vecino al de Nacho y le copiaba íntegra¬ 
mente sin que el Padre se diera por enterado. Por supuesto que era el encargado 
de deportes y organizaba concienzudamente los campeonatos intemos entre las 
distintas clases, además de preparar a la selección para los intercolegiales. Los 
había sacado campeones dos años seguidos, los contagiaba con su determina¬ 
ción, los hacía sentir que estaban defendiendo el honor del colegio en cada parti¬ 
do. “No se entretengan con la pelota, tóquenla, roten, busquen a Pablo, apreten la 
salida del contrario y cuando recuperen la pelota juéguenla con inteligencia”, 
eran algunas de sus máximas, y en el pizarrón les enseñaba la táctica, la estrate¬ 
gia que en cada partido debían seguir, jugadas para los tiros libres y los comers 
que después en las prácticas les hacía ensayar hasta el agotamiento. Como si esto 
fuera poco una vez por semana sacaba un boletín que les vendía por unos centé- 
simos, con comentarios de los partidos, tabla de posiciones, lista de goleadores y 
el jugador más destacado de cada clase y de la selección. ¡Pobre cura!... y le 
parecía pobre porque de verdad le daba pena. No por lo que hacía, ni por su forma 
de ser, sino por el contraste entre su exuberancia física y toda aquella entusiasta 
actividad que desplegaba, con la austeridad de su cuarto, de sus ropas, la estre¬ 
chez en la que había elegido vivir. Era un verdadero enigma para él. Las veces 
que lo visitó en su habitación, había notado que todas sus pertenencias eran unos 
muebles antiguos heredados de una tía que consistían en una cama arrimada a la 
pared, una mesa, una silla y un armario que a falta de biblioteca le servía para 
guardar unos pocos libros. Los únicos adornos de su habitación eran una imagen 
del Sagrado Corazón colgada de un clavo junto a la ventana y en la puerta otro 



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El Hermano de Pablo 


clavo con un almanaque. Le resultaba insólito que no hubiera nada personal en 
aquel cuarto, como si se tratara de un cuartucho de hotel habitado por alguien que 
estuviera de paso. Pablo no podía entender por más vocación que tuviera que se 
resignara a vivir así, algo tenía que andar mal. Para esa fecha calculaba que el 
padre Méndez rondaría los cuarenta años. A Nacho le habían contado que era 
huérfano desde los seis años (su padre, obrero de la construcción, había muerto al 
caer de un andamio, y su madre al año de cáncer) y había sido criado por sus 
abuelos matemos. Pablo pensaba que era ése el motivo por el cual le daba lásti¬ 
ma, porque en su soledad creía adivinar las huellas de una desgracia personal que 
lo volvía casi heroico por la gran entereza que significaba encarar la vida como lo 
hacía él, sin quejas, ocultando su sufrimiento en un hermético aislamiento. Aún 
hoy le parecía verlo algunos sábados de tarde cuando las grandes puertas del 
colegio estaban cerradas y todo estaba quieto y silencioso como en un sepulcro, 
cuando los otros curas aprovechaban para salir a ver a sus familias o estaban 
ocupados en las actividades de la Iglesia o en la parroquia. Ellos se colaban por la 
Iglesia a la hora de la misa, y unos momentos después del primer pique de la 
pelota se abrían las persianas de su ventana que daban al patio y los saludaba 
agitando las manos y a los pocos minutos aparecía despeinado, sin afeitarse, con 
la sotana a medio abrochar, dando órdenes y rezongándolos por no avisarle, con 
el rostro encendido y la mirada brillante de entusiasmo, como un jovencito más. 
Cómo describir su sorpresa cuando a las dos semanas de empezar los cursos de 
tercero de Liceo, al llegar al colegio le habían dicho que las clases estaban sus¬ 
pendidas porque el Padre Méndez había fallecido. A lo primero creyó que era una 
broma del borrachín del portero, pero como éste seguía tan serio, no quiso escu¬ 
char más y luego de apartarlo de un empujón salió disparado rumbo a la habita¬ 
ción del Padre. Al encontrar la puerta cerrada con llave la había golpeado con 
fuerza con la esperanza de verlo aparecer. Luego con lágrimas en los ojos había 
cruzado a la carrera el pasillo que comunicaba las habitaciones de los curas con 
la iglesia, y, antes de llegar a la sacristía, en una pequeña sala de reuniones, esta¬ 
ba el ataúd. Habían retirado una mesa redonda con su juego de sillas para colo¬ 
carlo en el medio de la pieza. Dos curas viejos a los que conocía desde que entró 
en el colegio (el Padre Morales, que daba clases de catecismo, y el Padre Ruiz 
encargado de la Secretaría) se paseaban de pared a pared repitiendo sus letanías 
en un susurro casi inaudible. Los dedos temblorosos de los dos vejestorios se 
deslizaban de una cuenta a otra del rosario y el tono monótono, impersonal de sus 
voces le hicieron sentir escalofríos. No existía en sus gestos obsesivos ni en sus 
rezos mecánicos señal alguna de emoción, como si su presencia allí nada tuviera 



Rafael Marías 


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que ver con la del hombre tendido en el cajón. ¡Qué soledad tremenda la del 
Padre Méndez!, había pensado. Ahí estaban sólo ellos tres y el muerto con su 
terrible soledad. No había allí padres, hermanos, esposa, hijos o amigos llorando 
su pérdida, y esa circunstancia por sí sola, más allá de la sinrazón de su muerte, 
constituía una verdadera tragedia. Además siempre había imaginado la cara de la 
muerte relajada y pacífica, pero la del Padre estaba extrañamente inquieta o ra¬ 
biosa por algo, como si el viaje a destiempo que había sido obligado a emprender 
significara en su caso una espantosa condena. El más viejo de los curas, el Padre 
Morales, hizo una pausa en sus rezos y se acercó a él para contarle que lo encon¬ 
tró así, exánime sobre la cama la noche anterior, cuando fue a buscarlo preocupa¬ 
do porque no se había presentado en el comedor a la hora de la cena. “Hasta un 
hombre joven y sano como él puede ser llamado por Dios si éste así lo dispone. 
No es competencia nuestra buscar explicaciones a su divina voluntad”, le dijo el 
anciano cura a quien Dios le había regalado tan larga vida, y a él le vinieron 
náuseas y pensó que el Padre Méndez se había muerto de pura tristeza. Sintió una 
gran repulsión por aquel cura (la misma que le daban sus clases) y sus maravillo¬ 
sas ideas sobre la muerte, Dios y el destino, y un sentimiento inefable lo hizo 
permanecer junto al muerto, no sabía exactamente por cuánto tiempo (aunque 
calculó después que había sido bastante más de una hora), hasta que el Padre 
Director cuya presencia no había notado, se le arrimó y lo sorprendió ofreciéndo¬ 
se a llevarlo en su coche a casa, seguramente por considerar que no era beneficio¬ 
so para un joven estar allí en una actitud tan concentrada acompañando a un 
cadáver. En el trayecto, le dijo que el Padre Méndez obviamente tenía una afec¬ 
ción cerebral o cardíaca nunca detectada, y por lo menos ésta le pareció una 
explicación mucho más satisfactoria y tranquilizadora que la de una intervención 
divina, porque de lo contrario, pensaba, ¿quién podía estar a salvo de los capri¬ 
chos de Dios o, de lo que para él era lo mismo, de sus “inescrutables razones” 
(como llamaba el padre Morales en sus clases a esa suerte de misterio en que 
apoyaba sus obras el Ser Supremo)? El Director, que era un hombre alto, extre¬ 
madamente delgado, sumamente serio y estricto, no se conformó con dejarlo en 
su domicilio sino que de paso aprovechó para hacerles una visita a sus padres 
durante la cual no ahorró alabanzas acerca de la madurez y sensibilidad que había 
demostrado su primogénito, en tanto que Pablo seguía trastornado y apenas escu¬ 
chaba la conversación. Se daba cuenta que no era solamente la tristeza por la 
muerte del Padre Méndez lo que lo mantenía en esa suerte de limbo, sino que su 
mente parecía haber sido capturada por la imagen que estuvo observando con 
extraña fascinación en el ataúd por más de una hora: la cara iracunda y ensimis- 



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El Hermano de Pablo 


mada del muerto. Comprendió que la muerte a partir de ahí había entrado en su 
vida y no dejaría nunca de producirle perplejidad. Pero en aquellas circunstan¬ 
cias le había causado tanta impresión, tal vez por su carácter inesperado y prema¬ 
turo, que en los días sucesivos su comportamiento en el colegio no fue el habi¬ 
tual. Nacho y Enrique, que eran sus mejores amigos, lo observaban preocupada¬ 
mente, con caras circunspectas y no se animaban a sacarle el tema. Hasta los 
curas que lo consideraban un caso perdido comenzaron a tratarlo mejor y palma- 
ditas por aquí y por allá como si estuviera convaleciente de alguna enfermedad. 
Sin embargo, a las pocas semanas todo regresó a la normalidad y se escuchaba 
hablar muy raramente del Padre Méndez, como si hubiera un acuerdo general 
para olvidarlo. No sabía si otros lo recordarían por algún motivo, pero él lo guar¬ 
dó siempre en su memoria formando parte de esas vivencias, que a pesar del 
tiempo conservaban un brillo particular. 

Por lo demás, de la vida del colegio, recordaba especialmente la misa de 
los viernes a las once. Era obligatoria y los curas los vigilaban con especial rigu¬ 
rosidad ese día. En primaria, si a uno lo pescaban charlando con el vecino lo 
señalaban y a ver usted que esta de vivo venga, y el infractor era trasladado a los 
últimos bancos de la Iglesia, que a esa hora estaban vacíos, y, cuando terminaba 
la misa, en vez de dejarlo ir para su casa lo encerraban en un salón de clases hasta 
que copiara cien veces no debo hablar en la Iglesia con mis compañeros. Los 
liceales también iban a parar a un salón de clases pero el castigo era quedarse allí 
hasta que el director, después que transcurría media hora o más, los reprendiera 
con un discurso y les entregara una nota que debían firmar sus padres. Siempre, 
después de cada misa algún alumno era capturado y a él le había tocado unas 
cuantas veces. Lo que pasaba era que, como se aburría solemnemente en la misa 
y no le importaba en absoluto lo que estaba ocurriendo en el altar, necesitaba de 
alguna distracción para hacer la ceremonia más llevadera. Primero sin tener ideas 
claras al respecto, desde que tenía memoria sentía un rechazo instintivo por aquel 
ambiente religioso y consideraba que si había algo que jamás se le ocurriría sería 
convertirse en cura. A medida que pasaban los años también se fue dando cuenta 
que tampoco lo motivaba para nada la idea de ser un buen católico, ni siquiera un 
buen cristiano. Una vida austera, ascética, orientada siempre a la misma conduc¬ 
ta por un miedo irracional a desviarse del camino determinado por el Señor, lo 
consideraba monstruoso, una violencia autoinflingida, algo absolutamente anti¬ 
natural. De todas maneras, no era cuestión de dramatizar, tampoco en el colegio 
el ambiente era intolerable, lo importante era que su conciencia era libre (Pablo 



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creía que en su naturaleza algo lo alertaba y defendía) y le resultaba fácil seguir la 
corriente para pasarla lo mejor posible, por más que de vez en cuando tuviera que 
hacer cosas que le repugnaban. Por ejemplo las confesiones, eso sí que le parecía 
absurdo. No existía un espectáculo más bochornoso que la gente confesando sus 
pecados. No obstante él se confesaba igual porque se lo habían hecho sentir como 
un compromiso, puesto que resultaba altamente inadecuado que un alumno no 
pasara por el confesionario antes de comulgar. ¿Quién era ese tipo que estaba 
libre de pecado?, podían pensar. ¿Hoy no se confiesa Arana?, podía preguntarle 
algún cura (como ya se lo habían preguntado a él y a otros) insinuando una orden 
que si llegaba a desobedecer se encargarían de hacérselo pagar en amonestacio¬ 
nes, plantones a la salida, bajas notas en conducta, llamadas demasiado seguidas 
para dar la lección, todas cosas tontas, sí, pero que molestaban, y como no se 
podía decir que la confesión constituyera para él un gran trauma o sacrificio, sino 
más bien una especie de ejercicio que ya tenía bien aceitado y automatizado (en 
el cual por supuesto no jugaba ningún papel el arrepentimiento), para qué crearse 
problemas. Además parecía bien fácil distinguir entre las propias acciones y pen¬ 
samientos aquellos considerados malos o perversos, pero también era verdad que 
si uno profundizaba y se ponía un poco exigente resultaba ser que con esa lógica 
del pecado no había acción o pensamiento que no estuviera si no acusado por lo 
menos bajo seria sospecha de algún tipo de falta moral. ¿No era aquel un serio 
problema? ¿No era como vivir en guerra contra un fantasma que al fin de cuentas 
resultaba ser uno mismo? De todos modos no era cosa de meditar demasiado sino 
de aprenderse de memoria la lista de sus pecados y siempre contar los mismos, 
aunque en alguna ocasión, durante los dos últimos años de liceo, lo había atacado 
un deseo irreprimible de divertirse a costa de algún cura. De más está decir que 
elegía siempre los menos riesgosos, y entre estos al Padre Delaqua, un cura rela¬ 
tivamente nuevo de alrededor de cincuenta años, amanerado, ingenuo y gritón 
del que todo el mundo se burlaba. “Padre, dije malas palabras, desobedecí a mis 
padres, también le pegué una patada a un primo que es retardado y le robé plata 
de la billetera a mi papá. Pero eso es lo de menos, Padre...”, y hacía una pausa lo 
suficientemente larga que era interrumpida por el cura que por primera vez pre¬ 
guntaba con cierta viveza en su tono de voz, quizás con el presentimiento de que 
aquel alma al fin confesaría algo que lo regocijara: “Qué pasó hijo, dilo sin temor”. 
“Bueno Padre. Me da un poco de vergüenza, pero tengo que contárselo. Yo estaba 
leyendo una revista pornográfica que por casualidad encontré tirada en la calle y 
no pude evitar, como siempre me sucede en los casos que me excito, a pesar de 
que pongo toda la voluntad del mundo por dominarme, comenzar a masturbarme, 



20 


El Hermano de Pablo 


pero esta vez sucedió algo muy extraño, algo que nunca me había sucedido, algo 
que me tiene muy preocupado, Padre... verá, cuando estaba en lo mejor, total¬ 
mente entregado a ese terrible hábito que me propongo vencer y del que me arre¬ 
piento todos los días, llegó el momento en que pareció que el cerebro me explotaba 
y vi luces lo juro, y de donde usted sabe, Padre, me salió un líquido blanco, con 
grumos, parecido al yoghurt que hace mi madre con los bichitos, y por unos se¬ 
gundos quedé en un trance que debo decirle aunque me avergüence que me resultó 
muy agradable, y mi pija... oh, perdón, Padre, qué bestia, quise decir mi apéndice 
sexual, mi órgano eréctil, se fue desinflando y me quedé todo hecho un asco, 
enchastrado y pegoteado por esa sustancia infernal... ¿Usted, Padre, me lo podría 
explicar? ¿Será de pronto alguna enfermedad? ¿Será un castigo de Dios? ¿Será 
una señal del cielo para obligarme a desistir de este pésimo vicio que tengo, Pa¬ 
dre?” Lo más cómico era cuando el Padre bastante turbado comenzaba a expli¬ 
carle científicamente la causa del problema, él se iba y al rato, desde un banco de 
la Iglesia, veía cómo abandonaba el confesionario en busca de su pecador y se 
ponía furioso al darse cuenta que le habían tomado el pelo. 

Desventuradamente no todas las bromas le salían bien, como la vez que a 
fines del mismo año que murió el Padre Méndez, durante la misa de los viernes, 
tuvo la brillante idea de sacarse la hostia de la boca y metérsela al gordo Fernán¬ 
dez por el cuello de la camisa. Eso sí que había sido mala liga, porque siempre lo 
estaba martirizando pero el pobre infeliz le tenía tanto miedo que nunca se había 
animado a denunciarlo. Pero aquella vez, de pronto envalentonado porque estaba 
en la Iglesia, o más probablemente porque había llegado al límite de su aguante, 
pegó un alarido en medio del sermón que provocó un instante de pánico general 
seguido de algunas risas ahogadas, y al darse vuelta y verlo a él, en lugar de 
asustarse se puso furioso y le gritó hijo de puta justito cuando pasaba el Padre 
Lucio (que era el más temido de todos los curas por su mal carácter y agresivi¬ 
dad) a tiempo de descubrir la causa y al culpable de aquel alboroto. Había sido 
imposible negar el crimen porque el traidor de Fernández no sólo lo acusó sino 
que después de escarbar dentro de su camisa logró sacar la hostia y se la estaba 
mostrando a toda la Iglesia con exultante expresión de revancha. Cuando vio 
aquello, al sagrado cuerpo de Cristo mancillado de semejante manera, el cura 
perdió los papeles y olvidando donde estaba, en presencia de todos sus compañe¬ 
ros (el cura celebrante haciendo tripas el corazón llamaba a la calma para poder 
terminar su interrumpido sermón) que miraban con una combinación de asom¬ 
bro, temor y júbilo la escena, lo tomó de una oreja y lo arrastró hacia la sacristía. 



Rafael Marías 


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Y qué patada le dio a la puerta para cerrarla el señor cura, y venga para acá vociferó, 
y él obedeció sin chistar, y ya le estaba pidiendo perdón cuando vio el gran puño 
que venía volando rumbo a su cara, y no tuvo tiempo de decir ni ay que ya el 
bruto lo había desparramado por el suelo, y no había conseguido levantarse que 
ya tenía el cinturón en las manos, y ya sabría él lo que era bueno, y ya vería como 
se trataba a los degenerados como él, y ya lo blandía, y ya lo hacía girar por el 
aire, cuando Pablo decidió que era suficiente, y, luego de incorporarse con rapi¬ 
dez, se abalanzó como un toro embravecido usando la cabeza contra la humani¬ 
dad del Padre y al encorvarse éste de dolor a causa del impacto recibido a la altura 
del estómago, le dio con la punta del zapato en la canilla, y sin perder el tiempo, 
mientras el cura lo insultaba a gritos, corrió hacia la puerta de la sacristía, la abrió 
y pasó como una tromba en dirección a la salida ante la incredulidad de todos, sin 
dejar de mirar para atrás por miedo a que aquel energúmeno y mal sacerdote se le 
ocurriera perseguirlo. Recordaba que al llegar a su casa se encontró con su padre 
que salía para el Estudio. Le había contado lo sucedido, omitiendo el incidente de 
la hostia para no quitarle méritos a los métodos utilizados por el Padre Lucio, y le 
pidió exagerando lo más posible para vengarse que lo sacara de ese colegio de 
mierda porque los curas lo perseguían. Por cierto que su padre que era miembro 
influyente de la comunidad había protestado y conseguido que amonestaran al 
Padre que nunca más volvió a tocarlo, pero igual que pasó con el cura inglés, no 
hizo ningún intento por cambiarlo de colegio (lo que hubiera causado un gran 
disgusto a su madre) autoconvenciéndose sin duda de que en definitiva, pese a 
todos los humanos defectos que pudieran tener, los curas impartían una educación 
que enriquecía de alguna forma la espiritualidad de sus hijos. De todas maneras, 
pensaba Pablo, no se podía ser tan negativo y decir que no había pasado buenos 
momentos en el colegio por más que hubiera preferido estudiar en otra parte. 
Además si lo miraba desde un punto de vista diferente, resultaba hasta divertido 
que unas personas tan respetables como los sacerdotes, con tanta autoridad moral, 
de vez en cuando le estuvieran recordando lo malo que era. 




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Capítulo XZ7 


“Ya son más de las doce”, pensó Rita alarmada al mirar su reloj de pulsera. 

Aquel viernes, por segundo día consecutivo, ni ella ni su madre habían ido 
a trabajar. La peletería estaba cerrada por reformas y hasta el lunes tenían libre. 
Claudia, su hermana menor, llegaría de un momento a otro, y como todos los 
mediodías durante la semana almorzarían juntas con la diferencia que aquel día, 
al igual que el anterior, ni Rita ni su madre tendrían que apresurarse para volver 
al trabajo a tiempo. “Hacía tiempo que no me levantaba a esta hora entre sema¬ 
na”, se dijo un poco avergonzada. Es que la noche anterior Cosme y Ricardo las 
habían invitado al cine y a la vuelta se quedaron tomando unas cervezas en el 
departamento y la charla se había prolongado hasta las dos de la madrugada por 
lo menos. En suma, que se acostaron cerca de las tres y Claudia estuvo a punto de 
quedarse dormida y llegar tarde a la joyería. 

Rita se levantó y se puso las pantuflas. Le dolía la cabeza, tenía el estóma¬ 
go revuelto, no tendría que haber tomado tanta cerveza. Cosme y su madre segui¬ 
rían durmiendo ya que no se oía ningún ruido proveniente del cuarto vecino. 
Todavía no se acostumbraba a que viviera con ellas, lo estaba intentando pero era 
difícil... y no porque fuera una mala persona, al contrario, era un hombre dere¬ 
cho, trabajador -por mas que actualmente estuviera desocupado-, un obrero de 
pura cepa como le gustaba decir a él, y por si fuera poco se llevaba muy bien y era 
muy atento con su madre que por primera vez estaba pasando por un período de 
paz después de los tormentosos años vividos junto a su padre. Pero aquello no 
bastaba, ¿no era cierto?. Le había parecido demasiado intempestiva la forma en 
que se desarrolló todo. Aunque hacía tiempo que se conocían y salían juntos, eso 
no justificaba que una noche, sin previo aviso, Cosme apareciera con una valija y 
se instalara en el apartamento como había sucedido semanas atrás. Así no se 
hacían las cosas... pero con su madre era imposible discutir, muchas veces actua¬ 
ba sin pensar y siempre pretendía tener la razón. “A Claudia la molestó más, era 
más apegada a papá. Por lo menos podía haber hablado con nosotras antes”. Pero 
en vez de hacerlo se limitó a anunciarles: “Cosme desde ahora va a vivir acá”, y 
las miró con aire desafiante, como esperando oír alguna objeción para lanzarse 
sobre quien se atreviera, pero las dos habían permanecido calladas, entre resigna- 



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El Hermano de Pablo 


das y tristes. Recordaba que al otro día temprano, ellas, como de costumbre, se 
prepararon el café con tostadas sin esperarla puesto que Claudia entraba trabajar 
media hora antes, y como dormían en el mismo cuarto, se despertaban y desayu¬ 
naban juntas en tanto su madre aprovechaba para dormir un rato más. Pero esa 
mañana se apareció en bata y chinelas en el comedor y, sin saludarlas, con una 
voz áspera las recriminó: “Podían habernos preparado el desayuno, ¿no?, ¿o vi¬ 
ven solas en esta casa?”. Es cierto que tenía todo el derecho de formar una pareja 
si se le antojaba, ninguna de las dos, sin importarles lo chocante que fuera verla 
viviendo con otro hombre hubiera puesto reparos; por eso no entendía su com¬ 
portamiento, aquella agresividad, como si hubiera adelantado que ellas la iban a 
desaprobar y las considerara un obstáculo en su camino. Claro que Rita sabía que 
no debía ser fácil superar trece años de convivencia con una persona como su 
padre, y su madre era una mujer relativamente joven, con deseos y necesidades, 
y tal vez, como se sentía amenazada por sus recuerdos creía que todo el mundo la 
amenazaba. Había cumplido treinta y nueve años el mes pasado, pero su figura 
todavía podía ser la envidia de muchas jovencitas; en cambio su rostro mostraba, 
a través de una expresión sufrida y desencantada, hecha de frustraciones y amar¬ 
guras, un envejecimiento prematuro. Llevada por sus ideas fijó su mirada en la 
fotografía que había debajo del vidrio de su mesita de luz. Su madre estaba ves¬ 
tida con un traje de bailarina y tendría aproximadamente doce años, su mirada 
era brillante, intensa, como si estuviera adivinando un futuro que la colmaría con 
todos los dones de felicidad. Uno a cada lado, un hombre y una mujer cuarento¬ 
nes sonreían tímidamente. Eran los abuelos. No los recordaba bien porque habían 
muerto cuando ella tenía cinco años. Eran unos judíos polacos dueños de una 
modesta relojería en la Aduana que toda su vida alentaron la ilusión de ver con¬ 
vertirse a su única hija en una gran bailarina. “Y hubieran logrado su sueño si no 
se hubiera casado con papá.” Ellos trataron de convencerla, de impedir aquel 
matrimonio, primero porque él no era judío, y en segundo lugar, no sabía si tam¬ 
bién a consecuencia de los prejuicios por su origen o por simple intuición, porque 
su padre les parecía arrogante y no creían que pudiera ser un buen esposo. Pero 
había sido uno de esos amores fulminantes y se casaron a los tres meses de cono¬ 
cerse sin la bendición de los abuelos que no asistieron al casamiento por civil 
anunciado apenas unos días antes de realizarse. Fue un terrible disgusto para 
ellos y para colmo su padre de ahí en adelante, en venganza, hizo todo lo posible 
para separarlos de su adorada hija prohibiéndole terminantemente verlos, orden 
que su madre nunca acató visitándolos a sus espaldas. Años después la abuela se 
murió de leucemia y un mes más tarde su pobre abuelo se suicidó en su casa con 



Rafael Marías 


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gas: una verdadera tragedia. Dejó de mirar la foto y otra vez pensó en Cosme: su 
cara curtida de trabajar al sol, sus manos poderosas, contaba una anécdota del 
trabajo y se reía a carcajadas mientras ellas se esforzaban por sonreír. “Se sentiría 
sola”, pensó Rita mientras se ponía una bata encima del pijama. Entró en el baño 
y encendió la luz que hizo resplandecer los azulejos blancos de las paredes. Se 
miró un instante en el espejo y se apresuró a mojarse la cara volviendo a mirarse 
esta vez detenidamente. “Voy a cumplir dieciocho años. Han pasado muchas co¬ 
sas pero parece que fue ayer cuando éramos una familia”, pensó. Sin embargo era 
necesario ser realista. Lo importante es que habían sorteado una dura prueba y 
salido adelante. Los tiempos en que las pesadillas no la dejaban dormir habían 
quedado atrás, y por más que en ocasiones las imágenes de su padre vociferando, 
sujetando por el cuello a su madre, golpeándole el rostro entre gritos desgarrado¬ 
res, volvían como flashes del pasado, no tenían sobre ella el mismo efecto devas¬ 
tador de antes. “La tranquilidad no se paga con nada”, se dijo. Antes estarían 
mejor económicamente pero sus vidas dejaban mucho que desear. Ahora alquila¬ 
ban un departamento pequeño de dos dormitorios en el barrio Cordón, y no se 
podían quejar, habían tenido suerte, las tres estaban trabajando, y si por cierto no 
les sobraba el dinero vivían sin pasar zozobras, con dignidad. Aquel año se ha¬ 
bían matriculado con Claudia en un Preparatorio nocturno (las dos habían empe¬ 
zado los cursos de primero porque ella, que le llevaba un año y tres meses a su 
hermana, había abandonado los estudios al terminar el liceo) y no dejaba de ser 
una vida sacrificada la que hacían trabajando y estudiando, pero comparada con 
el infierno cotidiano, con la violencia constante de los últimos tiempos de convi¬ 
vencia con su padre, aquello era el paraíso. ¡Qué mal se había portado su padre! 
No obstante, en algunos momentos no podía evitar recordarlo con nostalgia: al¬ 
gunas vivencias de la niñez, el afecto entrañable que relacionaba a un padre con 
su hija, no desaparecían de la noche a la mañana. No era cuestión de justificarlo 
y ponerse en contra de su madre como había hecho su hermana a veces, no era 
cuestión de lealtades, sino de aceptar la realidad de los sentimientos y esa reali¬ 
dad le indicaba claramente que era posible amar a dos personas aunque estas se 
odiaran entre sí, y que los afectos muchas veces eran incomprensibles. Frente al 
espejo no pudo resistir la tentación de compararse con Claudia. “Es más hermosa 
que yo”, pensó. Ella era un poco más tímida aunque tenía más genio, mientras 
que su hermana era más sociable pero sosegada. Por eso a Rita le había sorpren¬ 
dido mucho escuchar sus gritos confusos compitiendo con los de su madre hacía 
unos días, desde las escaleras del edificio, cuando volvía de trabajar. Si lo pensa¬ 
ba bien de unos días a esa parte su hermana estaba demasiado abstraída, no pare- 



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El Hermano de Pablo 


cía de humor para las largas conversaciones que tenían habitualmente antes de 
dormirse, pero ella era tan suave, tan diplomática que nunca hubiera creído posi¬ 
ble que llegara a un enfrentamiento de esa naturaleza. Había subido hasta el rella¬ 
no de la escalera y se acercó a la puerta dudando entre quedarse esperando afuera 
a que los ánimos se calmaran o entrar en el departamento cuando la frase que 
estalló en el aire golpeó sus oídos dejándola sin respiración: “Si se dedicó a jugar 
fue porque vos le hiciste la vida imposible con tus pretensiones y ahora te trajiste 
a vivir a Cosme a casa como si fueras una puta cualquiera y nosotras no existié¬ 
ramos”. 

Después vinieron más gritos y también sollozos histéricos, y Rita sintió 
una angustia paralizante. Así de pronto era como si hubiera retrocedido en el 
tiempo y estuviera otra vez inmersa en la vorágine de situaciones dolorosas vivi¬ 
das años atrás. Esperó unos minutos a que el llanto entrecortado fuera debilitán¬ 
dose hasta ser dominado por frases incompletas de arrepentimiento y perdón. 
Cuando al fin se animó a entrar, las encontró abrazadas, su madre sentada en una 
silla del comedor rodeando con sus brazos la cintura de Claudia que estaba de 
pie, agachada, acariciándole la cabeza. Terminó confundiéndose con ellas, llo¬ 
rando también, reafirmando que los lazos que las unían eran inquebrantables 
pese a cualquier desavenencia o equívoco. Rita volvió a su cuarto, se vistió con 
unos pantalones de pana gastados y una camisa de jean y se dirigió a la cocina. La 
desanimó ver el montón de platos y vasos sucios del día anterior, pero hoy le 
tocaba a ella. Se colocó los guantes de goma, se puso el delantal y abrió la canilla 
del agua caliente colocando toda la vajilla en la pileta. Mientras fregaba sintió 
ruidos de pasos y la puerta del cuarto de baño que alguien abrió y cerró cuidado¬ 
samente. “Ese es Cosme”, pensó luego de escuchar su tos seca, y se le humede¬ 
cieron los ojos. “Qué estúpida soy”, se dijo secándose las lágrimas con el delan¬ 
tal. “Esta noche es el acto de la Coordinadora y me comprometí con Claudia a 
hacer empanadas para vender. No fue su intención pero me hizo sentir como la 
inútil que no puede colaborar de otra forma”. Claudia y su mamá eran dinámicas 
militantes, sin embargo a ella no la motivaba la lucha política, la aburría. Por más 
que le aseguraran que con su esfuerzo podía cambiar la vida de todos algún día, 
esto le parecía algo tan abstracto que no la convencía. Durante las asambleas 
divagaba pensando en cosas triviales en tanto a su lado se debatía fervorosamen¬ 
te. A menudo cuando había que votar acerca de una moción que se había discuti¬ 
do largamente en su presencia levantaba o dejaba baja la mano según lo que su 
familia hiciera sin darse por enterada de lo que estaban resolviendo. La verdad 



Rafael Marías 


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era que no tenía sentido que siguiera yendo a las actividades regulares del Comité 
y por eso ahora sólo concurría a los actos en los que por lo menos había un 
ambiente festivo mucho más atrayente para ella. Su hermana Claudia que inte¬ 
graba los cuadros de la Juventud Comunista había hecho lo imposible para inte¬ 
resarla hasta que al final desistió dándola por perdida. Claudia sí que se lo toma¬ 
ba en serio; leía una multitud de libros, estudiaba con otros camaradas, iba a 
cursos, en cambio ella no había pasado de la primera página del Manifiesto Co¬ 
munista. ¡Quién hubiera dicho que tras la apariencia frágil y apacible de su her¬ 
mana se ocultaran tantas convicciones, tanta determinación!, pensó Rita con cierto 
fastidio. De todas maneras había que reconocer que últimamente no estaba tan 
monotemática y ella creía saber por qué: estaba enamorada. Cosme tuvo un acce¬ 
so de tos en el baño, tiró de la cadena del water, se lavó los dientes, eructó y 
volvió al dormitorio de su madre. Indudablemente se sentía como en su casa, 
pensó maliciosamente y enseguida se arrepintió porque sabía que Cosme no era 
un aprovechado. Su madre lo había conocido en las reuniones del Partido y más 
adelante él les presentó a Ricardo, su sobrino. Los dos eran obreros de la cons¬ 
trucción, gente confiable, camaradas de hierro, según su mamá, que sin ser tan 
intelectual como Claudia también trabajaba mucho en su gremio, en la Agrupa¬ 
ción del Partido y en el Comité de Base del barrio. Ellos siempre las trataron de 
una manera casi paternal, propia de hombres experimentados, fogueados en tan¬ 
tas luchas, por más que Ricardo tuviera su misma edad y Rita sospechara que la 
mayoría de las hazañas que contaba eran puras exageraciones rayanas con la 
mentira. De cualquier manera Ricardo no era un tipo desagradable, tenía algo 
cómico que la hacía reír. Cuando abandonaba aquella pose de hombre recio, has¬ 
ta se podía decir que era atractivo. Desde que la conoció había estado atrás de 
ella, la invitó a salir infinidad de veces, pero ella que sabía que decirle sí era 
alentarlo siempre se había negado. Era tan grotesco a veces... el muy impertinen¬ 
te le decía que tarde o temprano se daría cuenta que era el hombre de su vida. Y 
fue tan insistente, tan inmune a sus desplantes, que al final, no sabía si por lásti¬ 
ma o qué, hacía unos meses habían comenzado a salir. Lo que la fastidiaba era 
que en su medio todos los consideraban novios... o compañeros, porque a la gen¬ 
te le encantaba formar parejas, en fin, meterse en la vida ajena, pero ella no se 
sentía para nada comprometida, únicamente salían, se divertían, no la pasaba 
nada mal con él, y es cierto que se había dejado besar un par de veces, pero de 
esto estaba muy arrepentida porque ahora Ricardo quería besarla a cada rato y 
cuando ella se negaba se ponía de pésimo humor. “Le tengo cariño, no digo que 
no me guste algo, pero no es amor”, pensaba Rita. Sin embargo Ricardo se lo 



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El Hermano de Pablo 


había tomado muy en serio, tanto que ya hablaba de casamiento y de pagar una 
vivienda a plazos, y ella se hacía la que no oía pero increíblemente no lo contra¬ 
decía. ¿Quería casarse con él? No. Por lo tanto tenía que resolver aquello, poner 
de una vez los puntos sobre las íes ya que la situación se le estaba escapando de 
las manos. “Hoy tengo pocas ganas de ir al acto y Ricardo me vendrá a buscar”. 
El sonido del timbre la sacó de sus pensamientos. “¿Quién será?”, se preguntó, y 
gritó desde la cocina: “Ya va, un momento”. Rápidamente cerró la canilla, se 
sacó los guantes, el delantal y se secó las manos con un repasador: “Ya va”, 
repitió. “¿Quién es?”. Una voz joven, un poco ronca, le respondió del otro lado 
de la puerta: “Soy Javier, ¿se encuentra Claudia?”. “Espera un segundo que ya te 
abro”, contestó Rita que se acomodaba el cabello frente al espejo del aparador 
del living. Descorrió el cerrojo y abrió la puerta con la llave. 

Javier era alto y delgado, llevaba pantalón gris, camisa blanca y un saco 
azul. Una corbata bordeaux asomaba apenas de uno de los bolsillos del saco. Al 
pasar el umbral le sonrió y la saludó con un beso en la mejilla. Rita se sonrojó un 
poco pero en el acto sonrió y le ofreció asiento en una de las sillas que rodeaban 
la mesa del living comedor. “Claudia debe estar por llegar, sentate. ¿Querés to¬ 
mar algo? Perdoná si demoré en abrirte pero hoy me tocan las tareas domésti¬ 
cas”, dijo Rita en un tono que pretendía ser alegre. Javier le dijo que no se moles¬ 
tara por él y ella le contestó que no era molestia. Fue a la cocina y le trajo un vaso 
de Coca. Se sentó frente a él y comprobó que el rostro de Javier era agradable; 
sus ojos eran castaño oscuros, inteligentes y algo sombríos. Rita lo conocía del 
comité de base, era camarada de la Juventud, por su hermana sabía que estudiaba 
en un Preparatorio de curas que había en el barrio, a cuatro cuadras de allí y a 
unas pocas también del comité. “Qué elegante es”, pensó. “Qué manos tan deli¬ 
cadas”, y de inmediato las comparó con las de Ricardo tan ásperas y descuidadas. 
“Un nenito bien”, pensó. Siempre la habían intrigado aquellos jóvenes vestidos 
con ropas caras que hablaban tan bien y con tanta vehemencia de la revolución, 
como si tuvieran alguna necesidad de hacerla. “Son una lacra, unos ambiciosos”, 
decía Ricardo irritado, categórico. “Está detrás de Claudia y ella se muere por él. 
Es la segunda vez que viene a casa. Sin duda tenemos romance en puerta”, mali¬ 
ció Rita. “Militan para conseguir mujeres, en el fondo nos desprecian y van a ser 
los primeros en traicionamos en las difíciles”, sentenciaba Ricardo. “Pura envi¬ 
dia”, pensó ella. A su madre le había causado una buena impresión; charló mucho 
con él cuando estuvo la vez anterior y no perdió la oportunidad de mostrarle fotos 
y contarle de sus tiempos de bailarina, cuando tenía un brillante futuro y todos la 



Rafael Marías 


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trataban como a una princesa. A Rita le caía muy simpático, le gustaba su cálida 
sonrisa, que fuera tan atento, tan comedido, y la expresión melancólica que a 
veces como una ráfaga le cruzaba el semblante en vez de desfavorecerlo lo hacía 
más atractivo. “Se nota que tiene clase”, y la imagen de Ricardo se le presentaba 
otra vez con sus maneras toscas, sus expresiones vulgares. Le hubiera gustado 
saber lo que opinaba de ella. ¿Estaría enamorado de su hermana? Nunca se sabía 
lo que tenían en mente esos nenes de mamá... sí, ya veía, también a ella de era 
difícil pensar en estos tipos sin resentimiento. “De cualquier forma es agrada¬ 
ble”, pensó. “Los camaradas lo tienen bien conceptuado”. 

-¿Vas a venir esta noche al acto? -le preguntó Javier. 

-Sí, claro -contestó Rita-. A las ocho, ¿no? 

Javier le contestó afirmativamente y se lanzó a hablar del acto de la Coor¬ 
dinadora al que acudiría el presidente del Frente Amplio. En el momento político 
que estaban viviendo era muy importante su palabra y esperaban que asistiera 
mucha gente. “No habla como otras veces, no parece tan entusiasmado... ¿será el 
amor? Se le nota ese no se qué que dan los privilegios”, pensó Rita, y recordó la 
obsesión de su padre por llegar a tener lo que Javier ya tenía asegurado desde la 
cuna. El pobre regresaba rendido de su trabajo, pero todavía con fuerzas suficien¬ 
tes para encerrarse en su taller y seguir trabajando para los clientes que conseguía 
escamotearle a la joyería. No se podía negar que gracias a su esfuerzo durante un 
tiempo había podido darles una buena vida. Después misteriosamente el dinero 
comenzó a faltar e ineludiblemente aparecieron las desavenencias, las discusio- 

r 

nes. El siempre había sido muy posesivo y celoso, pero entonces las recrimina¬ 
ciones se hicieron recurrentes e interminables, y sus borracheras, sus arrebatos 
violentos cada vez más frecuentes. Era su madre con sus sueños de grandeza y 
ellas con sus exigencias las que tenían la culpa de todo, nunca lo habían apoyado, 
nadie lo comprendía, todas ellas eran un estorbo, no querían que triunfara. Luego 
se había precipitado el final al descubrirse su afición por el juego. Y Rita se 
preguntaba: ¿para eso tantos sacrificios?, ¿para terminar así, destruyendo todo lo 
que había amado? Los hombres podían ser terribles, no cabía duda, sus obsesio¬ 
nes los podían consumir y aniquilar, y los que no se volvían locos por la plata los 
trastornaba el alcohol, las drogas o el sexo, y acerca de esto último tenía varios 
ejemplos porque para su desgracia en su adolescencia su físico había madurado 
muy pronto y abundantemente en los lugares claves de su anatomía y desde ahí 
los tipos la perseguían como lobos hambrientos. En ese momento la puerta tem¬ 
bló y se oyó el ruido de una llave hurgando en la cerradura. Claudia con un bolso 



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El Hermano de Pablo 


en una mano y las llaves en la otra, agitada por los dos pisos de escaleras, apare¬ 
ció... rubia, vaporosa, hermosa como siempre. No esperaba encontrarse con Ja¬ 
vier y se puso colorada, luego sonrió, los saludó a ambos alegremente con sendos 
besos, bromeó acerca de la desgracia de ser pobres y vivir en un edificio sin 
ascensor, abandonó lo que traía en las manos encima de la mesa y se sentó junto 
a Javier. Enseguida se estableció entre los dos una conversación relacionada con 
lo acontecido el día anterior en el Parlamento donde se estaba discutiendo la 
implantación del “estado de guerra interno” con el propósito de combatir a la 
guerrilla tupamara, aunque en realidad según su hermana era una forma solapada 
de iniciar una guerra contra toda la izquierda. Rita como habitualmente le suce¬ 
día cuando hablaban de esta clase de temas, se sintió incómoda, ignorante y fuera 
de lugar, así que con la excusa de cambiarse de ropa se dirigió a su cuarto desani¬ 
mada y de pésimo humor. Que otro se ocupara de la cocina y de las malditas 
empanadas. Se dejó caer en su cama y corrió las cortinas para que no entrara la 
luz del día. Con la mirada fija en el techo, juró por lo más sagrado, que nunca se 
casaría con Ricardo... aunque le tuviera pena. 



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Capítulo IV 


El doctor Arana, abogado de profesión, condujo el coche al interior del 
garaje. Las luces largas de los faros iluminaron el amplio recinto, y como todas 
las noches descubrió las paredes blancas, los caños del techo, la agónica lampa- 
rita que enviaba su luz desde una esquina, los coches que en su mayoría ocupa¬ 
ban ya sus respectivos lugares. Tuvo que maniobrar para estacionar y sintió con 
alarma cómo su corazón se aceleraba en forma desmedida. Diez años atrás, ape¬ 
nas, los que lo conocían decían que el doctor era una persona enérgica, positiva, 
con el carisma necesario para convertirse en una figura pública de primer nivel 
de haberlo deseado. Con dinero, apellido, estampa y una honradez a toda prueba 
que avalaba una impecable trayectoria, no hubiera tenido demasiados obstáculos 
si hubiera decidido lanzarse a la arena política. “Su único defecto es que no le 
gusta sobresalir, que no tiene ambición. Es una persona sociable, inteligente, 
encantadora, pero le falta algo, llega un momento que pone una barrera que ni yo 
he podido romper”, le decía su mujer a sus amigas. “Hay veces que lo noto an¬ 
gustiado, por más que trate de disimularlo. Tal vez lo marcó el suicidio de su 
padre cuando apenas tenía diez años, claro que el pobre hombre estaba atravesan¬ 
do por una grave enfermedad y en definitiva fue una salida digna, pero de cual¬ 
quier manera fue muy duro de sobrellevar para él que era apenas un niño”. Mar- 
tha, la prima de la señora Arana, era psicóloga y afirmaba que era muy probable 
que por esa causa fuera un poco depresivo, y Graciela, secretaria del doctor hacía 
muchos años, una mujer que siempre profesó una sospechosa y molesta admira¬ 
ción por su marido, le dijo una vez, sin poder reprimir que un dejo romántico 
alterara su voz, que había personas que veían más allá que el resto y seguramente 
lo que él veía detrás de la política era demagogia y ambiciones desmedidas y por 
eso no le interesaba. Por supuesto que esto último era una tontería, decía la seño¬ 
ra Arana, que se inclinaba por esa zona oscura en el alma de su marido. Desgra¬ 
ciadamente, después de los graves problemas que afectaron su salud hacía tres 
años (un riñón extirpado por un tumor y una hemorragia digestiva), gracias a 
Dios superados, esa parte que consideraba tan negativa de su personalidad había 
ganado terreno. Actualmente el doctor, en el umbral de los sesenta, parecía una 
triste caricatura de lo que había sido. Toda su figura, antes tan atractiva, parecía 
maltrecha como si de pronto la vejez se hubiera arrojado sobre él sorprendiéndo- 



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El Hermano de Pablo 


lo desprevenido. Seguía trabajando, y hasta se podía decir que dedicaba más horas 
a su profesión que de costumbre, pero sin la misma pasión, sin el entusiasmo que 
siempre lo había caracterizado. Era notorio que físicamente ya no era el mismo, 
se cansaba con facilidad, todo le costaba más, pero lo que su mujer pensaba, y eso 
era lo que más la preocupaba, era que también su espíritu parecía enfermo. Su 
vida social antes tan intensa ahora se reducía a los compromisos ineludibles que 
se las ingeniaba para que fueran cada vez menos. También el año pasado había 
comenzado a limitar sus viajes a la estancia que antes le producían tanto placer y 
sólo iba cuando era absolutamente necesario, dejando el resto de los asuntos en 
manos de su capataz, hombre antiguo en el establecimiento en quien confiaba 
plenamente. “Lo peor es que no acepta lo que le pasa. Encuentra excusas para 
todo. No puede admitir que ya no tiene fuerzas ni ganas”, pensaba su mujer. El 
doctor descendió trabajosamente del coche y encendió el último cigarrillo de un 
paquete que estrujó y tiró al piso. Hacía un año, para contentar a su esposa, que 
insistió con verdadera obsesión sobre el tema, había prometido no volver a fil¬ 
mar, pero ni siquiera lo intentó, simplemente fumaba cuando ella no estaba pre¬ 
sente, y muchas madrugadas, cuando no se podía dormir, se levantaba de punti¬ 
llas y furtivamente se desplazaba hacia el escondite entre los libros de la bibliote¬ 
ca para poder aspirar casi con desesperación el humo tibio, bienhechor, que 
mantenía largamente en los pulmones y exhalaba con una lenta bocanada mien¬ 
tras contemplaba los edificios oscuros y la calle solitaria desde el ventanal. Ahora 
apretaba el botón del ascensor y miraba extático el extremo del cigarrillo ardien¬ 
do en la semioscuridad. Aquella noche como otras antes, se había retirado más 
temprano del Estudio sin volver directamente a su apartamento. Todo había 
comenzado siete meses atrás cuando Rafael Fagúndez, uno de los socios del Estu¬ 
dio se lo contó. “Una experiencia increíble de verdad, de esas que lo rejuvenecen 
a uno. Claro que yo soy hombre sin compromisos y puedo hacerlo, pero si que- 
rés...”. No dijo nada más, pero lo sorprendió dándole una tarjeta con un nombre y 
un teléfono. “Pero Rafael. Vos sabés que esto no es para mí”, protestó él con la 
tarjeta en la mano, tratando de no ser descortés. La colocó sobre el escritorio 
cambiando inmediatamente de tema para ahorrarle a Fagúndez la vergüenza por 
el error cometido. Luego le había resultado difícil tratar de entender la oferta de 
su socio. Lo conocía hacía más de cuarenta años, habían ido juntos a Facultad, si 
bien no fueron nunca íntimos se podría decir que tenían una vieja amistad basada 
no solo en la familiaridad que dan los años sino en el mutuo aprecio que siempre 
se manifestó en un trato cordial y respetuoso. Era especialista en Derecho penal 
(él se había dedicado a la parte civil), un profesional de gran inteligencia con una 



Rafael Marías 


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vida muy distinta a la suya. También su forma de ser más extrovertida los había 
diferenciado. Actualmente a pesar de ser de la misma edad su socio todavía era 
un hombre apuesto, con la clase de reciedumbre que le gustaba al sexo opuesto. 
Hacía veinte años que había quedado viudo y no se había vuelto a casar (su espo¬ 
sa, una mujer bellísima, había muerto de cáncer de seno). Desde entonces anduvo 
con muchas mujeres pero sin formalizar con ninguna. Más de una vez el doctor le 
había escuchado anécdotas de sus aventuras amorosas, contadas no con afán de 
fanfarronear, sino por necesidad de comunicarse (el doctor pensaba que era un 
hombre solitario a pesar de su forma de ser), y él siempre lo había escuchado 
como el hombre liberal que era, ante todo como un amigo comprensivo, pero 
nunca como un compinche y eso era algo que Fagúndez lo sabía de sobra. Si 
incluso en un primer momento había pensado que se trataba de una broma. Todos 
los que lo conocían sabían que el doctor Arana era una persona amplia, con la que 
prácticamente se podía bromear y hablar de cualquier tema, pero también era 
conocida la rectitud de su conducta y a nadie se le hubiera ocurrido plantearle 
algo así en serio. Por eso había sido una extraña desubicación la de su socio que 
lo llevó a preguntarse por qué, en aquella circunstancia, después de tanto tiempo 
de conocerse le había parecido oportuno actuar así, y justamente después de rela¬ 
tarle una experiencia que no era de las más comunes. ¿Tan decaído lo notó que 
pensó que de esa forma lo podía ayudar? ¿O simplemente fue todo producto de 
un impulso ante una vivencia diferente y por un momento se le pasó por la mente 
que él podría querer compartirla? Sí, de pronto esa era la explicación, pero ahí no 
terminaban las dudas: alguien que lo conocía había pensado que él era capaz de 
involucrarse en algo así, había abierto una puerta, dado a luz a una posibilidad 
que nunca creyó que podría existir. Hasta esa fecha el doctor, sorteando oportuni¬ 
dades y deseos, se había mantenido fiel a su mujer. ¿Por amor, por principios, por 
falta de imaginación, por ese algo de asceta que había en él? ¿Pero por qué en ese 
preciso momento de su vida, con tantos años a cuestas y una salud que no era la 
mejor, la tentación había sido tan fuerte? ¿Qué clase de fuerza lo atrajo haciéndo¬ 
lo guardar la tarjeta en su agenda cuando Fagúndez se retiró de su despacho? 
¿Qué lo mantuvo atormentado hasta que se decidió? ¿Se habría enterado su socio 
alguna vez, ellas se los habrían contado? Era probable, pero si fue así jamás lo 
dejó entrever, jamás se tocó nuevamente el tema entre ellos. Las imágenes fres¬ 
cas en su memoria de dos mujeres jóvenes en la penumbra de una habitación, 
juntando sus senos, besándose ardorosamente, volvieron y el doctor se estreme¬ 
ció. Desde un rincón llegaba una luz rojiza, mortecina que le daba relieve y fas¬ 
cinación a la escena. Las muchachas gemían, jadeaban, exageraban entre sonri- 



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El Hermano de Pablo 


sas para complacerlo, y una de ellas con una voz susurrante le había dicho: “Va¬ 
mos doctorcito, acérquese, no me diga que hoy vino con vergüenza... vamos, 
vamos papito, no sea así, tan malo, no nos haga sufrir...” Sin dejar de acariciarse 
suspiraban, sollozaban, se turnaban una encima de la otra, y él sentía que sus 
sienes latían dolorosamente, parecían explotar. El ascensor llegó con un sonido 
seco y el doctor aplastó el cigarrillo contra el piso. Se encontraba algo sofocado, 
el eco de su tos resonó en todo el ámbito como si fuera de otra persona. Por un 
momento temió que fuera a sucederle algo en ese mismo instante, en un lugar tan 
inhóspito, pero al fin y al cabo, se dijo, qué importaba donde uno muriera. Segu¬ 
ramente su cadáver lo encontraría el vecino del diez que siempre llegaba después 
que él, o el portero que en breves minutos acomodaría la basura. Se aflojó el nudo 
de la corbata y entró en el ascensor. Mientras éste se elevaba hacia el onceavo 
piso, se acarició con afecto las mejillas ásperas y recordó de pronto el spray con 
perfume que llevaba en el bolsillo y se roció el rostro, el traje y las manos para 
evitar que el olor a cigarro lo delatara. Pensó en su mujer, sin emoción, la cos¬ 
tumbre había hecho que cuando se la imaginaba no la pudiera separar de los 
demás objetos que poblaban su casa: ella estaba siempre allí, esperándolo... A esa 
hora casi con seguridad estaría mirando la televisión; recordó que hoy pasaban 
una de esas viejas películas musicales de Holywood, “Sombrero de copa”, creía. 
Esto la pondría nostálgica; él, por su parte, muy pocas veces evocaba sus años 
juveniles; siempre había recelado de los recuerdos, lo pasado era mejor dejarlo 
descansar en paz por más que el presente no fuera del todo satisfactorio. Además 
era un error muy común idealizar épocas pasadas, como si los momentos felices 
al igual que la juventud se pudieran recuperar. Para él era mil veces mejor la 
aceptación, por dura que fuese, que la inmadura rebeldía en que caían algunas 
personas ante lo que él llamaba los hechos de la vida. A la salida del ascensor 
escuchó un confuso sonido de voces. Apenas abrió la puerta de televisión calló y 
una mujer aproximadamente de su misma edad, alta y gruesa, se dirigió hacia él. 

-Querido, qué tarde llegaste -le dijo besándolo en la mejilla, riñéndolo y 
perdonándolo al mismo tiempo. Desde hacía años, después de sus quebrantos de 
salud, su mujer controlaba estrictamente sus horas de llegada, lo llamaba al Estu¬ 
dio varias veces al día, se había vuelto muy susceptible, le costaba controlar sus 
nervios. 

Lo ayudó a sacarse el saco y el doctor lanzó su corbata sobre la mesa del 
comedor y se sentó pesadamente en una de las sillas. Emitió un largo suspiro que 
pareció una orden para la mujer que salió impelida del comedor para reaparecer 



Rafael Marías 


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minutos después con un vaso de whisky en la mano. El doctor se lo agradeció con 
una breve sonrisa y luego de saborear el primer sorbo le pareció sentirse mejor 
(su médico se lo había permitido después de mucho tiempo, una medida con 
bastante hielo por día nada más) y miró con franca satisfacción hacia los grandes 
ventanales que daban a la plaza. Había sido un acierto mudarse de la vieja casa de 
la Aduana a un departamento céntrico. Al contrario que su padre que fue un hom¬ 
bre de campo, a él lo atraía el bullicio de la ciudad, su actividad, su vida desbor¬ 
dante, los restaurantes, los cafés, la barra de amigos... pero esos habían sido otros 
tiempos. 

-¿Y los muchachos no volvieron? -preguntó poniendo un semblante som¬ 
brío. 

-No, ninguno. Pablo está en lo de Marcelo y Javier no llamó todavía. ¿Te 
sentís bien viejo? -lo interrogó su esposa y al doctor que estaba esperando que se 
lo preguntara le hubiera gustado decirle cuánto le molestaba que repitiera la mis¬ 
ma pregunta tantas veces al día, pero prefirió callarse. 

-La verdad es que no tengo muchos motivos para sentirme bien -dijo el 
doctor levantando su voz-. A Javier lo expulsaron del Instituto por más que ese 
cretino del director haya dicho que lo dejaban libre para que eligiera otro lugar 
donde se sintiera más cómodo. Y el otro está hecho un vago, no le gusta estudiar, 
le saca el cuerpo al trabajo, aunque supongo que tarde o temprano se encaminará 
porque siempre fue sensato, pero Javier... 

El doctor guardó silencio. Le costaba mantener su indignación, concen¬ 
trarse en lo que decía. Sin proponérselo, no sabía si para defenderlo o hundirlo 
aún más, su memoria lo llevó irremediablemente hacia los momentos vividos 
horas atrás cuando él, tembloroso, también se había desnudado, esforzándose por 
respirar, sin importarle las risitas burlonas de las dos muchachas y de pronto 
sintió aquel malestar que lo hizo retroceder a tiempo de encontrar una silla en la 
que sentarse. Ellas dejaron de juguetear y ya no se reían. Lo rodeaban preocupa¬ 
das, atemorizadas al verlo ten pálido, con la cabeza gacha entre las manos, posi¬ 
blemente calculando lo que dirían a la policía si aquel viejo se les moría en su 
casa. Le trajeron un vaso de agua. “No se nos vaya a morir aquí papito. ¿No es 
cierto que se siente mejor? ¿Quiere que llamemos a una ambulancia?, lo que 
quiera doctorcito pero digamos algo, no nos asuste así”, dijo a la mayor de las 
dos. Pero ya estaba bien, que no se preocuparan, un simple mareo, abrió la bille¬ 
tera y aquí tenían, las llamaba la semana que viene. 



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El Hermano de Pablo 


-De pronto los consentimos demasiado -dijo la mujer interrumpiéndolo-. 
Son muy buenos pero están en un período muy difícil. Siempre lamenté que de¬ 
jaran de ir a la Iglesia, que se hayan alejado de Dios... 

El doctor se levantó con brusquedad de la silla, recuperando su enojo. Ha¬ 
bló con firmeza mirando la plaza con la fuente de colores en el centro mojando 
un monumento ecuestre. 

-Eso no tiene nada que ver. Les hemos dado la mejor educación, posibili¬ 
dades para progresar que muchos quisieran tener, una niñez feliz... no, no es la 
falta de Dios, son los tiempos confusos que corren, es la situación del mundo, son 
las extravagantes ideas del comunismo, esa nueva religión, esa droga nociva, 
despersonalizante, embrutecedora, que enloquece a Javier como a tantos jóve¬ 
nes. Estoy seguro que algún día no va a quedar ni rastro de este nuevo delirio, 
pero mientras tanto jode. Por eso Javier no quiere escuchar, ni razonar, como si 
estuviera poseído. Da la impresión que sintiera vergüenza de su familia, por per¬ 
tenecer a determinado nivel social... Somos los explotadores, los enemigos de la 
clase trabajadora; te juro que si no fuera mi hijo hasta me daría risa. Javier está 
malgastando su inteligencia, su sensibilidad y su vida, además de exponerse a un 
serio peligro porque la situación política y social en este país es explosiva. Por 
eso creo que tenemos que hacer algo. Yo estuve pensando que de pronto un viaje, 
conocer un poco el mundo, otras culturas, podría ampliar sus horizontes, abrir su 
mente... 

El doctor se interrumpió. Había olvidado los nervios de su mujer. Hacía un 
par de meses tuvo un desmayo por una discusión entre él y Javier, y aquella tarde, 
después que el doctor volvió al Estudio de la entrevista con el director del Insti¬ 
tuto, al que le habló en un tono muy duro, había escuchado a su mujer llorar 
desconsoladamente en el teléfono después de enterarse por Javier de la noticia. 
Así era ella: podía ser muy dura, fría y decidida, pero a veces inesperadamente se 
derrumbaba cargándolo con todo el peso de los problemas. 

-Bueno, vamos a dejar este tema para otro día. Lo mejor que puedo hacer 
es irme a acostar. No te molestes en prepararme nada porque no tengo hambre -le 
dijo el doctor, y antes que ella comenzara a hablar la besó y salió del living con el 
vaso en la mano pensando que no le habían aconsejado el whisky con el estóma¬ 
go vacío. 

La mujer se quedó unos minutos inmóvil, sentada en un sillón del living, 
tratando de serenarse. Luego se levantó y elevó apenas el volumen del televisor. 



Rafael Marías 


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Sacó del baúl una pequeña manta con la que se tapó las piernas y se sentó de 
nuevo tratando de concentrarse en las imágenes que se movían en la pantalla. 
Pero no podía, estaba alterada por lo ocurrido con Javier y se había quedado 
pensando en lo último que dijo su marido. No quería que ninguno de sus hijos se 
fuera del país si era posible evitarlo. En eso sintió el ruido del ascensor y se 
levantó ansiosamente con la intención de dirigirse hacia la puerta principal, pero 
en el camino se dio cuenta que eran los vecinos de arriba y volvió al sillón. Javier 
estaría por llegar y cuando lo hiciera aprovecharía para hablarle, sí, hoy le habla¬ 
ría. Pero le hablaría esta vez sin nervios, con serenidad, no se le escaparía como 
esa misma tarde luego que le contó lo de la expulsión. Le diría que estaban muy 
preocupados por él... por su futuro, que lo que le había pasado en el Instituto era 
una verdadera desgracia y un gran disgusto para todos, pero tenía que servirle de 
enseñanza y hacerle comprender el daño que se estaba haciendo y se haría de 
continuar por ese camino. Ansiaba ver el día en que de una vez por todas recupe¬ 
rara el sentido común y volviera a ser el de antes, el día en que se reconciliara con 
su padre y pudieran hablar de nuevo sin discutir, como personas racionales. Si 
consiguiera hacerlo sería tan beneficioso para él. Porque su papá era un hombre 
de mundo, un hombre inteligente que podría aportarle muchas cosas si lo escu¬ 
chaba. Además antes que nada era su padre y no quería otra cosa que su felicidad. 
Por eso esa postura rebelde que adoptaba contra él de un tiempo a esta parte era 
pura inmadurez y lo perjudicaba. Que se pusiera a pensar, ¿había algo que le 
pudiera achacar a su papá?, ¿no lo protegió y defendió siempre? Es cierto que 
tenía defectos, muy pocos, pero quién no los tenía. Los defectos y las debilidades 
eran propios de la naturaleza humana y reconocerlos ayudaba a no ser rígido con 
los demás, a no juzgar al prójimo. ¿Por casualidad sus amigos comunistas no 
tenían defectos?, ¿no eran humanos también? Había muchas cosas sobre el mun¬ 
do y sobre sí mismo, Javier, que desconocía, muchos sentimientos, muchas situa¬ 
ciones, muchas vivencias que no había tenido. ¿Acaso sabía lo que sentía un 
padre o una madre por un hijo?... ¿qué habría ocurrido que no llegaba?... si se 
hubiera quedado en la casa de Lalo hubiera llamado antes para avisar, tendría que 
tener el teléfono, no entendía cómo podía relacionarse con esa gente en vez de 
estar en otro ambiente más provechoso, con personas de su nivel... Sí, tendría que 
escucharla. Cómo podía permanecer distanciado, ser tan desconsiderado con una 
persona que, como su padre, había hecho tanto por él. Debería estar agradecido 
por tener una familia decente que le había brindado tanto afecto, tanta compren¬ 
sión, que nunca le había negado nada. ¿Por qué no lo podía intentar entonces? 
¿Por qué no tener el coraje de cambiar? Ni siquiera hacía falta un gran esfuerzo, 



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El Hermano de Pablo 


nada más que un poco de buena voluntad, algo de humildad, dejar aflorar sus 
mejores sentimientos, y por sobre todas las cosas, dejar de lado a los comunistas 
y todas sus falsedades. No se daba cuenta adonde lo habían llevado aquellas ideas 
nefastas... a perjudicarlo en sus estudios, a comprometer su futuro. Aquel era el 
momento ideal para reaccionar y no seguir hundiéndose, estaba segura de su 
capacidad para salir adelante, ¿lo haría?, ¿le prometería por lo menos intentarlo? 
No podía ser tan difícil, ¿su padre, ella misma, no se merecían por lo menos ese 
gesto? Algún día miraría hacia atrás y vería que todas aquellas vicisitudes le 
parecerían locuras de juventud y se sentiría orgulloso de haber tomado las deci¬ 
siones correctas. Estaba convencida que lo haría, siempre sucedía; por eso no 
tenía que perder más tiempo y empezar ya. Que pensara en todas las cosas que 
podría lograr. Siempre se habían vanagloriado de él, de su inteligencia, siempre 
soñaron en lo que podría llegar a ser. ¿No le parecía un crimen que desperdiciara 
su vida con ideas y con gente que no valían la pena? Que lo meditara, Javier... ella 
rezaba mucho y tenía fe en que Dios no lo abandonaría, pero todo dependía de él, 
porque Dios ayudaba a los que se ayudaban, y él ya no era un niño sino una 
persona responsable. Por eso que se tomara su tiempo, que mirara en el fondo de 
su alma y considerara qué era lo mejor para él y para su familia. Estaba segura 
que no los defraudaría. 



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Capítulo V 


Los primeros años en el colegio le habían parecido eternos. El tiempo pa¬ 
saba despacio y los días eran largos y las impresiones que dejaban más profun¬ 
das. Sin embargo los recuerdos eran muchas veces borrosos, imprecisos, pensaba 
Pablo, se amontonaban sin orden y era difícil diferenciarlos dándoles una fecha 
aproximada. 

En general los fines de semana en primavera y en verano, sus padres los 
llevaba a la estancia que quedaba a ciento veinte kilómetros de la capital, en el 
departamento de Florida. Iban en una vieja camioneta Ford porque los caminos 
eran pésimos y muy a menudo los acompañaban Nacho y Enrique cuyos padres 
tenían campos lindando con el suyo. La estancia era para ellos lo más parecido a 
un paraíso: tenía un hermoso casco, cancha de tenis, frontón y una enorme pisci¬ 
na para bañarse en verano; también había cañadas para pescar y perdices, liebres, 
mulitas y carpinchos si se les antojaba ir de cacería. Nunca faltaba algo emocio¬ 
nante para hacer. ¡Cómo se divertían con Javier! Claro que en aquella época su 
hermano era muy distinto y desempeñaba a la perfección el papel de hermano 
menor, siguiéndolo en todas sus correrías y tratando por todos los medios de 
imitarlo. La verdad era que ya se notaba que era cerebral y un poco reservado y 
algunas veces a pesar de estar divirtiéndose se escabullía por el simple gusto de 
estar solo, pero no por eso se podía argumentar que era raro. Una de sus escapa¬ 
das preferidas, por ejemplo, era irse con su yegua alazana a una cañada que corría 
detrás de un monte arbolado. Ahí se quedaba tendido en la orilla durante horas, 
enfrascado en la lectura de alguna novela de la colección de su padre. “No puede 
negar sus genes. Su papá era idéntico”, decía su abuela paterna ya fallecida. A él 
en cambio siempre lo atrajo la acción, le encantaba rodearse de amigos, y era más 
directo y hasta cierto punto más sociable que su hermano. De pronto por esas 
mismas diferencias, pensaba, se complementaban y tuvieron pocas peleas de ni¬ 
ños. Habían sido sin lugar a dudas buenos tiempos, los mejores creía Pablo, pero 
como todas las cosas de la vida, tenían su lugar en el tiempo y no volverían. Con 
el paso de los años tanto él como Javier fueron perdiendo el interés por ir con sus 
padres al campo (aunque siguieron acompañándolos a veces por darles el gusto), 
y llegó la adolescencia que transitó con cierta melancolía y también con algo de 
desconsuelo porque comprendía que era un camino sin retomo hacia formas de 



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El Hermano de Pablo 


vida y compromisos que no estaba muy seguro de querer adoptar. Por eso fue que 
por la época de los primeros bailes, los primeros tímidos flirteos y las primeras 
cervezas y peleas nunca sintió la nostalgia que le provocaba la evocación de su 
niñez. ¡Ni siquiera le interesaba tener novia como al resto de sus amigos! Y eso 
que todo el mundo parecía haberse puesto de acuerdo para hacerlo cargar con 
Elena, la hermana de Nacho, que era apenas un año menor que ellos. Miren que 
linda parejita hacían esos dos, no sería lindo que terminaran juntos, ahí van los 
novios, parecen hechos el uno para el otro, tan lindos, tan rubiecitos, decían los 
viejos de las dos familias. Y no era que no le gustara Elena, al revés, era realmen¬ 
te hermosa, pero le resultaba imposible separarla en la práctica de aquel ambien¬ 
te prejuicioso que lo aburría mortalmente. Además no le veía ningún sentido a un 
noviazgo formal a aquella edad, aunque si hubiera sido por Elena estaba seguro 
que no habría habido ninguna objeción, lo que por otra parte era lógico puesto 
que así eran las mujeres: desde muy temprano, mientras ellos se entregaban a sus 
intrascendentes jueguitos infantiles ellas ya estaban maduras para gloria de la 
especie. Claro que si hubiera sido un poco más astuto, de pronto, a pesar de la 
estrechez de Elena, no habría sido difícil engañarla, pero gracias a su inexperien¬ 
cia la única vez que logró llevarla a un monte de eucaliptos venciendo su natural 
desconfianza y burlando la vigilancia de la tía Adelina (que era le encargada de 
velar por la virginidad de Elena), ella tan desfachatada, tan graciosa e ingeniosa 
en las fiestas, se puso rígida y aterrorizada rechazó todos sus intentos de desabro¬ 
charle la blusa o bajarle los vaqueros mientras le repetía al borde del llanto que 
no estaba nada bien lo que estaban haciendo, que no era lugar seguro (a pesar de 
estar a dos kilómetros de las casas), y además él ni siquiera le había propuesto 
que fuera su novia, y aunque lo hiciera y se diera el caso que ella aceptara, que no 
sabía, para qué tanto apuro si tenían toda la vida por delante para esas cosas. No 
hacía falta forzar mucho la imaginación para comprender que a esa altura, entre 
los catorce y quince años, la masturbación era una de sus actividades predilectas. 
¡Qué verdadero desperdicio de energías! ¡Qué tardes mojadas hojeando las revis¬ 
tas que le robaban al hermano mayor de Enrique! ¡Cuántas tetas exhuberantes, 
pubis que se abrían como plantas carnívoras mostrando una geografía desconoci¬ 
da de rosados pliegues húmedos, parejas haciéndolo en una cantidad de poses 
que Pablo trataba de memorizar para que ninguna mujer lo agarrara despreveni¬ 
do! Él y sus amigos, condenados a ser autodidactas, vivían en una efervescencia 
continua, eran un volcán a punto de estallar, un peligro para la vida civilizada, y 
ni soñar en pisar los quilombos todavía; eran tan vírgenes como la Inmaculada y, 
según Enrique divagaba caricaturizando el hablar ostentoso del profesor de His- 



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toria Natural, si estaban pálidos y sudorosos como a menudo se los hacían notar 
sus madres, no era por la anemia, no, sino porque sus tumultuosos fluidos sexua¬ 
les, eran tan abundantes y urgentes que, al no dar a basto los canalículos y otras 
vías de salida naturales para expulsarlos, se les escapaban a chorros por los poros 
de la piel otorgándoles ese tinte blancuzco a sus caras. Recién en cuarto de liceo 
comenzó a avivarse con las mujeres y no por iniciativa propia sino gracias al 

r 

flaco Marcelo. Este, según supo más adelante, venía de otro Liceo en Carrasco 
del que pidió a sus padres que lo sacaran. “Me aburría terriblemente allí. Mis 
compañeros eran todos unos idiotas que se pasaban jugando al rugby. También 
era de curas. Mis padres no son religiosos y me dejan hacer lo que quiero, pero 
piensan que queda más distinguido, en fin, les gusta codearse con las clases altas, 
y como a mí me da lo mismo, porque odio estudiar en cualquier lugar que sea, les 
sigo la comente para que sean felices”. Apenas lo vio el primer día de clases se 
dio cuenta que era diferente a los demás. Los miraba a todos con un gestito sobra- 
dor, con una sonrisita de desprecio que parecía decir que eran todos unos niños de 
pecho a su lado. “¿Quién es?”, le preguntó Nacho. “Es uno nuevo”, le respondió 
éste, “un pillado, menos mal que está en otro salón”. “Mientras no moleste”, dijo 
él. Y la verdad es que al principio le era completamente indiferente, y si bien era 
cierto que la actitud del flaco provocaba bastante rechazo entre algunos compa¬ 
ñeros, éstos habían sido los menos porque en general caía bien y tenía una legión 
de fíeles admiradores que festejaban sus chistes y le creían al pie de la letra sus 
fabulosas hazañas con las putas. Pero aquellos que se sentían invadidos por su 
popularidad (entre ellos sus amigos Nacho y Enrique) lo detestaban y como no se 
atrevían a hacerle frente porque era alto y de buen físico, pretendían que él, que 
era también muy popular en el colegio, los representara animándose a lo que 
ellos no tenían el valor de hacer. Al principio la situación le pareció absurda. ¿Por 
qué tenía que enfrentarse con alguien que apenas conocía?, ¿porque era un adve¬ 
nedizo hijo de un gángster que se había hecho rico con el bagayo?, ¿porque era 
un fanfarrón?, ¿y a él qué le importaba? Tanto le llenaron la cabeza contra él que 
en los recreos cuando se ponían a jugar un picado en el patio (al flaco no le 
gustaba el fútbol), o tomaba algo en la cantina o simplemente conversaba con sus 
compañeros, notó, o por lo menos así lo interpretó, que el nuevo lo miraba con 
cierto aire burlón de desafío, y a veces sonreía y a veces lo miraba fijamente, e 
insensiblemente, sin haber tenido oportunidad de dirigirle la palabra, sin al me¬ 
nos poder decir que le había caído antipático, se fue creando una tensa situación 
entre los dos. Dos meses después del comienzo de las clases por una casualidad 
tuvieron la ocasión de verse las caras. Se había quedado castigado después de la 



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El Hermano de Pablo 


misa de los viernes cuando el flaco entró en el salón por el mismo motivo, dijo 
hola y se sentó en un pupitre vecino al suyo. Pablo no le contestó el saludo, 
bostezó despreocupadamente y sin dignarse a mirarlo abrió un libro y fingió que 
se concentraba en la lectura, pero ya todos sus músculos se habían tensado en 
situación de alerta. Así que sin más ni más cuando el flaco le dijo: “¿Qué te pasa? 
¿Tenés algún problema conmigo que no me querés saludar?”, sin ponerse a con¬ 
siderar el tono con que se lo había dicho (más bien arrogante pero no definitiva¬ 
mente agresivo) le dio un roscazo detrás de la oreja tirándolo al suelo con pupitre 
y todo. Enseguida se incorporó para salir del salón antes que apareciera algún 
cura, pero en la mitad del recorrido hacia la puerta unos brazos huesudos comen¬ 
zaron a apretarle el cuello con verdadera aplicación. Como no se lo esperaba, le 
costó reaccionar y a duras penas logró zafarse de aquel ataque con un codazo que 
le dio al flaco en pleno vientre e hizo que trastabillara y él pudiera darse vuelta 
para pelearlo de frente. Empezaron entonces a forcejear y consiguió finalmente 
hacerle una zancadilla y los dos trenzados cayeron y comenzaron a revolcarse 
por el suelo. Mientras tanto el ruido había atraído a algunos estudiantes que los 
observaban deleitados desde la puerta sin la menor intención de intervenir. Cuan¬ 
do llegó el portero Pablo había conseguido tomar la iniciativa, pero el maldito 
borracho se puso a gritar como un poseído hasta que dos curas vinieron y logra¬ 
ron separarlos, no sin antes propinarles algunas patadas alevosas que después les 
resultaron más dolorosas que cualquier golpe recibido durante la pelea. Recién 
ahí se enfriaron lo suficiente como para darse cuenta de la situación comprome¬ 
tida en la que se encontraban. A él le dolía el cuello y el flaco se masajeaba con 
preocupación la espalda, los curas en tanto los reprendían a gritos empujándolos 
hacia el despacho del director. Por suerte, éste, sorpresivamente, fue más com¬ 
prensivo y benévolo de lo esperado tomándose el incidente con mucha calma, sin 
dramatizar, limitándose a reprenderlos con un duro sermón, donde no faltaron las 
amenazas de expulsión, y al final les exigió que se estrecharan las manos (a la 
postre la pena se reduciría a la consabida nota y una observación que fue en el 
carnet de calificaciones). Ese día salieron del colegio tocándose las partes dolori¬ 
das y el flaco ya no tenía al aire burlón que usaba habitualmente con sus enemi¬ 
gos y parecía confundido y con ganas de decir algo, así que se lo facilitó dicién- 
dole que lo lamentaba, que no había estado bien que lo atacara de esa manera y 
que no tenía la menor idea de por qué lo había hecho, pero que después de todo 
no había sido tan mala la pelea. Terminaron riéndose por lo ridículo del asunto y 
al llegar a la esquina se despidieron sin rencores con un nuevo apretón de manos. 
Pablo reconoció que le caía bien aquel tipo cuya actitud había sido tan generosa 



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teniendo en cuenta que el pobre no había sido el agresor, y se reprochó por haber¬ 
se dejado llevar por los idiotas de sus amigos. Sin embargo sin querer éstos le 
habían hecho un gran favor, porque a partir de aquel incidente el rumbo de su 
vida cambió aceleradamente. Al poco tiempo con el flaco se habían hecho inse¬ 
parables y paralelamente Pablo se fue distanciando de Nacho y Enrique que no 
podían entender ni perdonarle que anduviera de amigo con un “terraja”, o sea un 
tipo sin apellido ni prosapia, aunque tal vez no era eso lo que más los irritaba, 
sino el hecho de que el padre de aquel “terraja” en cuestión tuviera más dinero 
que todas sus aristocráticas familias juntas. Casi todas las tardes se reunían en su 
casa o en la del flaco con el pretexto de estudiar, pero era lo que menos hacían 
porque el tiempo se les iba hablando de planes, metas, de sus respectivas fami¬ 
lias, de deportes como el boxeo y el automovilismo que al flaco le apasionaban, 
aunque la cuestión central hacia la que recurrían inevitablemente todas las con¬ 
versaciones era siempre la misma: las mujeres, de cómo conquistarlas, de cómo 
tratarlas, de cómo cogerlas, de la necesidad de conseguir un bulín más adelante 
donde llevarlas. Los dos estaban igualmente obsesionados con el tema, aunque la 
gran diferencia entre ellos era que el flaco ya había tenido algunas experiencias, 
casi todas con putas, y él era, para su vergüenza, totalmente virgen. Al principio 
se propuso no confesárselo a su amigo y relatarle como propia la experiencia que 
el hermano mayor de Enrique les había contado de su primer visita a un quilom¬ 
bo, pero después se le antojó que era más indigno mentirle en esa materia que 
decirle la verdad. “Bueno”, le dijo el flaco al notar su embarazo. “Tampoco es 
algo tan grave. Además no es una cosa que no se pueda arreglar”. 

En aquel tiempo todavía vivían en la casona de la Aduana, comprada por 
su abuelo paterno y construida hacía más de cuarenta años. Era verdaderamente 
enorme, de techos altísimos rematados con vitrales y claraboyas. El flaco decía 
que ahí se podía quedar pernoctando cualquiera y si era discreto nadie se daría 
cuenta, y efectivamente su abuela había encontrado a un hombre que en la época 
en que las puertas estaban siempre sin llaves ni cerrojos había dormido durante 
semanas en uno de los cuartos deshabitados sin ser descubierto. En el piso supe¬ 
rior, al que se subía por una majestuosa escalera de madera, había dos dormito¬ 
rios, dos baños, living y una gran terraza, y en la planta baja seis habitaciones sin 
uso, que comunicaban entre sí, rodeando una hermosa escalera de mármol que 
ascendía desde la puerta de calle hasta un corredor al que daban un gigantesco 
comedor, el cuarto de piano donde de niños tomaban clases con una viuda cin¬ 
cuentona dos veces por semana, otra habitación grande en que se encontraban los 



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El Hermano de Pablo 


escritorios para las tareas escolares, y terminaba en un amplio patio donde la luz 
del día se despeñaba atenuada desde unas altas claraboyas, en el que se abrían la 
cocina, la despensa y dos escaleras simétricas que llevaban a las dependencias de 
servicio. Aparte desde el comedor una puerta comunicaba con la biblioteca de su 
abuelo, desde la cual a su vez se accedía a un sótano que era un laberinto polvo¬ 
riento con el techo cubierto de cañerías. 

Su amigo Marcelo, por su parte, vivía en una mansión en una exclusiva 
zona de Carrasco demasiado nueva y reluciente para tener secretos y excitar la 
imaginación. Siempre pensó que aquellas casas se parecían mucho a sus respec¬ 
tivas familias: la suya antigua y tortuosa, la del flaco moderna y frívola. A él le 
agradaba; no había oscuros muebles antiguos que recargaban la atmósfera, y el 
aire y la luz llegaban sin dificultad a todos los rincones. La familia del flaco 
también le gustaba, sobre todo su mamá, hija de un contador, una mujer distin¬ 
guida y sensual, rubia, alta, de unos cuarenta años, que se conservaba en excelen¬ 
te forma. Su marido, obeso y corpulento, le llevaba alrededor de veinte años a su 
esposa y era un hombre de modales rústicos, alguien “hecho de abajo”, como 
solía decir él, pero de carácter abierto y jovial. El flaco decía que sus padres 
siempre habían estado muy enamorados, y no lo dudaba en cuanto al marido, 
pero observando a su mujer, con aquel cuerpo y aquella forma de andar que pare¬ 
cía estar invitándolo a uno, le parecía que tal vez su amigo podía estar algo con¬ 
fundido con respecto a su mamá. Una mujer con todas las letras, sí señor, pensa¬ 
ba, aplomada, digna, con una mirada calculadamente cortés que descendía de 
unos maravillosos ojos azules en los que en alguna ocasión, muy fugaz y rara, le 
había parecido entrever una chispa que abría las puertas a otras posibilidades. 
Con su único hijo era un poco más tierna que con su marido, lo que no quería 
decir mucho, pero siempre manteniendo una fría distancia que lo había sorpren¬ 
dido. Esa señora conversaba con ellos con naturalidad, abordando cualquier tema 
sin prejuicios y sin hacer pesar la diferencia generacional, pero todo lo hacía 
desde un plano absolutamente inaccesible para él, sin acercarse realmente, sin 
establecer una corriente de simpatía que le hiciera sospechar que dentro de aque¬ 
lla hermosa frente hubiera lugar para las emociones. Sin duda tendría sus secre¬ 
tos, ¿quién no?, tribulaciones que con bastante esfuerzo podían deducirse de sus 
casi imperceptibles cambios de humor, pero con él seguramente no le interesaba 
compartir tales intimidades, y lo cierto es que era una pena porque desde que la 
conoció se había convertido en la más vivida de sus fantasías sexuales. Había 
imaginado con la mamá de su amigo una tórrida relación (luego de una afiebrada 



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declaración frente a la cual ella no había podido resistirse), una aventura secreta 
en la que entraban a escondidas en hoteles de lujo que ella pagaba con su inago¬ 
table chequera, tomaban champán desnudos en una bañera con espuma, lo hacían 
en una cama de agua, en un piso ricamente alfombrado, sobre una mesa con 
restos de manjares, y, arrastrados por tal frenesí libidinoso, hasta en la propia 
casa con el ingenuo esposo en una habitación contigua hablando de negocios por 
teléfono, con un final pleno de romanticismo en el que huían con todo el dinero 
del viejo bagayero (así le decían en el colegio al padre del flaco) para instalarse 
cómodamente en una isla tropical y llevar una vida de perezosa lujuria. Lamenta¬ 
blemente aquellos eran sueños imposibles porque no existía la más mínima posi¬ 
bilidad de que la citada señora se fijara en un torpe y ridículo adolescente que no 
tenía la menor idea de cómo tratar a una mujer de su clase. 

En cuanto a su esposo se podía decir que se conservaba bien y no aparen¬ 
taba la edad que tenía. Siempre de traje y corbatas no muy a tono, robusto y 
perfumando, abundante cabello canoso engominado, monologaba animadamen¬ 
te de política sobre todo, y al parecer estaba bastante interiorizado en el tema y 
según el flaco tenía muchos contactos y amigos en el gobierno, incluso el mismo 
presidente, que le debían favores. Realmente le simpatizaba aquel tipo. Cuando 
se servía whisky no le daba a su hijo pero sí a él, como si fuera una persona 
mayor, y una vez en el medio de una conversación tomándolo de los hombros lo 
zarandeó y dándole fuertes palmadas en la espalda afirmó: “Flor de amigo te 
conseguiste, Marcelo, se toma dos whiskys y no se le mueve ni un pelo”. 

Pero lo que más le extrañaba y le gustaba de aquella familia era la libertad 
que le daban al flaco. Cada uno comía a la hora que se le antojaba y cuando 
coincidían en un almuerzo o cena no era algo buscado sino por pura casualidad. 
Nunca estando él presente había presenciado ninguna discusión entre ellos, nin¬ 
gún reproche y ni soñar con preguntarle al flaco adonde iba ni a qué hora pensaba 
llegar. Como si esto no fuera suficiente todos los meses el padre del flaco le daba 
a éste puntualmente una cantidad exorbitante de plata sin importarle en lo que 
fuera a gastarla. ¿Se podía pedir algo más?, pensaba. El flaco Marcelo era sin 
duda el tipo con más suerte del mundo y de verdad lo envidiaba. 

Una tarde, después de un partido de tenis, devoraban la merienda en la 
casa de Pablo cuando apareció la empleada. Era una negra que trabajaba en su 
casa hacía dos años y se llamaba Matilde. Sorda de nacimiento, apenas articulaba 
algunas palabras con una voz estridente que contrastaba con la expresión pacífi¬ 
ca de su cara. Rondaría los veinte años; abandonada por sus padres había sido 



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El Hermano de Pablo 


criada por los caseros de una estancia cercana para los que al parecer también era 
una carga porque le solicitaron a su padre ayuda para conseguirle trabajo en Mon¬ 
tevideo. Éste se compadeció sabiendo de buena fuente los maltratos que recibía, 
y luego de convencer a su madre que había puesto algunos reparos, la tomaron 
como empleada con cama aprovechando que se había marchado hacía poco la 
que tenían. Por si no alcanzara además de sorda Matilde era epiléptica. Pablo una 
vez la había observado maravillado en plena convulsión, mientras sacudía la ca¬ 
beza y todo el cuerpo, con los ojos en blanco, echando una espuma sangrante por 
la boca, como si hubiera sido poseída en un ritual diabólico y desenfrenado. Por 
cierto que sus padres la hicieron tratar con un neurólogo y a la sazón estaba 
medicada, controlada y hasta la propia señora Arana admitía que era limpia, or¬ 
denada y trabajadora como pocas. Al pasar frente a ellos se detuvo unos segundos 
sonriéndoles bobamente. Silenciosamente levantó tazas, frascos, cubiertos y pla¬ 
tos con restos de tostadas, manteca y mermelada, y se dedicó a lavarlos, enjuagarlos 
y secarlos en la pileta. Enseguida desapareció como un fantasma sin volver la 
cara hacia ellos. El flaco la miró de pies a cabeza mientras se alejaba, como un 
crítico de arte valorando una escultura. “La sierva tiene un lindo culo. Es increíble 
que no te la hayas cogido todavía”. Él se rió pensando que era una broma, pero su 
amigo permaneció serio y le contó que en su casa habían tenido una empleada de 
la misma edad que la negra que estaba tan buena que casi todas las noches se la 
llevaba a su dormitorio. “Al final la dejé embarazada y mi padre le pagó un 
aborto y le consiguió otro trabajo. Mamá creo que ni se enteró o por lo menos no 
se dio por enterada. En realidad eso es lo peor que te puede pasar pero ya ves que 
tiene solución. También podés usar condón, pero claro, no sentís lo mismo”. 

Esa noche, cuando el flaco se fue, Pablo no podía dejar de pensar en las 
palabras de su amigo. Realmente no entendía por qué no se le había ocurrido 
antes fijarse en Matilde, porque si lo consideraba bien no estaba nada mal, y 
hasta de cara era bastante pasable. Una idea se abrió paso en su cerebro e intentó 
alejarla, incluso luego de acostarse hizo lo imposible para que le viniera el sueño. 
Pero alrededor de las doce todos en su casa estaban durmiendo y él seguía con los 
ojos abiertos. Sentía la respiración de Javier en la cama de al lado, el tic tac del 
reloj en la mesita de luz, todo lo demás era silencio. Se levantó con sigilo, se puso 
las zapatillas, y en calzoncillos y camiseta recorrió el pasillo hasta llegar a la 
escalera que conducía a la planta baja. La bajó en puntas de pie, sin poder evitar 
que a su paso cada escalón crujiera de una forma alarmante. Andando a tientas 
tomó el corredor y llegó a la cocina. No había luna o estaba tapada por las nubes 



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porque de la claraboya sólo descendía una débil claridad que no alcanzaba a definir 
los objetos. Si bien sabía lo que iba a hacer no se había puesto a imaginar los 
detalles. Lo impulsaba sólo en parte el instinto y más que nada lo motivaba la 
sensación de estar aceptando el reto implícito que contenía la frase del flaco 
cuando le dijo que era increíble que todavía no se hubiera cogido a la negra. 
Reconoció que lo que se proponía era muy temerario, sobre todo porque era muy 
probable que Matilde no reaccionara pacíficamente a la presencia de un intruso 
en su cuarto. Además, estaba el tema de su enfermedad, de sus ataques. Hubiera 
sido diferente si ella fuera una persona sana, si oyera, si se le hubiera insinuado, 
si lo hubiera invitado de alguna forma por lo menos. Estaba tiritando (se había 
terminado el invierno pero en las noches refrescaba), no conseguía resolverse, 
las escaleras que subían al cuarto de la empleada le parecían un límite infran¬ 
queable, estaba demasiado nervioso, sentía su corazón funcionando a un ritmo 
vertiginoso y se dijo que así lo más seguro era que no pudiera hacer nada. Ese 
pensamiento lo sublevó y sacando fuerzas de flaqueza arremetió contra su propio 
miedo pensando que si había tenido el valor de decidirse y llegar hasta allí sería 
bochornoso retroceder. Después de realizar una honda inspiración subió las esca¬ 
leras. Si la negra hacía un escándalo simplemente se escaparía y más tarde nega¬ 
ría todo, igual era sorda y no podía hablar. Al llegar al rellano vio que el cuarto de 
Matilde tenía la puerta entreabierta, la empujó delicadamente con su cuerpo y se 
metió adentro como si estuviera introduciéndose en el mismísimo infierno. La 
oscuridad era total; en el espeso silencio su propia respiración simulaba un ron¬ 
quido desmedido. Se detuvo un momento para tomar aliento; su visión se fue 
acostumbrando y pudo deducir un armario de la forma grosera que se alzaba a un 
costado; de pronto oyó, sobresaltándose, un ruido de alambres que se estiraban y 
un murmullo, ¿de alarma?, ¿de pánico?, que le hizo preguntarse si ella ya estaría 
despierta y a la expectativa de cada uno de sus movimientos. Le temblaban las 
piernas y las gotas de sudor le resbalaban por la frente a pesar del fresco de la 
noche... si seguía así, tan nervioso, todo se echaría a perder no había duda... qué 
cobarde, qué vergüenza. Avanzó unos pasos más y sus piernas hicieron contacto 
con un borde duro. Tanteando con las manos se arrodilló sobre la cama y sin más 
se lanzó sobre la sombra incierta que abultaba entre las frazadas. Matilde eviden¬ 
temente estaba despierta porque cuando le cayó encima inmediatamente empezó 
a forcejear y a emitir unos sonidos terroríficos que él con sus sentidos alterados 
hacía llegar hasta el lejano dormitorio de sus padres en la planta alta. Con una 
mano le buscó la boca, pero al tratar de tapársela recibió un doloroso mordiscón 
y por reflejo con la otra le dio una fuerte bofetada e intentó levantarle el camisón 



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El Hermano de Pablo 


y bajarle la bombacha pese a que ella se revolvía con un vigor extraordinario y 
lanzaba sus puños al aire logrando golpearlo. Se vio obligado entonces a atena¬ 
zarle una muñeca con cada mano y mantenerla con los brazos extendidos contra 
la almohada. ¿Adonde iba a terminar aquello? De veras estaba enardecido, empe¬ 
cinado, pero que él supiera hasta el presente no había violado ni matado a nadie. 
¿Iba a ser ése el inicio de su carrera delictiva? Repentinamente su determinación 
desapareció, su ardor se enfrió, y cuando ya estaba a punto de desistir y salir a la 
disparada del cuarto, notó que la lucha de Matilde por liberarse y hasta los ruidos 
grotescos de desesperación que salían de su boca habían cesado. Ahora se encon¬ 
traba muy quieta, respirando agitada debajo de él, articulando con tenue y extra¬ 
ña entonación unos sonidos parecidos a las palabras que trataban de expresar, 
¿una sorpresa agradable?, ¿le estaba preguntando algo?, pero que obviamente no 
era un pedido de auxilio. ¿No sería el preludio de un ataque?, no, no creía. Des¬ 
concertado Pablo permaneció unos minutos más en la misma posición, sentado 
sobre el vientre de su empleada, sujetándola de los puños, dándose cuenta por 
primera vez que la oscuridad se había despejado lo suficiente y podía ver sus 
facciones, presumir por la dirección de su cabeza que lo estaba mirando, segura¬ 
mente con incredulidad, sin rastros ya de temor, con una creciente ansiedad. Por 
lo tanto se animó a soltarla y ella se quedó inmóvil, con las palmas hacia arriba, 
en posición de absoluta entrega, y comenzó a acariciarla dulce, muy dulcemente, 
y la negra ya no se oponía, en tanto él le susurraba al oído como si pudiera oír: 
“Soy yo Matilde, no va a pasar nada, no te quiero lastimar, vas a ver que te va a 
gustar”. Su piel despedía olor a jabón de tocador, y cuando le sacó definitivamen¬ 
te el camisón, la bombacha y el sostén y empezó a chupar los pezones erectos de 
sus grandes senos, lo invadió una placentera corriente de calor y desaparecieron 
los nervios del principio. Para entonces su pija había dejado de ser una cosa 
flácida e inservible para convertirse en la gran protagonista de los acontecimien¬ 
tos. Sintiendo que controlaba la situación le separó las piernas, y ella misma, 
tomando delicadamente su miembro tieso y palpitante, con una experiente habi¬ 
lidad que lo dejó atónito, se lo introdujo en su chorreante vagina. Enseguida, al 
tiempo que lo rodeaba con los brazos, ella flexionó sus caderas y rodillas y él al 
comenzar a moverse sintió que el placer lo desbordaba. Como estaba hiperexita- 
do y además no se le había pasado por la mente hacerlo durar, todo se limitó a 
unos cuantos movimientos de avance y retroceso tras los cuales desahogó la enor¬ 
me tensión acumulada. Ya no tenía nada que hacer allí..., sin embargo Matilde no 
parecía pensar lo mismo pues sus brazos seguían aferrados a su espalda y conti¬ 
nuaba moviéndose, seguramente en busca de lo que él ya había obtenido. Apenas 



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pudo desembrazarse de ella, se incorporó, su subió los calzoncillos y salió del 
cuarto sereno y victorioso, feliz porque su virginidad había quedado atrás y orgu¬ 
lloso al pensar en su extraordinario coraje que al otro día ostentaría como un 
trofeo frente a su nuevo amigo. Cuando se lo contó antes de entrar a clases el 
flaco se moría de risa. “Sos grande. Ya sabía yo que eras grande”, le dijo abrazán¬ 
dolo entusiasmado, riéndose a carcajadas, mientras él se sentía como si hubiera 
aprobado un complicado examen y el flaco fuera un distinguido profesor que lo 
felicitara. A la salida su amigo le anunció que había estado pensando en un plan 
sensacional y le soltó que si aquel sábado su familia se iba para el campo, fuera 
como fuera, debían aprovechar el momento psicológico en el que según él se 
encontraba la negra, para organizar una fiesta íntima entre los tres. Le dijo que 
nunca lo había hecho pero que siempre había querido, y aquella parecía una opor¬ 
tunidad excepcional que se les ofrecía en bandeja y sería un crimen desaprove¬ 
charla. 

El invierno se había despedido y con los primeros días primaverales sus 
padres habían reanudado sus idas a la estancia. Así que para aquel sábado inventó 
una excusa para quedarse mientras el resto de su familia, Javier incluido, partía 
temprano en la mañana dejando como de costumbre a Matilde al cuidado de la 
casa. Otra empleada, llamada Cristina, la ayudaba a limpiar y le hacía compañía 
esos fines de semana por si se atacaba de su enfermedad. Esto no fue ningún 
obstáculo, llamó a Cristina y le dijo de parte de sus padres que no viniera (des¬ 
pués les inventaría algo para justificarlo). Ya nada podía interponerse en sus pla¬ 
nes. Hasta el día parecía estar a tono: el cielo estaba despejado, el sol brillaba, la 
temperatura era agradable, por más que en este caso a ninguno de los dos le 
preocupaba en lo más mínimo el clima dado que carecía de importancia para lo 
que pensaban hacer (aunque sí había servido para que su familia no se arrepintie¬ 
ra de viajar al campo). Estaban al borde del delirio, a tal punto entusiasmados que 
apenas probaron el almuerzo que la cocinera les había preparado en la casa del 
flaco cuyos padres habían salido a comer afuera. Cerca de las dos de la tarde se 
dirigieron a la casa de la Aduana en el Volkswagen escarabajo cero kilómetro que 
el padre le había regalado al afortunado de su amigo para su cumpleaños hacía 
unas semanas, sin darle relevancia al hecho que con apenas quince años no tuvie¬ 
ra permiso para conducir. Desde que se encontraron en la mañana no habían 
parado de aconsejarse mutuamente acerca de cómo tenían que actuar para que 
todo saliera como querían, pero cuando llegaron a su casa y hallaron a Matilde 
lavando el piso de la cocina, ajena totalmente al mundo, pasando el trapo enjabo- 



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nado inclinada de una forma torpe, algo viril, no pudieron evitar sentirse descon¬ 
certados. ¿Era posible realizar lo planeado? ¿No habían sido demasiado imagina¬ 
tivos? Ella tenía puesta una túnica de trabajo celeste que le llegaba hasta la mitad 
de las piernas y calzaba unas chancletas que dejaban ver unos pies pequeños y 
bien formados con las uñas pintadas de rojo chillón. Pablo, que había sido el 
primero en sobreponerse a ese destello con que la realidad desanima los mejores 
proyectos, le tocó el hombro para anunciarse y ella pegó un brinco soltando el 
lampazo. No bien se dio vuelta y los vio, esbozó una estúpida sonrisa que no 
llegó a concretarse y balbuceando algo incomprensible bajó la vista y se dispuso 
a proseguir con su trabajo. El se lo impidió cortándole el paso, y luego de aga¬ 
charse para ponerse a su altura, le sonrió con simpatía y por señas le hizo enten¬ 
der que querían café. Ella se retiró y mientras les preparaba el café los dos se 
instalaron en el comedor. El flaco, que no podía disimular su nerviosismo, a 
pesar de haber sido el inventor y entusiasta promotor de la idea, le expresó con 
preocupación las dudas que lo habían asaltado. De pronto no estaba tan seguro, 
no era miedo, no, no, pero... ¿no sería mejor dejarlo para otra ocasión?, porque la 
negra tenía una pinta bárbara de retardada y las cosas podían complicarse con 
alguien así. “Vos dejalo en mis manos. Está todo bien. Si no quiere seguimos la 
corriente nos vamos y a otra cosa”, le dijo él con tranquilidad. Al rato apareció 
Matilde con una bandeja con las tazas de café, las cucharas y el azucarero. Tenía 
la costumbre de bajar la vista delante de la gente, pero cuando depositó la bande¬ 
ja sobre la mesa del comedor levantó los ojos hacia ellos y por un segundo les 
sonrió con una expresión atontada mostrando una dentadura blanquísima y extra¬ 
ñamente sin defectos. Pablo se preguntó otra vez si ella lo habría reconocido la 
otra noche. Según el flaco, al que le había planteado la misma pregunta en la 
mañana, era indudable que sí. “¿No me dijiste que no había una oscuridad total y 
ella te había mirado? Por eso no se resistió viejo, porque eras el patrón, porque 
eras el amo y le estabas haciendo el favor de fornicaria. Aunque sean algo retra¬ 
sadas esas tipas saben perfectamente lo que les gusta y lo que hacen. ¿No me 
contaste que te la agarró con habilidad, con sabiduría?” Cuando Matilde iba a 
darse vuelta para volver a la cocina él se levantó, la tomó de un brazo y le hizo 
señas para que ocupara su lugar mientras se sentaba en una silla contigua. Matil¬ 
de obedeció sumisa, sonriéndole a la alfombra, y se sentó entre los dos. Pablo sin 
rodeos comenzó a acariciarle la nuca y vio que ella seguía sonriendo con la mis¬ 
ma expresión atolondrada, sin despegar los ojos de la alfombra. No oponía la 
menor resistencia, no expresaba la menor protesta, más bien parecía que le gusta¬ 
ba porque cerraba los ojos balanceando la cabeza que cedía blandamente a la 



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presión de su mano. El flaco no podía contener la risa pero él estaba serio. Al 
preguntarle a su amigo de qué se reía, éste le dijo que era un tipo increíble porque 
hasta hacía poco era virgen e inmaculado y ahora de repente se comportaba como 
si aquello fuera cosa de todos los días. “Naciste para macró, no hay caso. Sería un 
desperdicio que te dedicaras a otra cosa”, le dijo. Mientras tanto él seguía acari¬ 
ciándola y logró que ella recostara la cabeza en su hombro siempre sin mirarlos y 
sin dejar de sonreír mansamente. El flaco, recuperado su entusiasmo, ya partici¬ 
paba activamente desde su silla levantándole la túnica y las polleras, acaricián¬ 
dole los muslos. Fue entonces cuando ella levantó su cara y contrajo sus faccio¬ 
nes de una forma tan extraña, podía decirse macabra, que se asustaron pensando 
en la posibilidad de un ataque, pero no, qué alivio, los gestos raros cesaron y 
ahora en una brusca transformación ella los miraba sin timidez y sus ojos baila¬ 
ban picaramente yendo y viniendo entre los dos. Todo iba viento en popa; había 
llegado el momento de pasar a otro nivel. Sin dificultad la condujeron hasta la 
planta alta subiendo la imponente escalera, pegados a Matilde como dos anima¬ 
les en celo. El flaco sugirió en el camino que la bañaran primero, por si las mos¬ 
cas, aunque parecía una tipa limpia nunca se sabía. Sin dejar de manosearla, 
urgidos por la excitación que sentían, la llevaron primero al baño donde la desnu¬ 
daron encontrando que debajo de la ropa de trabajo había un cuerpo firme, bien 
contorneado, con senos grandes, consistentes, una cintura de avispa y una cola 
firma, suculenta y perfectamente paradita. La metieron debajo de la ducha y el 
flaco que era el más interesado en el tema la enjabonó minuciosamente, luego la 
enjuagaron, la secaron y le echaron encima todos los perfumes que encontraron 
en el tocador de su madre, que ella olía fascinada. 

Más tarde, en la cama de matrimonio de sus padres, extenuados, con Ma¬ 
tilde en el medio embalsamada con los perfumes matemos, se sentían como dos 
rajases y comentaron que esa era la vida que les gustaría llevar hasta el fin de sus 
días. La negra se había portado maravillosamente haciendo todo lo que ellos 
querían..., y cómo había gozado, como si fuera una persona diferente, como si el 
placer hubiera logrado disminuir su grado de estupidez. Por otro lado no se podía 
negar que era excitante verse mutuamente haciéndolo, y aunque en algunos mo¬ 
mentos la presencia del otro resultaba embarazosa y algo chocante, en general 
habían sabido superar esos instantes de impaciencia encontrando que esa actitud 
había fortalecido los lazos entre ellos. 

Tan estimulante había sido la experiencia que se quedaron encerrados con 
Matilde hasta el domingo a mediodía. Ella siguió en la misma postura, atendien- 



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El Hermano de Pablo 


do solícitamente cualquiera de sus requerimientos. Les preparó la merienda, la 
cena y al otro día el desayuno, con su sonrisa tonta habitual (fuera de la cama 
misteriosamente volvía a ser la Matilde que conocían), como si se tratara de una 
jomada cualquiera y estuviera cumpliendo con sus deberes de doméstica. “Es la 
mujer perfecta”, decía el flaco. “No habla, siempre está sonriente, tiene buen 
cuerpo, y hace todo lo que uno quiere”. Pero su cualidad más importante, segura¬ 
mente fruto de su intrínseco alelamiento, resultó ser su discreción, porque des¬ 
pués que volvió su familia del campo y regresó a la rutina diaria, seguía siendo la 
misma y en su comportamiento era imposible observar la menor evidencia de lo 
sucedido. Por eso se animaron a repetirlo el próximo fin de semana, pero descu¬ 
brieron algo que ya intuían: que pasada la novedad la situación había perdido 
gran parte de su atractivo y no compensaba los riesgos que corrían. Por lo tanto 
acordaron en dar por finalizada aquella épica peripecia y fijarse metas más esti¬ 
mulantes. Una noche, semanas después, mientras miraban un partido de basquet 
en la tele, sintieron un estmendo proveniente de la planta baja, como de vajilla 
que se rompía. Se asomaron al barandal desde donde se divisaba parte de la coci¬ 
na y como no vieron nada preguntaron inútilmente en voz alta qué estaba pasan¬ 
do, pero como abajo al ruido había sucedido un silencio mortal, bajaron corrien¬ 
do la escalera y cuando llegaron a la cocina vieron a Matilde contrayéndose en 
pleno ataque, rodeada de un montón de vasos y platos rotos. Sin saber lo que 
hacer decidieron esperar a que las convulsiones cesaran, lo que sucedió después 
de unos minutos. Matilde parecía haberse quedado dormida, estaba inmóvil, con 
los ojos cerrados y los dos se miraron comprendiendo que estaban pensando lo 
mismo: la negra se había ido para siempre, abandonado definitivamente aquel 
mundo cruel, estaba muerta. Sin embargo tales pensamientos se disiparon al bus¬ 
carle el pulso y encontrarlo, y al constatar que aunque muy levemente también 
respiraba. En ese momento escucharon la voz de su padre que llegaba del Estudio 
y preguntaba, al ver las luces prendidas de la cocina, quién estaba allí. Fueron a 
su encuentro y le informaron lo que pasaba; segundos después entre los tres le¬ 
vantaron a Matilde y la trasladaron al comedor donde la acostaron en un diván. 
Su padre estaba muy preocupado por la tardanza de la negra en volver en sí, y su 
madre, que sin haber oído nada desde su cuarto por casualidad había bajado con 
intención de ir a la cocina a vigilar la cena, cuando se encontró con aquel panora¬ 
ma se quedó horrorizada y unos minutos después muy nerviosa exigía que se 
llevaran de inmediato a Matilde de allí para ver un médico antes que se muriera 
en su casa. Javier también apareció entretanto y permanecía silencioso presen¬ 
ciando lo que pasaba. Lo más atinado era no perder el tiempo y trasladarla a la 



Rafael Marías 


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emergencia de la mutualista, dijo su papá. Así que Pablo y el flaco tuvieron que 
cargar con Matilde, que no se aguantaba en pie aunque había abierto los ojos e 
intentaba algunos movimientos, y estuvieron a punto de caerse por la larga y 
empinada escalinata de mármol de la entrada. Su padre los esperaba con la puerta 
abierta del coche estacionado frente a la casa, y ellos la depositaron en el asiento 
trasero. Se sentaron junto a ella y el flaco, antes que su padre subiera, le manifes¬ 
tó con un tono por demás sospechoso que si Matilde se moría le iba a quedar un 
complejo de culpa para toda la vida. Él lanzó una carcajada y le dijo: “Pero culpa 
de qué flaco. No ves que es una enferma”. Por suerte para la conciencia del flaco 
a las pocas horas de ingresada en la mutualista, Matilde estaba completamente 
recuperada. Pero esto no le bastó al sensiblero de su amigo que más tarde tuvo la 
conmovedora idea de llevarle a la habitación un ramo de claveles rojos que ella 
recibió sonriente con su tonta e impenetrable actitud de costumbre. Aquella fue 
la última vez que la vieron y dadas las circunstancias se sintieron contentos de 
que así fuera. Les estaba resultando bastante incómodo tener que verla cumplir 
con su trabajo como si las recientes orgías perpetradas jamás hubieran tenido 
lugar. No era normal; les daba que pensar; algo podía suceder; ¿cómo podían 
predecir cual podía ser su conducta más adelante?, si había alguna posibilidad 
que los delatara, si podía perjudicarlos de algún modo, envenenándoles la comi¬ 
da, acuchillándolos o lo que fuera, más teniendo en cuenta que su mente era un 
verdadero enigma para ellos. Por eso se habían sentido sumamente aliviados cuan¬ 
do a los pocos días del ataque de Matilde su madre contrató á una señora de 
mediana edad para ocupar su lugar y explicó que a la criatura, para tenerla mejor 
atendida y controlada, la habían llevado a una obra dirigida por unas monjitas 
buenísimas, las cuales con verdadera dedicación se ocupaban de casos tan des¬ 
afortunados como el suyo. Éstas la cuidarían y no les tocaba a ellos, que ya ha¬ 
bían hecho todo lo que estaba a su alcance, preocuparse en el futuro por su bien¬ 
estar. 




55 


Capítulo VI 


Un mido ensordecedor, mezcla de gritos y aplausos se elevó de la multitud 
que agitaba manos, carteles y banderas, cuando el líder de la izquierda, el Gene¬ 
ral Seregni, se incorporó para comenzar su oratoria. Javier pidió a un camarada 
que lo reemplazara en su puesto de vigilancia junto al estrado, le dio su brazalete 
rojo y atravesó parte de aquel mar humano para reunirse con Claudia, Rita y 
Ricardo que estaban a mitad de la calle a dos cuadras del orador. Desde allí la 
tribuna resplandecía rodeada de una aureola luminosa. Todo había salido bien, 
era una verdadera respuesta a los intentos de la reacción, le dijo Claudia gritán¬ 
dole al oído, mientras el General en la tribuna desarrollaba su discurso. 

Javier tenía motivos para estar satisfecho, el acto por el que tanto habían 
trabajado había sido un éxito. A su alrededor la gente estaba eufórica, había un 
clima de fe, de solidaridad, de alegría. Sin embargo él se sentía tan indiferente 
como al mediodía cuando escuchaba la perorata del Director. Por más que se 
esforzaba no podía compartir el entusiasmo de los demás y esto lo hacía sentir 
molesto y confundido. La expulsión del Instituto podía ser una buena excusa 
frente a otros, pero él sabía que había una causa más profunda para lo que le 
estaba pasando, algo que se arrastraba desde tiempo atrás y ya no podía ignorar 
como si se tratara de un malestar pasajero. Lo peor era que todas las respuestas 
que ensayaba no lo conformaban o lo que era peor le parecieran inútiles. Siempre 
había creído que sus acciones eran guiadas por la razón y siempre había encon¬ 
trado alguna explicación, alguna idea que funcionaba y en el momento oportuno 
lograba alejar cualquier sombra de duda, pero este mecanismo tan valioso esta 
vez no podía ayudarlo, esta vez no identificaba ninguna duda, nada preciso, nin¬ 
guna idea concreta que pudiera enfrentar. Recordaba cuando había comenzado a 
militar con los socialistas, el año pasado, fue apenas empezaron los cursos de 
Primero. Como ya tenía algunas ideas propias le discutió al profesor de Filosofía 
que se había ensañado contra el marxismo, y como por arte de magia a los pocos 
días aparecieron ellos, salieron a flor de tierra cálidos, firmes, dialécticos, lo 
invitaron a reuniones, conferencias, le dieron material de lectura. Luego, como si 
hubiera nacido para eso, se lanzó a la lucha política seguro de haber encontrado 
allí una causa a la que podía entregarse, un motivo válido para vivir, y en ningún 
momento se le había ocurrido cuestionar o rever sus actos. Tampoco dudó cuan- 



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El Hermano de Pablo 


do a mitad de año dejó a los socialistas para unirse a la Juventud Comunista. 
Había discutido, pensado lo necesario, se había dejado convencer. Todo el proce¬ 
so había sido para él tan evidente, sus decisiones tan categóricas, que los argu¬ 
mentos parecían apoyados por una fuerza más poderosa, superior a cualquier 
razonamiento. En Primero, con Lalo y Carlos (el camarada que lo había afiliado 
a la Juventud y actualmente estaba en facultad de Derecho), formaron un Círculo 
de siete miembros del que estaban orgullosos; habían revolucionado el Instituto 
reuniendo a otros grupos de izquierda y fundando un Comité de Base que hasta 
ese momento enviaba sus delegados a la Coordinadora de la zona. Además mili¬ 
taba en el Círculo de la Juventud del Comité de Base del barrio (que era el barrio 
donde estaba el Instituto), donde la lucha política era mucho más trascendente 
que en el Preparatorio de curas. Cuanto más pensaba más ridículo le parecía todo, 
lo único que sabía era lo que sentía. Él lo llamaba “indolencia”, como si lo hicie¬ 
ra todo mecánicamente, como si hubiera perdido el interés por lo que antes lo 
atraía, pero también había otra palabra que se acercaba bastante a definir su esta¬ 
do de ánimo: desconfianza, sí... pero no una desconfianza de personas, ni siquie¬ 
ra particularmente de ideas, sino una desconfianza que iba más allá y apuntaba a 
las mismas causas de lo que hasta ese instante lo había motivado. ¿No era aquello 
demasiado rebuscado, demasiado extremista? Era evidente que había mucho de 
sí mismo que desconocía y eso lo estaba perjudicando en lo que hasta entonces 
más le importaba: su militancia. Era por demás fastidioso, a esa altura, tener que 
replantearse cuestiones que parecían ya dilucidadas. Además, ¿era posible en 
realidad conocerse?, y si fuera posible, ¿valía realmente la pena? Sin embargo si 
lo pensaba bien era una necesidad, la única forma de poseer cierto dominio sobre 
sí mismo... “Una crisis camarada, no se podía esperar otra cosa de un burgués 
como usted, debería avergonzarse de mirarse tanto el ombligo y pensar en los 
dramas que vive la gente real”, se reprochó. ¿Pero él no era real también? ¿O no 
tenía derecho a resolver sus problemas porque otros estaban peor? Sí, nada era 
fácil para él. Mientras tanto, alrededor suyo la vida no se detenía. Claudia, a su 
lado, escuchaba con atención al orador que se aprestaba a rematar su discurso. 
¿Era ella la causa? Cuando elevaba sus brazos para aplaudir lo rozaba con su 
hombro y su presencia adquiría un carácter mortificante. ¿Era tan simple la ex¬ 
plicación? Tenía los cabellos rubios sueltos hacia la espalda y escuchaba con 
expresión concentrada el discurso que resonaba en los altavoces. Por momentos, 
demostrando una íntima satisfacción, se sonreía y unas finísimas arrugas le apa¬ 
recían al costado de los ojos. “No sé lo que estoy esperando... mis manos quieren 
tocarla pero siempre hablamos y hablamos con el pretexto de la militancia”, pen- 



Rafael Marías 


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saba Javier contrariado cuando una mano le estalló en el hombro y lo obligó a 
volverse. 

-Te estuve buscando por todos lados -gritó Lalo con su ronco vozarrón- 
Sos el rey de los chiflados, viejo. Primero nos dejás plantados a la salida del 
Instituto, y después me paso llamando por teléfono durante toda la tarde a tu casa 
y el nene no está ¿Se puede saber a donde te habías metido? 

Lalo saludó a los demás y Javier lo llevó unos metros aparte. No quería 
que Claudia oyera. No le quiso contar lo sucedido en el Instituto cuando la fue a 
visitar al mediodía a su casa. Ganas no le faltaron, porque necesitaba desahogar¬ 
se, pero temía que ella se decepcionara al saber que se resignó a que lo expulsa¬ 
ran sin luchar. 

-Mirá que sos pesado -le dijo a un Lalo sorprendido, aunque en ese mo¬ 
mento, más atento a la explicación que iba a recibir, no se preocupó por sonsacar¬ 
le la razón de su reserva-. Me echan del Preparatorio... ¿te enteraste? -Javier al 
ver que Lalo asentía con la cabeza continuó-. Mi viejo estaba que hervía de bron¬ 
ca, mi madre cuando se lo conté se puso a llorar, y todavía vos pretendías que yo 
estuviera disponible para hablar en un mitin callejero. Si no nos comunicamos 
por teléfono fue simplemente porque mi madre, que como sabrás te aprecia mu¬ 
cho, no me habrá pasado las llamadas. 

-Sí... ya sé, ya me imaginaba... -le dijo Lalo comprensivo pero mantenien¬ 
do su tono de reprobación-. Te imaginarás que sin la presencia del que iba a ser 
orador, o sea la tuya, no hubo ningún mitin a la salida y yo quedé repegado con 
todo el mundo. Yo sé que te afectó el asunto, pero podías haber tenido la amabi¬ 
lidad de avisarme, pero no, decidiste plantamos, desaparecer, entregarte. De ver¬ 
dad que no te entiendo, Javier. Yo calculé que algo había pasado y al no poder 
localizarte en tu casa volví al Instituto más tarde a ver si conseguía informarme a 
través del cura Revello, que siempre cuando lo necesitamos nos da una mano, y 
me contó lo que pasó y que tu viejo hacía unos minutos había salido del despacho 
del Padre Director dando un portazo. 

Cerca de las dos de la tarde, luego de regresar de lo de Claudia, Javier se 
había encontrado con su padre que estaba por salir para el Estudio. No tenía más 
remedio que enterarlo de la noticia de la expulsión y aquella era una buena oca¬ 
sión para hablar a solas aprovechando que su madre no estaba presente, segura¬ 
mente durmiendo su acostumbrada siesta. Se sentaron en el living y a medida que 
le relataba lo acontecido en el Instituto, espiaba los cambios que se iban produ- 



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El Hermano de Pablo 


ciendo en el rostro de su padre. Vio como resoplaba, movía la cabeza negando, 
hacía muecas de disgusto y repetía con voz apenas audible: “Es increíble, increí¬ 
ble”. Cuando Javier se calló su padre se había lanzado a argumentar con furia, 
pero extrañamente no había cargado la responsabilidad sobre él sino sobre la 
Dirección del Instituto. Dijo que había sido una medida inaceptable, inconcebi¬ 
ble, totalmente desmesurada y que si había culpables no eran exactamente unos 
chiquilines que no sabían ni donde estaban parados sino aquellos que desde el 
año pasado les habían dado a los estudiantes libertades que antes se cuidaban 
expresamente de prohibir. Si hasta en la clase de religión se hablaba de política, 
si le habían dicho también que en la cartelera del patio se denunciaba a la “rosca 
oligárquica” y se hacía propaganda contra el gobierno. Ellos, la Dirección, ha¬ 
bían fomentado el actual estado de cosas y ahora como la experiencia les había 
salido mal querían expulsarlo a Javier como si fuera la causa de todos los males. 
No, no, no había derecho, había levantado la voz, aquella no era la forma cristia¬ 
na de proceder, si algunos estudiantes habían abusado era porque ellos le habían 
dado alas con sus actitudes permisivas, o qué esperaban que sucediera con el 
clima de enfrentamiento que se vivía en el país. Era inconcebible, repetía, incon¬ 
cebible que él estuviera pagando para que su hijo estudiara en un ambiente tran¬ 
quilo, al margen de los conflictos estudiantiles, a salvo de los demagogos, y esos 
curas con sus mentes iluminadas les dieran pasto a los que los pervertían y toda¬ 
vía en una medida sin precedentes decidieran expulsarlo sin una amonestación 
previa, sin darle siquiera la posibilidad de corregirse. Él mismo le había replica¬ 
do hacía poco al director, en la última reunión de padres, cuando éste afirmó que 
ellos nunca habían permitido las actividades de grupos políticos y que sólo les 
interesaba que los estudiantes estuvieran más en contacto con la realidad, que de 
qué realidad le hablaba Padre, de la que ellos se encargaban de interpretar, por¬ 
que realidades podían haber muchas de acuerdo a quién las concibiera. Y ahora 
resultaba que después de tanta sensibilidad social, de tanto altruismo, su hijo, un 
adolescente que usaba un lenguaje aprendido de memoria, era un conspirador, un 
estratega de la revolución mundial, la manzana podrida de la que había que des¬ 
hacerse para que no corrompiera a los otros estudiantes. Su padre se tomó un 
respiro y antes de desaparecer volvió a la carga diciendo que era totalmente ab¬ 
surdo y que no lo iba a tolerar, y que se lo iba a decir hoy mismo a ese cura 
director y sería mejor que no le viniera con esos aires de suficiencia porque podía 
perder la paciencia. Durante todo aquel tiempo, Javier no había intentado inte¬ 
rrumpir el acalorado discurso de su padre que daba la impresión que en el fragor 
de su exposición se olvidaba que él se encontraba allí escuchándolo, porque ha- 



Rafael Marías 


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bía entendido que más allá del contenido de sus palabras, de cualquier idea que 
expresara, estaba el hecho que en aquellos momentos lo estaba defendiendo por¬ 
que era su padre, y eso, al fin de cuentas, era algo elemental que se desprendía de 
su actitud y lo reconfortaba. 

-Los sobrepasó y quisieron terminar con todo. Vos fuiste la víctima ideal - 
dijo Lalo. 

-Así que soy el chivo expiatorio de una siniestra confabulación. Nunca 
pensé que fuera tan importante -dijo Javier sonriendo con amargura. 

-No lo tomes en broma -dijo Lalo con seriedad-. Ahora todos tienen miedo 
y fuera del Círculo no hay nadie que quiera mover un dedo por vos. Pero que no 
sueñen que los vamos a dejar salirse con la suya. Esta noche sacamos una pintada 
en la misma pared del Instituto. Por eso quería hablar con vos, ¿qué te parece?... 
“Basta de expulsiones. Abajo el fascismo”. Nos tenés que acompañar, esta vez no 
voy a dejar que te escapes viejo. 

-¿A qué hora? -preguntó Javier, mientras volvían donde estaba Claudia y 
los otros. 

-A eso de las dos, es la mejor hora -le contestó Lalo. 

-Sí -dijo Javier. 

-Tengan cuidado -dijo ella mirando a Javier, y enseguida aplaudió junto a 
los demás cuando el General dijo que el pueblo unido no iba a dejar que le arre¬ 
bataran sus conquistas y su libertad, pero él vio que se había sonrojado. 

-Está muerta con vos, galán -le susurró Lalo al oído, cuidándose de que 
Claudia no oyera-. No te demores mucho porque hay unos cuantos tiburones al 
acecho. 

El acto no se prolongó mucho más. Al finalizar la gente se fue dispersando 
lentamente aunque algunos grupos se quedaron conversando en la calle salpicada 
de papeles. Lalo, Javier y dos camaradas de la Juventud que se ofrecieron para 
hacer de campanas, se metieron en un bar para ultimar detalles de la pintada y 
después caminaron hasta el local del comité que distaba unas cinco cuadras del 
lugar del acto. Apenas entraron encendieron las luces y subieron por una tamba¬ 
leante escalera de caracol a una buhardilla donde Lalo guardaba celosamente sus 
materiales de propaganda. Los tenía en un viejo baúl bajo candado, y luego de 
abrirlo se puso a preparar la pintura. Como recién eran las doce los dos camara- 



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El Hermano de Pablo 


das se fueron prometiendo que serían puntuales y a las dos en punto estarían en 
los lugares acordados. Era mejor así porque si salían los cuatro del Comité a esa 
hora podían llamar la atención. La situación política no era nada favorable. Ade¬ 
más pintar una pared de un particular siempre era un delito y si el que lo cometía 
era comunista peor aún, dijo Javier. Tenían que tomar todas las precauciones. 
“Por favor no nos fallen”, les gritó Lalo a los camaradas mientras éstos bajaban 
la escalera, y volvió a concentrarse en los preparativos en tanto Javier lo observa¬ 
ba recostado en un catre fumando el último cigarrillo que le quedaba. Lalo no 
fumaba, ahora mismo dispersaba con disgusto el humo que iba inundando la 
pequeña buhardilla. Javier recordó el día que lo conoció en su primera reunión de 
la Juventud en el Instituto. Desde el principio experimentó una gran simpatía por 
él. Lo consideraba un tipo noble, sin dobleces, con una franqueza casi brutal a 
veces. Era un fanático de todo lo que tuviera relación con la propaganda política; 
le apasionaba dibujar, pintar y lo hacía extremadamente bien. Era en lo único que 
se mostraba escrupuloso, casi obsesivo. No tenía inconveniente en quedarse no¬ 
ches enteras picando matrices, cortando volantes, pintando fajas y carteles. Sus 
padres decían que si pusiera el mismo empeño para estudiar el año pasado hubie¬ 
ra salvado todos los exámenes y no hubiera tenido que pasarse el verano entero 
preparando las materias perdidas. Pero Lalo odiaba estudiar (“No sé como hacés 
vos que apenas estudiás y aprobás todo. Yo soy un burro”, se quejaba entristeci¬ 
do), tanto como a los curas. Era un problema de piel, no los soportaba. Decía que 
todos eran unos enfermos y no entendía por qué sus padres que eran del Partido 
lo habían enviado a un Preparatorio católico. Javier tampoco lo entendía y sin 
embargo había conocido casos similares. Lalo argumentaba que las familias de 
sus padres eran muy beatas y por ahí les vendría el resabio; además, el hecho de 
que estuvieran afiliados no quería decir nada porque el de ellos siempre había 
sido un compromiso superficial, nunca militaron, y por lo tanto no sentían la 
obligación de ser consecuentes. Vivían en una casa antigua en el Prado, venida a 
menos más por descuido que por falta de dinero, y los dos trabajaban en el mismo 
banco hacía quince años. Javier les tenía afecto, eran gente bohemia, tranquila, 
pasaba mucho tiempo con ellos, más por cierto que en su propia casa donde vivía 
irritado, metido dos por tres en discusiones que después lamentaba, cansado de la 
desaprobación permanente, callada o expresa de sus padres, y sin poder soportar 
a su hermano que se unía a ellos pero de una manera cínica y agresiva. Bostezó y 
se acomodó en el catre; lo último que pensó fue que estaba extenuado y que el 
lecho del catre cedía demasiado. Lo despertaron los bruscos sacudones que le 
propinó Lalo y oyó su voz que le anunciaba que faltaban siete minutos para las 



Rafael Marías 


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dos de la madrugada. Javier, alarmado, se incorporó recriminándole a Lalo que 
no le hubiera despertado antes y lo ayudó a colocar las latas con sus respectivos 
pinceles en dos bolsas de plástico. Enseguida salieron del Comité. Afuera la tem¬ 
peratura había bajado bastante y Javier se detuvo unos segundos para subirse el 
cierre de la campera. La noche se presentaba propicia. La luna estaba tapada por 
espesos nubarrones y en la cuadra, que sabían escasamente iluminada, el muro 
que pintarían estaría en penumbras. “Todo está quieto. Deben ser casi las dos. No 
hay un alma en la calle”, dijo Lalo que llevaba su bolsa del lado de la pared y 
respiraba agitadamente. Al llegar a la esquina del Instituto vieron al primer cam¬ 
pana en su puesto en la parada de autobuses. Habían quedado en que Lalo pinta¬ 
ría la primera parte de la consigna que terminaba en “expulsiones” y Javier al 
mismo tiempo, a partir de la mitad de la pared, comenzaría con la otra que era 
tres letras más corta. Apuraron el paso y ya en la vereda frente a la fachada del 
Instituto vieron al segundo campana. La faja blanca de pared bajo las ventanas de 
las aulas del primer piso como calculaban sólo se distinguía a escasos metros de 
distancia. Según lo acordado los campanas se habían desplazado hasta el borde 
mismo de la vereda para ser mejor distinguidos y si llegaban a cruzar debían 
dejarlo todo aunque no hubieran terminado. 

-Manos a la obra -dijo Lalo con voz firme. 

Cruzaron la calle, cada cual con su bolsa. Delante de la pared se distancia¬ 
ron y empezaron a pintar las consignas con largas pinceladas. La pintura negra 
resaltaba sobre la blancura del muro. Javier iba más rápido, Lalo con su afán de 
perfección se demoraba en repasar cada letra. “Ya terminé, apúrate Picasso”, lo 
apremió Javier en voz baja cuando al levantar la vista vio que uno de los campa¬ 
nas atravesaba la calle. “Lalo, el campana está cruzando”, le gritó esta vez, “qué 
mierda estás haciendo”. “Ya termino”, le contestó Lalo que seguía pintando te¬ 
merariamente. “Te volviste loco”, le dijo Javier, y como todavía le faltaban dos 
letras, lo ayudó a terminarlas e inmediatamente patearon las latas y se pusieron a 
caminar rápidamente en dirección del comité. “Alguien viene detrás nuestro”, 
dijo Javier, y estaban atravesando la primer bocacalle cuando sintieron una voz 
enérgica que les ordenaba: “Alto ahí, alto o disparo”. Los dos muchachos se 
quedaron clavados en su sitio. Hasta aquella noche sólo en las películas habían 
escuchado semejante orden. Lalo hizo el ademán de correr pero Javier lo sujetó 
con decisión de un brazo. “Querés que te maten idiota”, le susurró sacudiéndolo 
al tiempo que alguien se acercaba desde atrás respirando reciamente. “Las manos 
contra la pared”, ordenó por segunda vez la voz y los dos obedecieron en el acto. 



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El Hermano de Pablo 


Sintieron sucesivamente cómo los pateaban para que abrieran las piernas y en 
seguida la sensación de dos manos expertas que los cacheaban minuciosamente. 
En aquella posición Javier se animó a torcer levemente la cabeza para mirar de 
reojo, viendo que el hombre era de su estatura, vestía de particular y llevaba un 
revólver en la mano. No pudo evitar pensar en la posibilidad que lo fueran a 
matar ahí mismo contra la pared en aquella noche otoñal fresca y oscura. “Otro 
joven mártir asesinado”, pensó y por un instante pudo imaginar su ataúd llevado 
en andas seguido por una multitud silenciosa. “Por lo menos después de mi muerte 
mi vida tendrá algún significado”, se dijo. 

-Ahora van a caminar bien despacio delante de mí hasta la comisaría - 
volvió a decir la voz-. Yo les digo por donde. Y nada de mirar para atrás. ¿Lo 
tienen claro? 

Se apresuraron a decirle que sí. 



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Capítulo VH 


En el calabozo había un olor inmundo que lo mantenía recostado contra la 
puerta desde que el milico la cerró tras él. No se animaba a dar un paso, había 
moscas zumbando a su alrededor, hacía frío... si al menos pudiera ver algo, pero 
la oscuridad era total y todavía cuando lo empujaron desde un patio pobremente 
iluminado no había conseguido distinguir las características del sitio donde aho¬ 
ra estaba encerrado, sólo un hueco negro que no parecía tener fondo. “Malditos 
milicos”, pensó Javier, pero su rabia se desvaneció en el acto siendo sustituida 
por un sentimiento de ridículo que lo perseguía desde el mismo momento en que 
fue detenido. Se quedó aún unos minutos más sin moverse, espantando las mos¬ 
cas que planeaban exasperadas en tomo a su cabeza, rígido, intentando consolar¬ 
se con la idea de que no estaría allí por mucho tiempo, diciéndose que al fin y al 
cabo no era para desesperarse, que debía conservar la presencia de ánimo, que lo 
más sensato era inspeccionar el lugar para tener una noción de sus dimensiones. 
Primero extendería sus brazos hacia los costados, así estaba mejor, la anchura del 
calabozo no llegaba a dos metros. Ahora caminaría hacia delante, primero un 
paso, y otro, y otro, y al cuarto su rodilla chocó contra una superficie dura que al 
tantearla resultó ser un tablón empotrado en la pared. Lo próximo era concentrar¬ 
se y no pisar la causa de aquel olor. Siguió avanzando con cuidado, los brazos 
estirados al máximo hacia delante, esperando de un momento a otro encontrar la 
pared del fondo con el extremo de sus dedos, pero antes su pie derecho resbaló, 
se hundió y él cayó hacia atrás sin tiempo de poner las manos y amortiguar el 
golpe. “Un agujero, esto es una letrina”, masculló y maldijo su estúpida decisión 
de salir de pintada con el poco ánimo que tenía. “Así, como estoy, soy un imán 
para la mala suerte”. El golpe había sido muy fuerte y lo había dejado atontado. 
Le costó unos minutos reaccionar y entonces fue retirando lentamente el pie de la 
superficie resbaladiza que rodeaba el hoyo descubriendo que le dolía mucho el 
tobillo derecho apenas lo movía. Al palpárselo sus dedos resbalaron por una sus¬ 
tancia blanda y pegajosa. “Estoy lleno de mierda”, pensó mientras el olor lo inun¬ 
daba descomponiéndolo. Se le contrajo el estómago y una arcada lo dobló por la 
mitad haciéndolo arrojar un líquido amargo; se sintió mareado y creyó que se iba 
a desmayar. Haciendo un esfuerzo se sobrepuso y trabajosamente se puso en pie, 
comprobando con alivio que pese al dolor podía apoyar el tobillo lastimado. Bus- 



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El Hermano de Pablo 


có el tablón; cuando lo encontró se tumbó a lo largo del mismo; tuvo que flexio- 
nar las rodillas porque era demasiado corto para él. “Tengo que pensar que es 
sólo por unas horas, los compañeros ya se estarán moviendo por nosotros, todo se 
va a arreglar pronto”. Era cuestión simplemente de conservar la calma, se dijo, 
debía tratar de respirar con tranquilidad... “Papá estará durmiendo hace horas, 
roncando plácidamente, pero no mamá, ella estará a su lado esperando, pregun¬ 
tándose por donde andarán sus hijitos, preocupada y ansiosa, leyendo alguna 
novelita rosa para mantenerse despierta, luchando contra un cabeceo obstinado, 
cada vez más frecuente que no tardará en convencerla que ya no puede dominar 
el sueño y la obligará a levantarse presurosa e ir a la cocina a calentar café. La 
veo tomándolo sentada, silenciosa, pensando para distraerse en la comida que 
ordenará mañana, en los quilos de más que el médico le aconsejó que rebajara, en 
su primo que se le declaró cuando tenía dieciocho años y ella lo rechazó porque 
ya le había echado el ojo al hijo de un estanciero que estudiaba para abogado. El 
pobre primo murió la semana pasada, un “tiro al aire” que se casó cuatro veces, y 
a mamá le vendrán ganas de llorar, y lo hará, y recorrerá el departamento entre 
lágrimas buscando sus pastillas para los nervios que siempre guarda en lugares 
diferentes, y cuando Pablo llegue unánimemente borracho de alguna fiesta, ella 
le recalentará el café y se lo servirá callada, reprobatoria, tenaz, y Pablo le dirá 
arrastrando las palabras sólo unas copitas de más mamá, no es para tanto, sólo me 
gusta divertirme, como a todo el mundo mami, y tomarán café que estará dulce, 
caliente, y todo será tan normal, tan trivial como siempre...” 

Las moscas lo martirizaban empecinadas en posarse sobre su cara. Se in¬ 
corporó por un instante para sacarse la campera y la usó para taparse la cabeza. 
“Pablo piensa que soy una estúpido, un santurrón, y lo más grave es que de pron¬ 
to tiene razón... lo que sí no cabe duda es que soy un tipo patético, inseguro, un 
débil... ¿qué idea se habrá hecho Claudia de mí?, ¿la del gran revolucionario 
consustanciado con la causa de los pueblos?, ¿qué haría si supiera que estoy 
aquí?, ¿vendría?, ¿me defendería con gesto impetuoso, vehemente...? Tal vez le 
ruegue señor comisario déjelo libre, mire que es un muchacho realmente fino, de 
abolengo, uno de los mejores militantes de la Juventud Comunista, además no se 
olvide que su padre es un importante hacendado, un abogado renombrado e influ¬ 
yente, en fin, señor comisario, un oligarca de la peor especie”. 

Javier tenía la capacidad de aislarse de las situaciones que le resultaban 
crueles, separándolas como si le sucedieran a otro; así lograba que sus ideas 
fueran en otras direcciones. Por eso dejando de lado el olor, las moscas y los 



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ramalazos de dolor que le llegaban del tobillo, ya se estaba adormeciendo en 
medio de palabras y pensamientos oscuros cuando llegó a sus oídos un persisten¬ 
te golpeteo. Eran series de cuatro o cinco golpes seguidos que cesaban y a los 
pocos segundos volvían a comenzar. “Vienen de la pared, están golpeando la 
pared”. Golpeó a su vez con los nudillos la fría pared y del otro lado le respondie¬ 
ron de igual forma”. “Es Lalo”, pensó, “el pobre debe estar como yo... por lo 
menos así no estamos tan solos”. Repitió aquel diálogo rudimentario varias veces 
más y reconfortado volvió a cerrar los ojos. Debían ser como las cuatro de la 
madrugada o más. “¿Cuándo vas a terminar de meterte en política?, hay otras 
formas más satisfactorias de ayudar a la gente, te lo digo por experiencia, pero no 
te gastes papá, no vés que es un bolche imbécil, un sabelotodo incapaz de acer¬ 
carse a una mina, ¿no viste los pasquines para retardados que lee?, y por favor 
señor comisario, entiéndame, soy su madre, prométame que tendrá cuidado con 
lo que le dan de comer, mire que los mariscos y el chocolate lo hacen brotar 
todito”. Javier ya no sentía los golpes esporádicos de Lalo. Se había metido len¬ 
tamente en un sueño de frases entrecortadas, donde su propia imagen parecía irse 
diluyendo hasta desaparecer en otra más atractiva, atemporal, ubicua, sin puntos 
de referencia con la que todos los días en la vigilia proyectaba hacia los demás. 
Súbitamente se encontró sentado en el comedor del apartamento y había varias 
personas hablando mientras almorzaban. De lo poco que pudo recordar después, 
cuando despertó, fue que esa gente le era completamente desconocida. Tenían 
diversas expresiones pero lo que él adivinaba en todos ellos, y por eso los obser¬ 
vaba con recelo, era una siniestra complicidad en su contra. Bruscamente una de 
las caras arrojó un vómito rojizo con restos de alimentos sobre los demás y todas 
se pusieron a gritar al unísono, a insultarse ferozmente. Javier también se sintió 
salpicado por el vómito y corrió durante lo que le parecieron horas hasta que la 
escena cambió y se encontró de repente sumergido en un espacio luminoso que 
se parecía a los valles perfectos de los posters publicitarios. Respirando a pleno 
pulmón un aire purísimo avanzó hacia un arroyo en el que reverberaba el sol a tal 
punto que lo cegaba su intenso resplandor. Fue ahí cuando vio, como si saliera 
del agua, de toda aquella luz, a una mujer bellísima que a pesar de ser muy joven 
reconoció como su madre. Estaba totalmente desnuda y lo miraba sin demostrar 
ninguna emoción, como un zombi de una película de terror, pero cuando habló, 
lo hizo con un tono imperativo y sus ojos se fijaron en él pareciéndole que su 
mirada lo recorría como un incendio. Maravillado, descubrió en él un temor y 
una ansiedad que no experimentaba desde que era un niño pequeño. Ante sí había 
alguien cuyo poder era capaz de aniquilarlo u otorgarle en forma benevolente la 



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El Hermano de Pablo 


posibilidad de existir. “Te he elegido entre todos los demás”, dijo la mujer madre, 
y repitió como si fuera algo que no debiera olvidar: “Entre todos los demás”. 

El sueño se desvaneció con el chirrido de la puerta al abrirse y un vozarrón 
prepotente lo despertó del todo y torpemente se puso en pie: “Afuera que el co¬ 
misario te quiere ver”. La luz del día se metió de lleno inundando el calabozo y 
tuvo que restregarse los ojos. Tenía frío y tiritaba. Era increíble que hubiera podi¬ 
do dormir tanto. El milico lo observaba con escaso interés pero al fijarse en sus 
zapatos volvió a hablar en el mismo tono: “Pero estás todo lleno de mierda... A 
ver seguime”. Javier obediente lo siguió, poniéndose la campera, hasta un baño 
mugriento en cuya pileta introdujo uno tras otro los pies y parte de las piernas y 
dejó que corriera el agua mientras limpiaba, luchando contra las náuseas que lo 
invadían, la mierda pegoteada de sus pantalones y zapatos, con el trapo, cepillo y 
jabón que el milico le había facilitado. Luego se lavó las manos y la cara y se 
secó con una toalla sucia que había colgada de un clavo. Apurado por el milico lo 
siguió esta vez hasta el despacho de comisario. 

Su padre estaba sentado de espaldas a él conversando con el comisario. 
Apenas lo vio, éste le hizo una señal amistosa para que se aproximara. Su padre 
se volvió y pudo ver en sus ojos una chispa de furia que lo hizo desviar la mirada 
en el acto. 

-Hola -dijo Javier con voz apenas audible. 

-A ver cabo, acérquele un asiento al muchacho -dijo el comisario con el 
rostro sonriente en el que bailaban un pequeño bigote y una gran papada. El cabo 
le acercó con desgano una silla que estaba en un rincón de la habitación y Javier 
se sentó a una distancia prudencial, a la derecha de su padre-. Así que resultaste 
ser el hijo de Pablo. Recibí unas llamadas a primera hora preguntando por la 
situación tuya y la de tu compañero, y al oír tu nombre se me ocurrió que podías 
ser el hijo de mi amigo. Me dije, ¿Javier Arana?, y recordé que alguna vez había¬ 
mos comentado con tu padre que teníamos hijos con el mismo nombre. Entonces 
me fijé en tu cédula y al ver el apellido de tu madre lo llamé enseguida. Nos 
conocemos hace mucho con tu papá, aunque él es rico y yo soy pobre. -El comi¬ 
sario lanzó una risa estentórea para festejar la ocurrencia-. Jugábamos juntos al 
fútbol cuando tu viejo estuvo practicando en Wanderers y también me ha tenido 
como cliente en más de una ocasión. 

Javier podía ver de perfil la cara perfectamente afeitada de su padre, sus 
manos entrelazadas sobre el gabán azul que descansaba doblado sobre sus rodi- 



Rafael Marías 


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lias, su mirada que iba del rostro del comisario a la punta de sus lustrosos zapatos 
negros. Vestía un fino traje gris, camisa blanca, corbata azul con delgadas rayas 
rojas. Si bien no le había dirigido la palabra desde que se sentó, por la mueca de 
desagrado que no disimulaba cuando miraba de soslayo hacia donde él estaba, 
era seguro no sólo que estaba enfadado con él, sino que había visto sus pantalo¬ 
nes y zapatos mojados y olfateado el tufo a jabón y mierda combinados que 
despedían. 

-En cierto modo es lamentable que hayas tenido que pasar por esto -prosi¬ 
guió el comisario-. Pero recién le decía a tu padre que hay que tomarlo como una 
advertencia recibida a tiempo. 

Dicho esto hubo algunos segundos de silencio y el comisario retomó la 
palabra preguntándole al doctor por el resto de la familia y de ahí la conversación 
derivó a otros temas actuando los dos como si Javier no estuviera presente. “En¬ 
tre todos los demás... No sé por qué pero no parece una frase muy alentadora. 
Más bien indica un peligro, una amenaza”. La impresión del sueño que había 
tenido en el calabozo había sido lo suficientemente fuerte para que aún lo recor¬ 
dara. De todos modos, a pesar de lo sugestivo que pudiera ser, se dijo que era 
inútil y arbitrario tratar de interpretarlo porque los sueños eran puro caos. Un 
golpe en el escritorio y una carcajada del comisario lo sacaron de sus pensamien¬ 
tos. 

-Bueno no te quito más tiempo con mis anécdotas, Pablo -dijo el comisario 
poniéndose de pie-. Espero que la próxima vez nos encontremos por un motivo 
más grato-. Y dirigiéndose a Javier en tono paternal-: Y vos chiquilín, a ver si no 
le das más problemas a tu viejo. Usá un poco la cabeza y olvidate de los bolches. 

El hombre estrechó las manos del doctor y las de Javier sucesivamente y 
los acompañó hasta la puerta del despacho. 

-Perdone -dijo Javier de improviso-. ¿Puedo saber qué va a pasar con mi 
amigo... el que está en el calabozo? 

-No te preocupes -contestó secamente el comisario cambiando su sem¬ 
blante amable-. A ese lo soltamos en cuanto vengan sus padres a buscarlo. 

El doctor había hablado lo imprescindible con el comisario y ahora estaba 
silencioso. Se había puesto el gabán y aflojado la corbata para desabrocharse el 
cuello de la camisa. Su cara tenía una expresión de disgusto y su respiración era 
ronca y entrecortada. “Está avejentando, le cuesta respirar... debe estar furioso. 



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El Hermano de Pablo 


Parece que esta vez no habrá sermones ni discursos. Sabe que así es peor.” Salie¬ 
ron de la Seccional y ya en el auto Javier incómodo y atormentado dijo algo que 
al instante se reprochó pero que lo hizo sentirse mejor. 

-Lo lamento papá, no pensé que te iban a molestar, no sabía... 

Pero el doctor no le contestó ni lo miró siquiera. Durante todo el trayecto 
permaneció en silencio lo que hizo que a Javier le pareciera eterno. “A pesar de 
las ganas que tiene de matarme maneja despacio, frena con prudencia en los 
cruces y se detiene puntualmente con las luces rojas de los semáforos.” 

Fuera del auto el tráfico era todavía escaso, lo normal para un sábado tem¬ 
prano en la mañana. Cuando llegaron al Centro tomaron por una calle paralela a 
la avenida principal, y el sonido característico de fondo hecho de motores en 
distintas marchas, traspasado de bocinas y chillidos de frenos, se hizo más denso. 
Algunos comercios estaban abriendo sus puertas, los kiosqueros ordenaban sus 
revistas y periódicos en las esquinas: el centro de la ciudad se desperezaba acele¬ 
rando a cada momento su ritmo. Javier no podía saberlo ni nunca lo sabría, pero 
mientras los coches los pasaban rasantes por la izquierda, la mente del doctor, 
dejando en suspenso su enojo, corría con devoción tras la joven desnuda que 
hundía su cabeza entre los muslos de una espléndida adolescente; y al mismo 
tiempo que dominaba el volante y miraba empecinado a través del parabrisas un 
punto indeterminado en la calle, ellas ya estaban besándose enardecidas, frota¬ 
ban sus vientres lascivas y descontroladas, pero para Javier él era solo la imagen 
de un padre disgustado con su alocado hijo que, con la mano derecha un poco 
temblona, se llevaba un cigarrillo a los labios tras cortos intervalos en los que el 
humo ascendía remolineando por la curva de cristal. Cuando estacionaron y Ja¬ 
vier abría la puerta para bajar del auto, el doctor le dijo con aspereza: “Entrá al 
bar de la esquina y pedí lo que quieras. Yo voy a tu cuarto y te traigo ropa limpia 
para cambiarte. Tu madre no durmió en toda la noche. Por suerte atendí yo cuan¬ 
do llamó el comisario y no se enteró de nada. Le dije que llamaste para avisar que 
te quedabas en lo de Lalo”, y como Javier indeciso amagó a hablar se le adelantó 
diciéndole: “Qué estás esperando, apúrate que no tengo todo el día. Ahora no es 
momento de conversar”. El doctor no se bajó enseguida, y en tanto su hijo se 
alejaba en dirección al bar, permitió que volvieran aquellas imágenes que guar¬ 
daba con tanto fervor, que para él representaban muchísimo más que la primera 
aventura de un hombre respetable y viejo. Vertiginosamente, como si estuviera 
caminando al borde de un abismo, volvió a verlas y a verse a sí mismo acechando 
a una corta distancia de la cama, esperando una señal que no llegaba, y cuando no 



Rafael Marías 


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pudo dominarse más se había acercado, arremetido, pero al tratar de separarlas 
ellas se habían resistido protestando sordamente, gimiendo, hasta que en vez de 
rechazarlo lo atrajeron, y él pudo al fin tocar, besar, penetrar, llegar conteniéndo¬ 
se al umbral de una nada irresistible, manteniéndose ahí, lo más posible, hasta 
que el tiempo y el espacio vacilaron, hasta que la desesperación que lo impulsó, 
en vilo y vivo al fin, a ese punto, tembló herida de muerte dejándolo abandonado, 
burlado y ridículo en la penumbra de la habitación, mientras las mujeres habían 
enlentecido sus caricias y él las observaba sin pasión, como entonces desde el 
auto a la silueta de Javier que desaparecía en el interior del bar, otra vez hueco, 
vencido. 




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Segunda Parte 




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Capítulo I 


Evidentemente Javier era diferente a él. Por más que entendiera que ningu¬ 
na persona tenía las mismas experiencias que otra a pesar de tener la misma 
educación, a su criterio ya eran distintos por naturaleza. No es que quisiera decir 
con esto la tontería de que el destino estuviera marcado en sus genes, pero estos 
sin duda influyeron. Para Pablo no era casualidad que todos los años su hermano 
fuera el primero de su clase y saliera en el cuadro de honor con las felicitaciones 
del Superior. Los curas lo creían poco menos que un genio y su madre afirmaría 
más tarde, en más de una ocasión, que si no lo hubieran echado a perder los 
comunistas habría llegado a ser una persona notable. Definitivamente era el or¬ 
gullo de la familia e invariablemente lo elegían para recitar en la fiesta de fin de 
curso, para llevar la bandera en los desfiles, para leer desde el púlpito el Evange¬ 
lio durante la misa de los viernes. Todos le auguraban un brillante futuro y él se 
sentía algo así como su obtuso perro guardián ya que sus padres le repetían cons¬ 
tantemente: “Cuidá a tu hermano, vos que sos el mayor”. 

Pablo no sabía exactamente lo que había pasado con Javier al terminar el 
liceo, cómo se desbarrancó de esa manera, pero sospechaba que todo empezó en 
aquellas reuniones con la gente de la parroquia. Él sabía bien de qué cosas se 
hablaban allí porque una vez lo invitaron y fue pensando que podía levantarse 
alguna minita, pero no señor, en esas reuniones sólo se trataban de temas profun¬ 
dos y las mujeres que iban allí le hacían recordar a una tía suya que no se perdía 
un velorio y siempre estaba a la expectativa de algún acontecimiento desgracia¬ 
do. Esas tipas eran parecidas, para que se interesaran por alguien por lo menos el 
sujeto debía tener algún drama existencial que comunicar o en su defecto haber 
intentado suicidarse un par de veces. En aquellos verdaderos conciliábulos se 
hablaba de los pobres y se denunciaban las injusticias sociales, se atacaba al 
gobierno y se fomentaba la intoxicante idea de que los cristianos debían compro¬ 
meterse con la sociedad tomando partido por los cambios que proponía la iz¬ 
quierda marxista. No podía ser pura casualidad que fuera justamente en tal época 
en que Javier cambió su conducta volviéndose huraño, arrogante y discutidor. 
Por ejemplo su papá, que era simpatizante del Partido Colorado (por más que 
nunca había querido militar en política), tenía la costumbre de leer el periódico 
en voz alta durante la sobremesa haciendo comentarios sobre noticias de diversa 



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El Hermano de Pablo 


índole. Estaba acostumbrado a que el resto de la familia no lo escuchara y más 
que nada lo hacía para sí mismo o tal vez imaginando un complaciente auditorio. 
Por eso fue una sorpresa que de un día para otro Javier interrumpiera atrevida¬ 
mente sus soliloquios. Cuando lo que leía su padre tenía algún parentesco, aun¬ 
que sólo fuera lejano, con cuestiones sociales o políticas el insolente emitía su 
opinión, y por más que a su papá esto no lo hubiera alarmado al principio, de 
pronto sintiéndose orgulloso de tener un hijo tan inteligente al que era preciso 
orientar, cuando las opiniones de Javier fueran empeorando tomándose más ta¬ 
jantes y agresivas no pudo menos que preocuparse. ¿Qué le estaba pasando a su 
hijito menor que ahora le daba por defender con tanto ímpetu los postulados de 
los comunistas? Primero fue con la reforma agraria en cuya defensa daba cifras y 
porcentajes proclamando inmoral el latifundio por generar pobreza y ser una 
traba para el desarrollo del campo. Después, por más que manifestaba no estar de 
acuerdo con recurrir a las armas dadas “las condiciones objetivas”, defendía a 
ultranza los fines que perseguía la guerrilla tupamara declarando que era la vio¬ 
lencia de las injusticias lo que generaba la violencia política. Al final luego de un 
breve proceso terminó como Fidel Castro y se confesó abiertamente marxista 
leninista dejando a sus padres al borde del colapso. Pero lo más triste del caso, 
pensaba él, no era el histerismo revolucionario que se había apoderado de su 
hermano, sino que también su papá fue variando gradualmente su conducta. Ini¬ 
cialmente armaba sesudos discursos contra el comunismo denunciándolo como 
un sistema totalitario donde el patrón absoluto era el Estado, donde la gente no 
tenía posibilidades de elegir ni disentir, donde al ser abolida la propiedad privada 
la iniciativa individual no existía y eso empobrecía a las personas en todos los 
aspectos quitándoles lo más preciado que era su libertad en beneficio de una 
utopía que en los hechos, por desconocer la naturaleza de los hombres, se había 
transformado en los países en que dominaba en abominales dictaduras, etc., etc. 
Pero como sus laboriosas argumentaciones Javier las interrumpía acaloradamen¬ 
te exponiendo sobre las leyes de la historia, la lucha de clases, la forma en que la 
burguesía manipulaba el poder político, enrostrándole que la libertad de la que 
tanto hablaba era una mentira burguesa, que era libertad para ser explotado, para 
pasar hambre, su papá en vez de tomárselo con calma como hubiera hecho por 
ejemplo frente a las argumentaciones de otro colega en un juicio, no, con su hijo 
se enfurecía, con su hijo vociferaba, le gritaba que era un ignorante, que no sabía 
nada de historia, que le habían lavado el cerebro, y como Javier se mantenía 
contestatario y desafiante, llegaba a perder totalmente la línea amenazándolo con 
echarlo de casa para que se fuera a vivir con sus maravillosos camaradas y en 



Rafael Marías 


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varias ocasiones estuvieron a punto de irse a las manos. 

A Pablo le costaba entender cómo su padre, un hombre lúcido, culto, un 
abogado, no se daba cuenta que ese acné mental que sufría su hermano no dura¬ 
ría, que era una fantasía que la realidad se encargaría de destruir, que con pacien¬ 
cia, sin tomarlo en serio, sin atacarlo o perseguirlo, impediría que asumiera un 
papel de víctima que haría la cura más difícil. Por eso él le tomaba el pelo cuando 
le venía a recitar con tono sabihondo algo recién aprendido en esos libros bolche¬ 
viques que devoraba como si encerraran la verdad revelada. “¿Javier, es cierto 
que Marx y Engels eran pareja? ¿Es verdad que si uno es un cerdo capitalista se 
va derecho al infierno?”, y el muy insulso ni una sonrisa. “A vos no te importará 
de nadie, pero algún día te vas a dar cuenta que tu vida es una mierda y va a ser 
tarde”, le había dicho una vez. Y él pensaba qué melodramático, qué conocedor 
del alma humana, y sobre todo qué estúpido se había vuelto su pobre hermanito. 
Más adelante, tenía que confesarlo, él también llegó a molestarse y tuvieron al¬ 
gunos enfrentamientos, pero no por sus ingenuas ideas, ni porque lo tratara con 
esa desafiante y absurda superioridad que daba pena, sino porque el clima fami¬ 
liar se había trastocado y sus padres vivían envenenados pensando que el nene 
iba a arruinarse la vida. Esto sí que lo fastidiaba, y no es que fuera o pretendiera 
ser un modelo para nadie, pero por él sus padres no tenían miedo, sabían que 
terminaría siendo razonable pese a cualquier desvío transitorio, pero en cuanto a 
Javier sentían que estaba fuera de control. 

Una vez dejaron de hablarse durante meses y todo porque pensó que su 
hermano se había ido a la estancia con sus padres y la casa estaba libre. Con el 
flaco habían llevado dos minas y estaban gozando de la buena vida todos desnu¬ 
dos en unos colchones tirados en el piso del living, tomando el whisky de su papá 
y fumando un poco de marihuana comprada por el flaco, cuando apareció. En el 
momento que descubrió su presencia, Javier estaba observándolos mortalmente 
pálido desde el umbral de la puerta con una expresión de espanto. Él se sintió 
bastante cohibido, pero prestamente se incorporó y cuando pretendió hablarle 
Javier se dio media vuelta y lo dejó con la palabra en la boca. Así como estaba, 
desnudo y bastante mareado, corrió tras él, y al alcanzarlo en el pasillo que lleva¬ 
ba a la escalera balbuceando le dijo sin segunda intención: “Che Javier, ¿qué te 
pasa?, ¿no querés fumarte uno?”. Pero a Javier al parecer no le cayó en gracia su 
invitación porque al darse vuelta lo miró con tanto odio que Pablo sorprendido, 
instintivamente retrocedió. “No tenés vergüenza borracho y fumando esa mier¬ 
da, trayendo a esas putas a casa. Sos una porquería de tipo, habría que...”, le 



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El Hermano de Pablo 


espetó Javier en plena cara. “Habría qué, tarado de mierda, a ver decime”, le gritó 
él, ya totalmente despabilado, rojo de ira. Entonces su hermano que se había 
quedado mirándolo sin pestañear, retándolo, hizo un movimiento con los labios y 
algo húmedo y tibio se estrelló contra su cara a la altura de la mejilla. Si hubiera 
podido pensar de repente sólo lo hubiera agarrado por el cuello, sacudido e insul¬ 
tado, pero en aquellas circunstancias reaccionó brutalmente derribándolo de un 
puñetazo y en el suelo le siguió pegando con fiereza, completamente encegueci¬ 
do y menos mal que llegó el flaco, que con mucha dificultad consiguió apartarlo 
de su hermano, porque no sabía adonde podría haber terminado aquello. Javier 
había quedado aturdido en el suelo, tirando manotazos al aire incorpóreo, con los 
ojos tumefactos y sangrando por la nariz. Viendo que la situación estaba fuera de 
todo cauce, con él que seguía fuera de sí, el flaco lo llevó empujándolo a un 
pequeño depósito contiguo al living procurando que se calmara. “Basta Pablo, 
qué querés, ¿asesinarlo? Mirá como le dejaste la cara, no ves que está conmocio¬ 
nado, que no se puede levantar. Ahora vamos a tener que llevarlo a un médico”, le 
dijo, y él le contestó gritando: “Llévalo vos si querés, por mí que reviente. ¿Quién 
piensa que es ese pendejo de mierda para escupirme?”. “Ya sé que tu hermano es 
de otro planeta, viejo, pero eso no quiere decir que lo puedas matar”, dijo el flaco 
palmeándole la espalda. Se sentaron en dos sillas destartaladas y estuvieron sin 
hablarse unos minutos. Cuando el flaco le pareció que los ánimos se habían apa¬ 
ciguado, le preguntó si estaba mejor, y al obtener un cabeceo confirmatorio de su 
parte le propuso volver al pasillo donde vieron que Javier intentaba incorporarse. 
El flaco lo ayudó y lo acompañó hasta el baño frente a la escalera, donde Javier le 
dijo que gracias, que estaba bien, que lo dejara sólo y se encerró con llave. Ellos 
volvieron al living adonde las mujeres que habían presenciado todo el espectácu¬ 
lo estaban vestidas y decididas a marcharse. A duras penas las convencieron para 
que se quedaran asegurándoles que todo estaba bajo control y que el muchacho al 
que Pablo le había pegado era un hermano lunático pero inofensivo que ya no 
molestaría. Mientras encendía un resto de cigarrillo apagado el flaco le manifes¬ 
tó con cara de preocupación que lo mejor sería que fuera hasta el baño para ver 
cómo estaban las cosas. Al volver le contó que había pegado el oído contra la 
puerta sin poder escuchar nada y que al preguntarle en voz alta si se encontraba 
bien no había recibido ninguna respuesta. “Siempre el mismo animal. No sabés 
contenerte. Si le pasó algo qué hacemos, ¿eh?” El flaco estaba totalmente en lo 
cierto, pensó él, pero tampoco tenía por qué tolerar que Javier lo insultara así y 
encima lo escupiera santamente indignado por una situación que a él no debería 
molestarlo porque no era asunto suyo ni lo perjudicaba al muy enfermo. En ese 



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momento oyeron abrirse la puerta de baño, unos pasos precipitados en la escalera 
que llevaba a la planta baja, y después de un breve silencio la puerta de calle se 
cerró con estrépito. “Volvamos a lo nuestro”, dijo el flaco tratando de sonar entu¬ 
siasta, pero el daño estaba hecho y aunque lo intentaron al rato reconocieron que 
ya no estaban de humor para la diversión, así que despidieron rápidamente a las 
minas y se dedicaron a vaciar lo que quedaba de la botella de whisky. Esa noche 
Javier no había regresado, pero al otro día a la hora de la cena apareció con los 
ojos hinchados y una curita sobre la ceja izquierda y con gran gallardía explicó a 
sus padres que la noche anterior una patota lo había asaltado para robarlo, y 
después de confirmar que no llevaba encima ni un peso lo habían golpeado de 
aquel modo. 

Pablo estaba seguro que una buena parte de la culpa de lo que le pasó a su 
hermano la tuvieron los curas. Tanto pecado, tanto amor al prójimo, y al final lo 
habían atontado. Los curas y su madre malcriándolo lo convirtieron en un rebel¬ 
de que no sabía lo que le convenía. Porque si uno se ponía a pensar, ¿acaso todo 
el mundo no ambicionaba lo mismo? Por más que no lo admitieran, ¿no querían 
todos a distintos niveles poseer, conquistar y dominar personas y cosas? ¿No era 
así la naturaleza humana? ¿Acaso los deseos, hasta los más complejos, no perse¬ 
guían de alguna forma un interés egoísta? Por lo tanto de qué avergonzarse, ¿por 
qué inculcar tanta virtud, tanta moral si todas las acciones eran de la misma natu¬ 
raleza? Era un error y poco práctico además montar un tremendo aparato de ideas 
sobre tanta mentira. Lo que conseguían las ideologías, los dogmas y todas las 
ideas disparatadas que pululaban por ahí era confundir a los instintos haciéndo¬ 
los incontrolables y peligrosos, y aunque de pronto éste fuera un pensamiento 
muy simple, ¿la historia del mundo no lo confirmaba con numerosos ejemplos? A 
ellos en particular les había tocado vivir un período en que muchos fueron atra¬ 
pados por la mística de la revolución comunista. Para su hermano era mucho más 
estimulante convertirse en un Mesías, en un émulo del Che Guevara, que en un 
simple abogado como su padre. Tampoco se podía descartar que se sintiera cul¬ 
pable por pertenecer a una familia acomodada de clase alta cuando tantos la pa¬ 
saban tan mal. Comprometerse políticamente en tal caso significaba para él cal¬ 
mar su conciencia, pero al mismo tiempo lo transformaba ante los demás, y tam¬ 
bién ante sí mismo, en una especie de enviado que se dignaba a descender desde 
alturas resplandecientes para terminar con las injusticias del mundo. Y como 
cualquiera a esas edades tendría deseos normales, ganas de tener una mujer, ne¬ 
cesidad de independencia, un cierto afán de aventuras; después de todo era com- 



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El Hermano de Pablo 


prensible que la vida en su casa le resultara insoportablemente aburrida al igual 
que la lejana perspectiva de una profesión universitaria que le proponían sus 
padres. Si se juntaban todos esos elementos la explicación de lo que lo había 
llevado a militar con los comunistas siendo un “señorito” era bien clara: por 
orgullo y también como una salida, como un desahogo, pero no por altruismo. 
Conociéndolo, podía decir que su posterior deserción era también comprensible: 
su hermano no era un típico creyente, era demasiado intelectual, y como sus 
contradicciones lo llevaban a pensar más que las personas comunes, se obsesio¬ 
naba hasta la neurosis cuando algo no se correspondía con sus esquemas y eso a 
la larga fue minando su voluntad de militar. Si había fracasado estrepitosamente 
en su intento de convertirse en revolucionario había sido porque la duda no era un 
defecto admisible para los que pretendían consagrarse a una causa. A Javier le 
faltaba el ingrediente sin el cual las dudas corroen las más febriles y candorosas 
creaciones del espíritu, o sea, la fe. Él creía que por eso mismo no hubiera sido 
necesario que la democracia comenzara a tambalearse para que su hermano aban¬ 
donara la militancia. Cuando los militares dieron el Golpe de Estado en el 73, ya 
hacía algún tiempo que estaba alejado de la actividad política, hasta había reini¬ 
ciado sus estudios abandonados cuando lo expulsaron del Preparatorio (con el 
consiguiente beneplácito de sus padres que daban gracias al cielo por haberlo 
rescatado de las garras del mal), y una tarde lo había sorprendido caminando por 
la calle de la mano de una preciosa rubiecita que luego, cuando la presentó, resul¬ 
tó llamarse Claudia. ¿Quién podía poner en duda ya, con tales avances, que la paz 
había vuelto de la mano del hijo pródigo?, pero la esperanza les infundió tanta 
confianza como les quitó sagacidad para entender un principio elemental: que 
ningún cambio importante en la vida se producía sin que el pasado dejara secue¬ 
las, sin que un proceso doloroso trastornara la nueva conducta adoptada. El pro¬ 
pio flaco Marcelo con mucha perspicacia se lo advirtió: “Esto no puede durar 
demasiado, acordate. No creo en los cambios radicales”. Y lamentablemente su 
pronóstico había resultado certero. Sin embargo ese período de estabilidad en la 
vida de Javier duró mucho más de lo que las palabras del flaco hacían prever: 
alrededor de tres años. 

Un tipo particular su amigo el flaco, no sería un gran pensador pero a veces 
demostraba una gran sabiduría. Pablo encontró en él a un verdadero amigo y le 
agradaba recordarlo porque siempre disfrutó de su compañía. Si tuviera que defi¬ 
nirlo diría que como el resto de las personas el flaco era muchas cosas pero ante 
todo se destacaba por su simpatía y por ser experto en relaciones públicas. En una 



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de las contadas ocasiones en que habían perdido el tiempo filosofando, su amigo 
le dijo que era inútil buscarle un sentido a las cosas, que a lo máximo que podían 
aspirar en este mundo era a gozar lo más posible, para lo cual se debía aprovechar 
al límite cada oportunidad, cada momento, ya que cuando uno se quería acordar 
la juventud se había evaporado y la parca ya andaba al acecho con su afilada 
guadaña. Para cumplir ese objetivo se necesitaba dinero y si uno podía obtenerlo 
con el menor sacrificio posible mejor. Esos eran en resumidas cuentas sus pensa¬ 
mientos, muy graves y espirituales por cierto, pero la verdad es que su amigo no 
lucía extenuado como podía esperarse de alguien que ha realizado semejante 
esfuerzo mental, pues, sin darle tiempo a que se recreara con su metafísica pasa¬ 
ba directamente a contarle sobre la última hembrita que se había levantado o de 
un famoso corredor de Fórmula Uno que había cambiado de escudería. Además 
era un verdadero libidinoso: no sólo le gustaba hacerlo sino observar mientras 
otros lo hacían. Cuando alquilaron el bulín, que era un pequeño departamento de 
un dormitorio en el Buceo, a media cuadra de la playa, con la plata que aportaba 
el viejo del flaco mensualmente, su amigo su escondía en el placard y él tenía que 
ejecutar un show completo de poses sobre la cama y establecer con la mina diᬠ
logos propios de una película pomo para divertirlo. “Sos un animal”, le decía. 
“Las matás. Si todos fueran como vos volverízimos a la época del Imperio Roma¬ 
no”. No obstante su morbosidad tenía sus límites, mejor dicho el flaco tenía sus 
límites, y esa cualidad que felizmente poseía les había evitado más de un proble¬ 
ma. Por ejemplo una vez se llevaron al bulín una tipa que se levantaron en un 
pub; estaban los tres pasados de alcohol y se habían desnudado en el diminuto 
living del departamento. El flaco había sacado de la heladera una botella de cham¬ 
pán francés y la vaciaba encima de la mina empapándola, mientras él le lamía las 
tetas diciendo que era un crimen desperdiciar esa delicia. Ella se reía a carcajadas 
y ya la estaba empujando lentamente hacia el dormitorio cuando el flaco, que en 
el pub le había susurrado que la tipa estaba “sonada” y era famosa porque le 
gustaba que los machos le movieran el esqueleto, dijo en voz alta guiñándole un 
ojo: “Yo creo que a esta nena habría que darle un escarmiento por ser tan mala”. 
Así que él, como bromeando, le siguió el juego al flaco dándole unas cachetadas 
suaves a la mina, pero después todo se había nublado en su cerebro y sólo recor¬ 
daba que le dolían las manos y ella aullaba histéricamente con la cara ensangren¬ 
tada, en tanto el flaco, delante de sus ojos, le gritaba que la estaba lastimando en 
serio. “¿No dijiste que le gustaba?”, le había dicho, pero la tipa tenía un labio 
partido y algunos moretones y estaba chillando que iba a hacer la denuncia a la 
policía. Su amigo tuvo que emplear toda su capacidad de persuasión para que 



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El Hermano de Pablo 


desistiera, pero por las dudas, antes de irse, la habían amenazado que si llegaba a 
contar algo también ellos le podían decir a sus desinformados papis lo escandalo¬ 
samente puta que era su hija. “Pensar que yo te eduqué”, le dijo el flaco riéndose 
cuando se quedaron solos. “A veces tengo remordimientos porque he ayudado a 
engendrar a un verdadero monstruo”. 

Algunos años después de conocerse su amigo le presentó a Víctor, un 
primo lejano que había vivido en Estados Unidos. Era un tipo de mundo con 
mucha pinta, un vividor que siempre se las ingenió para zafarle al laburo, pero la 
ingrata suerte le había vuelto la espalda y en ese momento hacía un año que 
estaba en el Uruguay sin posibilidad de retomo, luego de cumplir una condena en 
Los Angeles por un asunto relacionado con drogas. Aquel incidente había cam¬ 
biado radicalmente su vida y a los cuarenta y tantos años se había visto obligado 
a vivir a costa de sus padres jubilados, y por más que no lo admitiera y de conti¬ 
nuo estuviera fantaseando con proyectos millonarios (cuando en realidad mu¬ 
chas veces no tenía ni para pagarse un taxi y lo poco que conseguía era lo que 
podía sacarle a sus viejos), estaba irremediablemente venido a menos. Les conta¬ 
ba que todas las noches se embetunaba el cutis con cremas hidratantes para man¬ 
tener su piel lozana, pero su rostro maduro ya no congeniaba con su cabello 
teñido prolijamente de negro. Su única esperanza, según el flaco, era encontrar 
alguna vieja con plata o que sus ancianos progenitores abandonaran aquel ingrato 
mundo para poder vivir de las rentas de algunas propiedades que estos tenían 
alquiladas. Mientras tanto, no carente de buen gusto y cierta sofisticación, se 
contentaba con aparentar, con su prestancia y caradurismo habitual, que su carre¬ 
ra de play boy estaba intacta pese a los reveses con el Tío Sam. Para eso mentía 
constantemente, mentía sobre dinero, sobre mujeres, sobre sus relaciones con 
personas importantes, y a Pablo le parecía que él mismo había llegado a conven¬ 
cerse de sus historias y vivía en una completa irrealidad. De cualquier forma, 
pese a ser un perfecto imbécil, ellos lo soportaban porque tenía contactos que les 
eran valiosos. Se movían en un submundo (en el que era el rey indiscutible, crea¬ 
dor de fantasías y más que nada alcahuete) de bohemios, veteranos adinerados, 
maricas refinados con alguna pasta, prostitutas de cierta categoría, mujeres de 
todas clases que se acercaban atraídas por la fama de las fiestas de Víctor, además 
de oportunistas de diversa índole entre los que se encontraban. Ese ambiente 
nuevo para ellos se les hizo imprescindible porque se convirtió en una fuente 
inagotable de lo único que les importaba en aquel entonces: el sexo femenino. A 
esa altura, el flaco libre de toda presión familiar prácticamente se había mudado 



Rafael Marías 


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para el bulín, mientras que él se devanaba los sesos para justificar cada noche que 
no dormía en su casa. Lo peor era que pasaban los años, había abandonado los 
estudios en Preparatorio después de tres años en que siguió rindiendo exámenes 
de vez en cuando para hacer tiempo, no trabajaba (lo hizo en una Agencia marí¬ 
tima de un pariente de su madre pero el ímpetu le había durado un mes), y ni 
siquiera había tenido la delicadeza de simular que intentaba hacer algo de prove¬ 
cho. Él mismo parecía que se lo estaba buscando, porque no se necesitaba ser 
vidente para predecir que no estaba lejos el día en que su padre se hartara y 
tomara una decisión con respecto a su persona, pero en vez de hacer algo para 
evitarla o retrasarla, su conducta se asemejaba a la del fanático que aguarda con 
resignado fatalismo el fin del mundo, convencido no sólo que no hay escapatoria 
posible sino que si la hubiera ésta no tendría razón de ser. Por fortuna su papá no 
era muy determinado cuando se trataba de sus hijos; varias veces le había pre¬ 
guntado si le gustaba el campo para trabajar y él otras tantas le había respondido 
que prefería quedarse en Montevideo; así que pasó un tiempo más en que se 
limitó a hostigarlo de tanto en tanto con preguntas cada vez más apremiantes 
acerca de sus planes de futuro (que él se limitaba a contestar con evasivas y 
promesas de buscarse seriamente un trabajo además de milagrosos exámenes 
libres), hasta que llegó, como esperaba, la hora del ultimátum: o se encontraba a 
corto plazo algo útil para hacer en Montevideo o comenzaría Un curso en una 
escuela agraria en el Interior que lo capacitara para trabajar en la estancia. De ahí 
en adelante su viejo adoptó la postura de no dirigirle la palabra, lo que era de 
pésimo pronóstico y lo obligaba a limitar sus encuentros a los imprescindibles 
pasando la mayor parte del tiempo en la casa del flaco o en el bulín. Para rematar¬ 
la como a su papá ya no podía pedirle plata y menos el auto sin graves riesgos de 
precipitar una resolución, con veintidós años no tenía ni para el ómnibus y se veía 
obligado a vivir a costillas del flaco que, para no avergonzarlo, había optado por 
dejarle una o dos veces por semana algunos billetes en una lata que decía “gas¬ 
tos” en la cocina del bulín diciéndole que era para las emergencias y cualquiera 
de los dos podía disponer de aquel dinero. Si sería buen tipo y excelente amigo 
ese flaco. Nunca se cansaría de elogiarlo. Si tuviera que elegir una de sus virtudes 
creía que la más admirable era su hipocresía, porque siendo tan holgazán como 
él, al maldito simulador jamás lo habían asociado con su vagancia. Realmente 
disfrutaba haciéndose pasar delante de su familia por el hijo modelo que ayudaba 
a su gangsteril pero rehabilitado padre en sus intachables negocios actuales y 
vivía pendiente de los más ínfimos deseos de su madre. Su propia mamá se lo 
ponía a la altura de Nacho y Enrique que estaban haciendo Facultad de Agrono- 



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El Hermano de Pablo 


mía, y el absurdo había llegado al colmo cuando su papá un día lo llamó a su 
Estudio para pedirle muy seriamente que por favor le hablara a Pablito para que 
reaccionara, él que era su mejor amigo, y tratara de hacerle comprender las ven¬ 
tajas de seguir con sus estudios y tener una vida más productiva como la que él, 
refiriéndose al flaco, tenía (se habían reído todo un día de aquello). Por si estas 
virtudes fueran pocas su amigo además era un especialista en mediar en cuanta 
discusión se presentara a su alrededor (y naturalmente en las que en una época 
menudearon en su casa), sin tomar partido por nadie pero dejando la impresión a 
cada una de las partes que estaba de su lado, con el resultado de que a todo el 

r 

mundo le caía bien. El pensaba que si bien el flaco gozaba con la comedia que 
representaba, dado que poseía un agudo sentido del humor y le gustaba divertirse 
a costa de la tontería ajena, en el fondo no es que fuera un farsante simplemente, 
sino que a veces había tenido la impresión de que realmente no pretendía otra 
cosa de la gente que una relación placentera y superficial, donde siempre fuera 
bienvenido y aceptado, y esa era la verdadera razón para que no se comprometie¬ 
ra con ninguna opinión. El único altercado serio que recordaba haber tenido con 
él, después de la pelea en el salón de clases, se produjo durante una fiesta en el 
departamento de un marica amigo de Víctor. Al anfitrión todo el mundo lo cono¬ 
cía como Luisito y era un decorador de renombre de unos cincuenta años, con 
una abultada cuenta bancaria y un impulso sexual hipertrofiado y orientado deci¬ 
didamente hacia su propio sexo. Víctor ya se los había presentado en otra ocasión 
y esa noche les había dicho que Luisito tenía un regalo especial para ellos. “Siempre 
usa la misma táctica”, le dijo Víctor. “Primero les presenta unas minas para hacer 
amistad y después trata de que ustedes le devuelvan el favor”. “Todo depende de 
los que nos presente”, dijo el flaco muy grave, dándole un codazo. “Sí, claro”, 
corroboró él recordando que el flaco le había contado que una vez mamado su 
primo dejó que Luisito se la chupara. “Un favor no se le niega a nadie, pero vos 
ya sabés de eso, ¿no Víctor?”. Éste con su carpeta habitual absorbió el golpe y se 
limitó a decirles que fueran que iba a valer la pena porque el puto en esas cuestio¬ 
nes no defraudaba a nadie. Así que fueron, y esa noche cuando Luisito les abrió, 
vestido elegantemente con una camisa de seda verde limón, zapatos y pantalones 
negros, luego de abrazarlos y besarlos efusivamente, les dijo susurrándoles al 
oído que tenía algo selecto para ellos, dos auténticas “mantequitas”, y arqueando 
las cejas pareció que iba a decir más pero se limitó a lanzar una risita y pedirles 
que entraran. Los acompañó a un cuarto donde dejaron sus abrigos y momentos 
más tarde cuando les presentó a las dos minas tuvieron que admitir que no les 
había mentido. Una de ellas, la que se llamaba Susana, tendría dos o tres años 



Rafael Marías 


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menos que treinta, era alta, con el cabello rubio y corto, atlética, y llevaba un 
vestido rosa pálido que le llegaba unos milímetros por debajo de la bombacha. 
Era la que hablaba por las dos, con una aplomada fluidez que en primera instan¬ 
cia no levantó sus sospechas, por más que le pareció poco espontánea no ocu- 
rriéndosele como después la palabra “profesional” que lo hubiera aclarado todo. 
La otra, Laura, parecía no tener más de diecisiete años, aunque había declarado 
veinte; su pelo castaño le caía un poco más abajo de los hombros y tenía la tez 
pálida y un rostro extremadamente hermoso; llevaba un vestido tan corto como el 
de su amiga pero blanco y permanecía sin saber qué decir con una media sonrisa 
entre desconfiada y temerosa. Más que tímida parecía idiota, había pensado él. 
Luego de las presentaciones se sentaron todos en un enorme sofá color turqueza 
y una moza de uniforme rojo y negro, joven y atractiva, les trajo bebidas. Al poco 
tiempo el flaco se reía a carcajadas con la mayor, que ya iba por su segundo 
whisky, y él había conseguido iniciar una conversación con su amiguita a la que 
al principio tuvo que sacarle las palabras casi a la fuerza, pero después cuando se 
fue soltando, con un vocabulario limitado y una pronunciación tosca, llegó a 
relatarle los pormenores de la angustiosa huida de su hogar, que compartía con 
una madre y un padrastro borrachos, y de lo buena que había sido su amiga Susa¬ 
na dándole casa y comida (además de un medio para ganarse la vida según se 
enteró más adelante). A todo esto Luisito se meneaba incansablemente atendien¬ 
do a sus invitados, ligero, relajado y locuaz, y de a ratos los visitaba para asegu¬ 
rarse que estuvieran confortables y bien servidos. “Ah pillines, ya veo que han 
encontrado a sus medias naranjas... no, no, no se preocupen por mí, sigan, si¬ 
gan...”, les dijo en la última de sus visitas y echando los hombros hacia atrás 
lanzó una carcajada teatral mientras se alejaba para seguir charloteando con el 
resto de la gente. 

El departamento donde estaban ocupaba todo un octavo piso y era tan grande 
y caro como el de su familia, pero en vez del decorado antiguo de su casa, allí el 
estilo era ultramoderno. De las paredes blancas inmaculadas del inmenso living 
colgaban cuadros abstractos de llamativos colores, y la luz provenía de lámparas 
de pie y algunos globos de vidrio transparente distribuidos sabiamente para crear 
espacios más íntimos en el vasto ambiente. El piso estaba enteramente cubierto 
por una gigantesca alfombra azul y en una esquina había un pequeño bar con una 
estantería repleta de botellas, vasos y copas donde las dos mozas que servían iban 
a buscar bebidas. A medida que pasaban los minutos la atmósfera pulcra del apar¬ 
tamento se enrarecía con el aliento y el humo de los cigarrillos. Se oían risas, 



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El Hermano de Pablo 


trozos de conversaciones, resaltando del murmullo de voces que nacía de varios 
grupos de invitados dispersos por la sala. Como el alcohol ya empezaba a ejercer 
su influjo benéfico, todos se mostraban muy relajados y sociables. A su lado el 
flaco, que nunca perdía el tiempo cuando se trataba de mujeres, ya estaba mano¬ 
seando a la tal Susana, pero él con la tontita, a pesar de haber empleado todos sus 
trucos no había conseguido avances significativos. Cada vez que le ponía una 
mano encima o le pasaba el brazo por los hombros se acurrucaba todita y buscaba 
con la mirada a su amiga que, muy entretenida con el flaco, parecía no interesarse 
en lo que ella hacía. En ese momento recordó que tuvo la impresión de que el 
marica había puesto una cara misteriosa cuando había dicho que eran algo espe¬ 
cial y se preguntó si no estarían en presencia de una dulce parejita de tortilleras. 
De todas formas, sin importar lo que fueran, él ya se había encaprichado y no iba 
a darse por vencido así nomás, así que se limitó a esperar, tratando que ella si¬ 
guiera hablando al mismo tiempo que se aseguraba que vaciara cada vaso de 
whisky que él solícitamente se preocupaba en servirle. Por fin fue notando en ella 
una ligera languidez, una sonrisa más fácil, una gozosa modorra, señales todas 
que indicaban que podía volver al ataque. Así que al abordarla nuevamente no 
tuvo problemas para acariciarla y besarla a capricho. Fue entonces cuando se dio 
cuenta que la amiguita que hasta ese instante los había ignorado, desviaba per¬ 
manentemente la mirada hacia donde estaban ellos y ya no se reía con las gansa¬ 
das que decía el flaco. Alguien estaba derrumbando las honestas barreras de su 
hembrita y la disfrutaba fuera del horario de trabajo lo que no le gustaba nada a la 
grandísima puta que estaba a punto de reventar de celos. No pudiéndose conte¬ 
ner, se levantó del sofá con la excusa de ir al baño y al pasar frente a él se detuvo, 
y haciendo un esfuerzo para conservar el equilibrio, le dijo articulando con suma 
dificultad: “Así que vos sos el hijo del doctor Arana, qué causalidad, ¿no? Hace 
tiempo que no nos visita tu papito... Antes venía todas las semanas a jugar con 
nosotras. No sabés lo vicioso que es y cómo le gusta bajar al pozo al viejito”. Y 
para que todo el mundo la oyera: “Si quieren les hacemos precio especial porque 
sos el hijo de un cliente, pero nada de usar la mercadería antes de pagarla”. Esta¬ 
ba borracha, es cierto, pero eso no la disculpaba. Él también había tomado mucho 
y desde el momento que ella había parado de hablar tenía problemas para acor¬ 
darse de todos sus movimientos sino a grandes rasgos. Si el whisky todavía no 
había terminado con la lucidez, después de escucharla había desaparecido la poca 
que le quedaba. Por eso aún le extrañaba verse arrastrando de los pelos a la mari¬ 
macho sobre alfombra del marica, gritándole maldita puta, qué te pensás que sos, 
maldita puta, delante de un concurrido auditorio que no podían dar crédito a sus 



Rafael Marías 


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ojos, mientras la bobita los miraba aterrada, toda encogida en el sofá y se oían los 
aullidos de Luisito pidiendo que alguien interviniera y otra voz de mujer recla¬ 
mando que llamaran a la policía. Finalmente el flaco entró en escena procurando 
sujetarlo por detrás, pero en el forcejeo su amigo tropezó con una mesita y en su 
caída empujó uno de los globos de luz que se hizo añicos frente a la desolación 
del dueño de casa. Sólo entonces aunque de mala gana la soltó, y tambaleándose 
enfiló hacia la puerta principal seguido de cerca por el flaco que rengueaba de 
una pierna y le gritaba que esperara. Ya estaba afuera del departamento, a punto 
de subirse al ascensor, pero cuando escuchó que el flaco decía: “¿Te volviste 
loco, Pablo?, ¿querés terminar preso?, ¿qué te importa lo que haga tu viejo por 
ahí?”, se dio media vuelta y tomándolo de la camisa lo levantó del suelo y lo 
aplastó contra la pared del descanso mientras le mostraba los dientes como una 
fiera. “No te atrevas a nombrar a mi padre, imbécil. Si a vos no te importa del 
tuyo a mí sí”, le gritó, y enseguida lo soltó y se metió en el ascensor. Momentos 
más tarde salía al frío invernal en mangas de camisa sin importarle haber dejado 
la campera en el departamento del marica. Estaba tan ofuscado que no sentía el 
cambio de temperatura, las palabras vulgares, insultantes de la mujer, con el in¬ 
merecido desprecio que contenían, aún taladraban sus oídos y no lo dejaban pen¬ 
sar. No conseguía entender cómo su padre podía estar mezclado con aquella ba¬ 
sura, no podía imaginárselo haciendo el ridículo con aquellas mierdas. Con gusto 
hubiera matado a la puta, borrado definitivamente ese gesto de burla que tanto le 
había dolido. ¿Quién se creería que era esa tortillera con cerebro de mosquito 
para reírse de un hombre mil veces superior a ella? Recién después de caminar un 
largo rato se sintió más despejado y consiguió calmarse. Todavía mareado por el 
alcohol volvió a su casa muerto de frío, y, apenas entró en su cuarto, se tiró en la 
cama sin desvestirse y se quedó dormido. Al otro día lo primero que hizo al 
levantarse, antes incluso de ir a mirarse las huellas de la resaca en el espejo del 
baño, fue llamar a su amigo para excusarse y agradecerle haber evitado un desas¬ 
tre. Este le contestó que no tenía que disculparse con él, que lo único que había 
intentado era que no se perjudicara por una asquerosa puta. Aquella noche se 
encontraron en el bulín y fue cuando el flaco le comentó, entre otras cosas, que 
sus padres pensaban ir a España, donde tenían familiares, en mayo del año próxi¬ 
mo, y él también iría. De lo acontecido en la fiesta de Luisito no volvieron a 
hablar y durante un tiempo todo siguió como siempre. Meses después de aquel 
episodio, una mañana de ese fatídico 1976, poco antes de los tristes sucesos que 
se desencadenaron en abril de ese mismo año y enlutaron a su familia, todavía 
estaba en la cama cuando su padre irrumpió en su cuarto para anunciarle, rom- 



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El Hermano de Pablo 


piendo su largo mutismo, que se hiciera a la idea ya que el próximo mes (estaban 
a fines de verano) comenzaría los cursos en una escuela agraria del norte de la 
República. Simplemente le dijo que su paciencia había llegado al límite y lo 
hacía por su bien, que a pesar de que no era partidario de negarle a sus hijos la 
libertad de elegir, como él con la edad que tenía no aportaba ninguna iniciativa, 
permitir que siguiera de vago indefinidamente hubiera sido imperdonable. Pablo 
que ya se lo esperaba aceptó con resignación la determinación de su padre y se 
dispuso a obedecer. Hubiera sido absurdo rebelarse y ni por un momento lo con¬ 
sideró. Durante años había hecho una vida que disfrutó pero sabía que tendría su 
fin porque no conducía a nada. A su padre le asistía toda la razón: se había con¬ 
vertido en un verdadero vago y no estaba en posición de protestar. Además desde 
que tenía memoria sabía, no obstante la declaración de su padre acerca de la 
libertad de elección, que era él y no Javier el que estaba destinado a ocuparse de 
las cosas del campo. Y a veces se preguntaba si ese destino, que no era otra cosa 
que la expresión del deseo de sus padres, no había marcado a fuego sus respecti¬ 
vas personalidades. Desde un principio, sin necesidad de ser planeado o discuti¬ 
do, sino como algo conocido desde siempre, parecía decidido que él iría al cam¬ 
po, a criar hijos y hacer prosperar la hacienda, mientras que a Javier, la lumbrera 
de la familia, le había tocado el papel más difícil: debía convertirse en un profe¬ 
sional prestigioso, querido por todos, en un hombre ejemplar a imagen y seme¬ 
janza de su padre. Su hermano, por una u otra razón, no estuvo dispuesto a repre¬ 
sentar su parte, y por esa deserción tuvo que pagar un precio inusitado, un precio 
que nunca hubiera imaginado. 



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Capítulo n 


-Justo hoy te tenés que ir -protestó Javier. 

Claudia se volvió y alargó los labios dibujando una sonrisa conciliadora. 

-Lo prometí -dijo incorporándose en la cama. 

-¿Pero no te das cuenta del peligro que corrés? -dijo Javier alzando la voz. 

-Les dije que iría -replicó Claudia decidida, levantándose. Se puso de pie, 
se agachó sobre su cartera tirada al costado de la cama, y le dio la espalda, desnu¬ 
da frente al espejo colgado en la pared. Comenzó a peinarse con movimientos 
rítmicos e inclinaba la cabeza hacia un lado u otro según los vaivenes del cepillo 
que se demoraba en su cabello rubio y lacio. Sus pies estaban apenas separados y 
sus tobillos eran delgados y hacían resaltar sus gráciles talones. Desde allí el 
armonioso contorno de su figura se elevaba hacia las piernas, quebrándose hacia 
adentro en las rodillas para luego ensancharse voluptuosamente en los muslos y 
la firmeza más blanca de las nalgas. Al moverse mostraba por momentos sus 
pequeños senos firmes con los rosados pezones apuntando graciosamente hacia 
arriba. ¡Era tan bella! Podía quedarse una eternidad mirándola. Sintió otra vez la 
desazón y la rabia porque se estaba yendo justo cuando todo era perfecto. Claudia 
abandonó su imagen y con movimientos rápidos y enérgicos se vistió y con una 
sonrisa insinuada, creada para consolarlo, se acercó al borde de la cama para 
besarlo. 

-¿No estarás enojado, Javier?, ¿no? -dijo frunciendo la nariz. 

Javier hizo una mueca de disgusto y se dio por vencido; la besó y ella se 
fue agitando su mano hasta la puerta cerrándola sin ruido. Desde que se acosta¬ 
ban juntos, hacía algunos meses, aquel hotel se había constituido en el refugio de 
los viernes. Esas noches eran casi sagradas; allí se sumergían en un ambiente 
íntimo, lujurioso y la habitación se convertía en un santuario que los preservaba 
de las inclemencias e incertidumbres del mundo. Por eso le daba rabia. “Ella me 
tiene perdido y lo sabe... Pero supongo que ella también me quiere y esto la hace 
feliz... ¡Pobrecito Javier!” Se levantó de un salto de la cama. El calor era as¬ 
fixiante y el aire estancado en la habitación resultaba irrespirable. Encendió un 
cigarrillo y se asomó a la ventana desde la cual, encima de los muros que rodea- 



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El Hermano de Pablo 


ban un patio con dos claraboyas, se veía un trozo del cielo encapotado. Su rostro 
se humedeció por las primeras gotas que empezaban a caer. La mayoría de las 
ventanas que daban al patio tenían levantadas las persianas, las luces apagadas y 
se oían murmullos esporádicos de conversaciones, toses, risas y elásticos de ca¬ 
mas vencidos por efusivas parejas. A Javier le resultaba insoportable la idea de 
quedarse encerrado en el cuarto esperando a Claudia, así que dejó la ventana, se 
vistió y descendió a la planta baja en un vetusto ascensor que vibraba peligrosa¬ 
mente. En el vestíbulo paso frente al encargado que roncaba sentado en la recep¬ 
ción con la cabeza inclinada sobre el pecho, y al salir a la vereda desierta de 
transeúntes, quedó inmerso en la neblina violácea que resplandecía alrededor del 
anuncio luminoso del hotel. Pegado a la fachada de los edificios, envuelto por 
una fina llovizna ondulada por suaves ráfagas de viento, avanzó lentamente con 
el propósito de dar un breve paseo. No lo molestaba mojarse un poco, además le 
gustaban los días lluviosos. Algunos de sus poemas preferidos tenían a la lluvia 
como tema. ¿Cómo empezaba aquel de García Lorca?... ah, sí, “la lluvia tiene un 
vago secreto de ternura...”, recitó en voz alta. Lo interrumpió la estruendosa bo¬ 
cina de un ómnibus y casi tropezó con un bichicome que arrastraba una misterio¬ 
sa bolsa de arpillera. Siguió adelante e involuntariamente vino a su mente una 
noche parecida a aquella pero en la estancia. Era extraño porque habían pasado 
varios años: estaban en el campo cazando y su padre sostenía un farol en sus 
manos mientras él apuntaba con el rifle a una liebre encandilada a pocos metros 
de distancia. Estaba totalmente paralizada y enseguida de apretar el gatillo el 
impacto de la bala la hizo saltar y caer fulminada en su sitio. Su padre lo había 
felicitado con unas palmadas en la espalda y le prometió que le regalaría un rifle 
para su cumpleaños. Ahí terminaba el recuerdo y Javier se preguntaba cuál era su 
importancia para que lo hubiera retenido y justamente apareciera en esos mo¬ 
mentos. Alguien señalaría que la alegría por el reconocimiento de su padre domi¬ 
naba la escena y la determinaba, pero si lo meditaba bien la frialdad para disparar 
sin importarle en absoluto la suerte del animal y la satisfacción que sintió des¬ 
pués, al verlo caer muerto gracias a su puntería se destacaban primero, antes que 
la felicitación de su papá. Y eran sentimientos como éstos, tan sólidos e incues¬ 
tionables en su estructura, los que más de una vez le habían dado que pensar, no 
obstante suscitarle cierto grado de mala conciencia. Cómo no preguntarse cuál 
sería su vida si pudiera recuperar algo de esa pureza, o si tuviera otro sentido 
ético, o simplemente si no lo tuviera. Era un tema fascinante y las posibilidades 
eran atrayentes, sobre todo porque muy a menudo su conciencia se comportaba 
como un fiscal incómodo e implacable haciéndole perder tiempo y energías en 



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inútiles justificaciones. De todas formas se daba cuenta que todo era muy incierto 
y peligroso en aquella esfera. ¿Acaso la vida no enseñaba que era un error creerse 
omnipotente, que el que lo intentaba debía pagar un precio muy elevado? ¿O eran 
miedos irreales, inculcados...? Durante su niñez y parte de su adolescencia había 
llegado a envidiar a su hermano Pablo, había deseado ser como él, pensado que 
no le vendría mal tener por lo menos un poco de su fuerza, de su seguridad para 
encarar el mundo. Era verdad que durante mucho tiempo lo había odiado por 
ridiculizarlo y no respetar las ideas en tomo a las cuales había logrado afirmar su 
personalidad, pero últimamente no podía dejar de sentirse como un tonto, no por 
haberse independizado de su influencia, lo que consideraba natural y positivo, 
sino por haberlo juzgado poco menos que un demonio desde un estrechísima 
moral que lo avergonzaba. Ahora sin esas ideas de las que tanto se había jactado, 
su pretendida superioridad ética había desaparecido y sólo quedaban preguntas y 
más preguntas y un largo camino que recorrer. 

La calle en subida por donde transitaba desembocó de golpe en una plaza 
cuadrangular rodeada de edificios desiguales. Uno de ellos, la casa de gobierno, 
estaba fuertemente custodiado por soldados de a pie y en jeeps apostados en las 
calles adyacentes. En una esquina había una librería y un bar abiertos, y en el 
centro de la plaza, intensamente iluminado, se elevaba el monumento del procer 
a cabello, humedecido y brillante bajo la fuerte luz. La lluvia era una densa cor¬ 
tina de gotas lentas que parecían suspendidas en el aire creando en la plaza una 
atmósfera de alarmante inmovilidad. “Claudia ya habrá llegado a la reunión. Es¬ 
tamos cerca de fin de año así que ella hará la evaluación final del funcionamiento 
de su Círculo en el Preparatorio nocturno con lucidez y precisión... tantas volan- 
teadas, equis cantidad de pintadas, ¿cuatro? nuevos afiliados, un comportamien¬ 
to ejemplar durante la huelga general posterior al Golpe de Estado, la prepara¬ 
ción de una jomada para el próximo domingo donde se leería y discutiría el últi¬ 
mo informe del Comité Ejecutivo del Partido desde la clandestinidad. Y claro, 
vendrán otros informes, otras intervenciones, todo muy ordenado, sí, muy cientí¬ 
fico, pero ya a esa altura es imposible que alguno de los camaradas presentes no 
haya tenido tiempo de sobra para deleitarse con sus bien delineadas piernas y 
cuando se levante la reunión y todos se preparen para irse, probablemente uno de 
ellos, el más decidido, seguramente alguno de esos arrogantes dirigentes estu¬ 
diantiles, haciéndose el distraído se le acercará para conversar sobre lo tratado, la 
halagará alabando el contenido de su informe y luego, con la naturalidad propia 
de los grandes líderes, le preguntará si va muy lejos y se ofrecerá amablemente a 



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acompañarla dado lo avanzado de la hora. Casi con seguridad, ella al principio le 
dirá que no... que no es necesario, que igual iba a tomarse un taxi, pero como él 
insistirá bromeando, poniéndola al tanto de los peligros que corren las mujeres 
que se aventuran a andar solas de noche, diciéndole que si algo le llegara a suce¬ 
der se sentirían culpable toda la vida, ella se reirá y para no desairarlo ni quedar 
como una pequeñoburguesa tonta la dirá que sí, que bueno y entonces el camara¬ 
da, todavía con la mente puesta en sus hermosas piernas, la llevará por el camino 
más largo hasta la parada de taxis, gentil y verborrágico, comentando los progre¬ 
sos de la lucha clandestina y la intrínseca debilidad del gobierno militar que no 
tardará en caer. Tal vez mientras él le habla, ella lo mire sonriente con la misma 
dulzura que tiene para mí, emocionada por esas convicciones que ya no soy ca¬ 
paz de ofrecerle; tal vez se le erice la piel cuando por casualidad él con sus manos 
roce las suyas al encenderle un cigarrillo... tal vez en vez de retirarlas...” Estaba 
cruzando frente al monumento en dirección a la librería pensando que esas elucu¬ 
braciones no eran propias de personas saludables, cuando una camioneta de la 
policía, de esas que llamaban “camellos”, surgió de una de las bocacalles y em¬ 
pezó a rodear la plaza. “Si están de razzia no me salvo. Además dejé los docu¬ 
mentos en el hotel”. Lentamente dio media vuelta y volvió sobre sus pasos tra¬ 
tando de dominarse y caminar con naturalidad. Bajó por la misma calle por la que 
había subido momentos antes sin animarse a mirar atrás por miedo a parecer 
sospechoso, rogando que el camello no hubiese girado en la esquina tras él y 
esperando oír en cualquier instante la voz cascada del altavoz ordenándole que se 
detuviera. Providencialmente la llovizna cedió paso a un fuerte chaparrón y al 
ver que se estaba empapando y eso le daba un buen motivo apuró el paso, dejan¬ 
do ya toda precaución, y recorrió a la carrera las tres cuadras que lo separaban del 
hotel sin detenerse a comprobar si lo seguían. Con un hondo suspiro de alivio 
entró en el vestíbulo chorreando agua y pasó otra vez delante del encargado que 
continuaba roncando en la misma posición. Entró al ascensor que dio un brusco 
salto y lo llevó en cámara lenta al segundo piso. Ya en la habitación se desnudó y 
se metió entre las sábanas impregnadas con el perfume de Claudia. Más sereno 
encendió un cigarrillo y volvió a ver y a sentir el cuerpo tibio de la muchacha 
resbalándole mansamente entre las manos; su boca entreabierta se conmovía con 
los ímpetus del aire que respiraba anhelosamente, y sus ojos estaban cerrados, 
como si el placer la hubiera abismado en un mundo subterráneo y secreto. Recor¬ 
dándola desnuda, peinándose frente al óvalo del espejo, lejana y totalmente indi¬ 
ferente al impacto que provocaba su abrumadora sensualidad, inmersa en una 
indescifrable intimidad que la ambigua relación con su reflejo reforzaba, Javier 



Rafael Marías 


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pensó que seguramente la vida, cualquiera fuera el destino que tuviera reservado 
para él, difícilmente sería capaz de ofrecerle momentos tal llenos de profunda 
belleza, tan reveladores y definitivos, como los que había experimentado en una 
vieja habitación de hotel aquellas noches en que hasta la propia felicidad parecía 
al alcance de la mano. 




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Capítulo 111 


-¿Por qué no me lo preguntaste antes de decírselo? -dijo Rita- ¿Te creés 
que soy una desgraciada que necesita que le consignan con quién salir? ¿Quién te 
pensás que sos para hacer algo así sin consultarme?- Caminaba de un extremo a 
otro del cuarto que compartía con Claudia, se retorcía los dedos, movía rápidamen¬ 
te la cabeza afirmando y negando, miraba a su hermana furiosa y le repetía-: Sos 
una atrevida, eso, eso es lo que sos. 

-Pensé que si mamá y Cosme se iban a la casa de unos amigos te ibas a 
quedar sola... No quise ofenderte -dijo Claudia para serenarla. Estaba sentada en 
la cama, con la espalda apoyada contra la pared. Mientras hablaba observaba el 
rostro de Rita congestionado por la ira.- Es solamente salir a dar una vuelta y 
distraerse. No creo que eso tenga nada de malo, ¿no? Pero no hay problema si no 
querés llamo a Javier para que le diga a Pablo que no podés y a otra cosa. 

Claudia había hablado con Javier el día anterior. “Ya sabés que no somos 
muy compañeros con Pablo, pero si insistís tanto le digo, te advierto que no sé si 
querrá. Además no se toma nada en serio... está en otro ambiente... no sé si es una 
buena idea”, había dicho él. “Es únicamente para que salga y se divierta un poco. 
Desde hace tiempo, prácticamente desde que rompió con Ricardo, cuando no 
trabaja se pasa encerrada en casa. Últimamente le ha dado como una manía por la 
limpieza... nunca el apartamento estuvo tan limpio como ahora. Estuve pensando 
y ya que tu hermano no tiene novia y parece agradable... Además no se me ocurrió 
nadie más, todos los camaradas que conozco tienen pareja”, había argumentado ella. 

Rita dejó de pasearse por el cuarto. Se detuvo en el estrecho espacio que 
había entre las dos camas y se sentó frente a su hermana. El otro mueble que 
había en la pequeña habitación era un armario de pino con dos puertas y dos 
largos cajones. Una ventana dejaba vislumbrar entre sus cortinas amarillas parte 
de un edificio vecino. Por encima de la cabeza de Claudia había un reloj cucú 
colgado en la pared y Rita pudo ver que faltaban diez minutos para las dos de la 
tarde. 

¿Qué piensa él? ¿Qué le dijo a Javier? -preguntó Rita que de pronto se 
olvidó de su enojo y se mostraba interesada. 



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El Hermano de Pablo 


-No piensa nada, sólo dijo que sí, que no había problema. Es lo único que 
sé. Javier me lo acaba de decir por teléfono -contestó Claudia y estornudó dos 
veces seguidas. Tenía los ojos irritados y la punta de la nariz enrojecida y húme¬ 
da; con el pañuelo que tenía en la mano se la secó. 

-No lo tendrías que haber hecho... -dijo Rita moviendo la cabeza con resig¬ 
nación.- Ni siquiera lo he visto una vez, ¿y si es un pesado? Además debe estar 
acostumbrado a las pituquitas, ya sabés como son esa clase de tipos... no lo digo 
por Javier, no me interpretes mal... 

-A mí no me desagrada. En realidad no lo conozco bien. Javier no me ha 
contado mucho de él. Es muy simpático, pero claro, eso no quiere decir nada - 
dijo Claudia, distraída, pensando que la última frase que se le había escapado a su 
hermana seguramente reflejaba su verdadera opinión sobre Javier.- Es muy buen 
mozo, un poco más bajo que Javier, pero más ancho de espaldas, rubio, con los 
ojos verdes como su padre... muy buen mozo de verdad -recalcó Claudia con toda 
intención-. Y gracioso -añadió-. Siempre está haciendo bromas. 

Rita ya no se esforzaba por disimular su interés. La atraía la idea de cono¬ 
cer a alguien como el hermano de Javier, por lo menos significaba salir de la 
rutina en la que vivía y de paso recuperarse del mal momento que Ricardo le hizo 
pasar días atrás. Además era una manera de relajarse ya que en su casa estaban 
todos muy nerviosos, y no era para menos. La semana pasada dos “tiras” habían 
detenido a Cosme a la salida de la obra en que trabajaba, lo encapucharon, lo 
metieron en un auto y lo llevaron hasta un lugar donde lo estuvieron interrogando 
dos días. Lo habían golpeado, picaneado, casi asfixiado haciéndole el “submari¬ 
no”, pero él se mantuvo firme, sin delatar a nadie, y cuando ya se había conven¬ 
cido que lo seguirían torturando hasta matarlo, volvieron a meterlo en un auto y 
lo arrojaron en una calle del Centro. Su madre, como era natural, estaba conmo¬ 
cionada y muy preocupada. Temía que cualquiera de ellas tres pudiera convertir¬ 
se en la próxima víctima. Rompía los ojos que la dictadura se había consolidado 
y la represión, pese a las promesas de elecciones nacionales para el año entrante, 
se hacía cada vez más dura. A todo esto, Ricardo, al que por desgracia había 
vuelto a ver después de varias semanas y que al igual que su madre y Claudia 
seguía militando clandestinamente -lo que Rita juzgaba una locura-, parecía estar 
en su ambiente bajo aquella atmósfera de miedo y acechanzas que se había apo¬ 
derado del país. Hacía casi dos años que ella había puesto fin a su relación con él, 
si podía llamarse así a lo que tuvieron, pero Ricardo no perdía las esperanzas. De 
tanto en tanto iba a visitarla en plan de amistad, aunque invariablemente sacaba 



Rafael Marías 


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el mismo tema, insistente: que lo intentaran de nuevo, que no fuera caprichosa, 
¿acaso tenía otro?. Y ella otra vez obligada a repetir las mismas palabras, casi los 
mismos gestos: que no eran afines, que lo de ellos nunca fue en serio, que en el 
tiempo que estuvieron juntos se habían peleado y dejado durante semanas, me¬ 
ses, tantas veces, que no se podía decir que hubieran sido una verdadera pareja, 
que lo mejor sería que quedaran como amigos. La semana pasada, con la excusa 
de ver a Cosme, que estaba muy golpeado y debía hacer reposo en cama por 
orden del doctor, Ricardo acudió a su casa todos los días y ella ya se lo veía venir, 
aunque jamás de la forma que ocurrió. De todos modos estaba verdaderamente 
raro, no sabía si porque realmente lo emocionaba la coyuntura política, o se esta¬ 
ba aprovechando de la misma para interesarla. Lo cierto es que se comportaba 
con inusual reserva, ponía caras misteriosas, le hablaba a medias como si no le 
estuviera permitido decir en qué asuntos estaba involucrado, dejaba en suspenso 
frases dando la impresión que estuviera colaborando en un plan ultrasecreto de 
aplicación inmediata. Al pensar en Ricardo, por unos instantes revivió la ver¬ 
güenza, la frustración, la bronca que había sentido por su culpa dos días atrás. 
Fue el jueves por la tarde, recién había vuelto de trabajar. Cosme ya estaba mejor 
y había salido; estaba sola en el departamento. Casualmente Ricardo había llega¬ 
do, preguntado por su tío y después de un rato de charla sentados frente a la mesa 
del living, inesperadamente la tomó de las manos e intentó besarla. “Ricardo, por 
favor, no, no quiero, estás loco, te digo que no, solíame, soltame”, le dijo incor¬ 
porándose de la silla y retrocediendo, pero él estaba descontrolado, parecía fuera 
de sí, le decía con lágrimas en los ojos y una decisión que no le había visto antes, 
que no se merecía que lo tratara así, que él la quería y no era justo que lo estuviera 
rehuyendo, que no soportaba estar separado de ella. Para Rita siempre sería un 
misterio por qué de pronto había dejado de resistirse. Cuando salían nunca ha¬ 
bían permitido que las cosas fueran más allá de algunos besos que interrumpía 
cuando por parte de él se volvían muy apasionados. Además le había dicho infi¬ 
nidad de veces que no tendría sexo con él porque no se sentía segura de lo que 
sentía (Ricardo le había dicho en su momento, cuando se ponía rabioso con ella, 
que lo mejor sería que se metiera de monja, que iba derecho a convertirse en una 
solterona, que no le viniera a él con que nunca le venían ganas, que tendría que 
ver a un psicólogo y cosas por el estilo) y hasta la fecha lo había desairado siste¬ 
máticamente sin darle jamás ninguna esperanza. Pero esa tarde, después de tanto 
tiempo de rechazos, sin una razón que lo provocara, actuó de manera diferente. 
Dejó de forcejear y un Ricardo desconocido al ver que ella cedía deslizó sus 
manos desde los hombros a las nalgas y la empujó lenta pero firmemente hacia el 



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El Hermano de Pablo 


dormitorio de su madre. Con un último envión, Rita dobló las rodillas y cayó 
tendida de espaldas en la cama de matrimonio de su madre con un cosquilleo 
agradable en todo el cuerpo y una especie de fuego que le subía desde el vientre 
hacia la cara. Febrilmente Ricardo la desnudó y casi arrancó su propia ropa. “No 
Ricardo, despacio, así no que me duele...”, le dijo entonces Rita, y ahora pensaba 
en lo bruto que había sido y en la forma que le había hecho doler, y en que por 
haber sido tan bruto lo había arruinado todo por que ella también tenía ganas. 
Para colmo de males su madre había tenido la ocurrencia de llegar en el momento 
más inoportuno, y menos mal que había tenido la inspiración de dejar la llave en 
la cerradura porque de lo contrario los hubiera pescado a los dos desnudos en su 
cama. “Ricardo metete en el baño... la ropa, los zapatos Ricardo...”, le dijo demu¬ 
dada mientras su madre golpeaba la puerta y reclamaba que le abrieran, y ella ya 
va mamá, ya va, un momento, ya te abro, y cuando se estaba vistiendo vio que un 
hilo de sangre le corría entre los muslos, pero no tenía tiempo de ocuparse de eso 
ahora, así que se secó con un pañuelo, terminó de vestirse y fue abrirle la puerta 
con el pelo todo alborotado. Al entrar al living y enterarse por Rita que Ricardo 
estaba en el baño, su madre estuvo allí mirándola con fijeza durante unos segun¬ 
dos que le habían parecido larguísimos haciéndola sentir terriblemente, sin decir¬ 
le una palabra, como si ella no lo hiciera con Cosme, como si sólo ella tuviera 
derecho. 

-La vas a pasar bien, vas a ver -le dijo Claudia-. Hay un estreno y Javier ya 
tiene las entradas, además... 

-Pero si voy, voy de championes -dijo Rita interrumpiéndola. 

-Rita... -sonrió Claudia indulgente y estornudó otra vez sintiendo que esta¬ 
ba a punto de engriparse-. No vamos a ninguna recepción de gala, vamos al cine 
y después a tomar algo, nada más, sólo eso. 

“Me recogeré el pelo como mamá dice que me queda mejor, y me pondré 
la blusa floreada que tengo sin estrenar... y nada de zapatos, los championes blan¬ 
cos, y nada de darle mucha conversación, no se vaya a creer, por más simpático 
que sea... que ni sueñe, aunque sea buen mozo y tenga los ojos verdes como dijo 
Claudia. De mí no se va a burlar, conmigo no tendrá suerte, sé exactamente cómo 
tengo que tratar a esos nenitos acostumbrados a que todas los persigan por la 
plata, con indiferencia y chau, así de fácil”. 



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Capítulo TV 


Alguna vez por molestar a Javier le había preguntado cuándo le presenta¬ 
ría alguna amiguita de ese comité roñoso en el que casi vivía. “Me gustan bien 
combativas, Javi, quiero creer, haceme ese favor, estoy harto de esta vida de 
pecado que llevo”. Pero él nada, ni se había reído el muy insulso. Más de tres 
años después, mucha agua había corrido bajo los puentes, pero no la suficiente 
para que dejara de asombrarse cuando aquel sábado de principios de diciembre 
del 75, después de un almuerzo muy tenso en el que su padre seguía sin dirigirle 
la palabra, su hermano se acercó para preguntarle si no quería venir al cine esa 
noche con Claudia y su hermana Rita. Pablo lo había observado esperando notar 
alguna señal de locura en su rostro, pero no, estaba tan tranquilo, como resignado 
esperando su respuesta. Sin duda, pensó, habían sido muy grandes los cambios 
experimentados por Javier para que se decidiera a arrojar a una inocente ovejita 
en las fauces de un oligarca corrompido como él. ¿Lo hizo como una forma de 
acercamiento, para mejorar una relación en la que existía aún la sombra de viejos 
rencores y recelos?, porque realmente no creía que se le pasara por la mente que 
él tuviera necesidad de una novia. Justamente para esa noche, con el flaco ya 
tenían algo programado en el bulín y esa salida estaba muy lejos de encajar con 
su idea de la diversión, pero como tampoco quería que su hermano, que había 
tenido el gesto de invitarlo, tomara esa negativa como un rechazo personal, acep¬ 
tó consolándose con la idea que existía alguna posibilidad de que la hermana de 
Claudia estuviera por lo menos pasable. Cuando se lo contó por teléfono el flaco, 
siempre comprensivo, estuvo de acuerdo con él. “Estuviste perfecto camarada, 
además esto parece algo nuevo, de repente la tal Rita es una yegua bestial. Maña¬ 
na me contás”. En realidad si lo pensaba bien la actitud de Javier no dejaba de ser 
coherente con la transformación que había experimentado su vida en los últimos 
años. Aunque nunca volvió a ser el de antes de la política y se había transformado 
en alguien extremadamente reservado, estaba incomparablemente más sociable 
y amable con la familia. Por más que no se pudiera saber exactamente lo que 
pensaba, ante los ojos del mundo por lo menos era un muchacho estudioso, tran¬ 
quilo, que traía a menudo a Claudia al departamento como un noviecito formal y 
no daba más dolores de cabeza a sus papis. No se le escuchaba hablar de política, 
como si jamás hubiera tenido alguna idea de ese tipo. Hacía tiempo había quema- 



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El Hermano de Pablo 


do en un baldío un montón de libros comunistas con las imágenes de Marx, En- 
gels y Lenin en las tapas y despedido expeditivamente a los camaradas que acu¬ 
dieron a persuadirlo para que volviera a las filas de la revolución. Según supo 
después por Rita, sus respectivos hermanos ya estaban haciendo planes para ca¬ 
sarse a fines del próximo año, noticia que nunca dieron y que indudablemente no 
le hubiera caído muy bien a su madre que prefería para Javier alguien de su 
mismo nivel social. Su padre, en cambio, con tal de que siguiera estudiando y 
como premio por dejar atrás su pasado bolchevique (conciente como era que con 
el rumbo que había tomado la dictadura militar, cualquiera que siguiera militan¬ 
do en la izquierda proscrita tenía asegurada por lo menos la cárcel o el exilio), 
habría sido capaz de apadrinarlos comprándoles vivienda y manteniéndolos todo 
el tiempo que fuera necesario. 

Muy pocos estaban de acuerdo con lo que estaba haciendo el ejército con 
el país, pero el padre del flaco afirmaba que el Uruguay estaba hundido en la 
anarquía y se justificaba plenamente la intervención militar dada la ineficacia 
enervante de la democracia para defender la libertad contra las ordas marxistas. 
Su padre, por su lado, decía que problemas económicos y sociales existirían siem¬ 
pre pero era imprescindible enfrentarlos dentro del sistema democrático ya que 
de lo contrario no habría diferencia moral con los países comunistas. En cuanto a 
él que pensaba que la política era una farsa más allá de su utilidad, le parecía 
previsible que en un mundo en plena guerra fría, los militares, prácticamente sin 
resistencia, detentaran el poder político en buena parte de Sudamérica, de una 
manera particularmente sangrienta en algunos casos, con el debido reconocimiento 
internacional. Había que defender la democracia, ¿no?, y de paso, bueno, todos 
teníamos debilidades. Nada se hacía gratis. 

Pablo se preguntaba lo que estaría pasando por la mente de su hermano en 
aquellas circunstancias, qué razonamientos habría ensayado para justificar su 
actitud indiferente, qué conflictos se producirían en su interior. Sin embargo si 
algo lo inquietaba o lo remordía esto no se reflejaba en su conducta que parecía 
totalmente normal. No se lo veía agitado ni preocupado, daba la impresión de 
estar plenamente adaptado a su nuevo rol en la vida. De mañana se levantaba 
tarde y se quedaba leyendo en su cuarto, al mediodía iba a clases, y más tarde 
pasaba a buscar a su noviecita al trabajo; cuando volvía de noche a casa miraba 
un rato la televisión con sus padres y luego se enclaustraba en su cuarto hasta el 
día siguiente. Los fines de semana en general desaparecía con Claudia, aunque a 
veces la traía a almorzar o a cenar. Viéndolos nadie podía dudar que tenían una 



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buena relación; ya iban por el tercer año de noviazgo y se comportaban como una 
típica parejita de enamorados: dados de la mano, pendientes el uno del otro, etcé¬ 
tera, etcétera. Todo resultaba demasiado perfecto, es verdad, lo que no dejaba de 
ser sospechoso, pero él coincidía con su padre en este asunto: si eso le servía a 
Javier para superar años de pelotudez y estabilizarse, que fuera bienvenido. Ade¬ 
más Claudia no le caía mal. Linda carita, pechos pequeños, una figura interesan¬ 
te, los ojos de un celeste pálido, soñadores. También era recatada y no carecía de 
inteligencia; por lo menos tenía la suficiente para hablar lo necesario e ignorar 
las indirectas de su madre que estaba celosa y no podía aceptar que alguien de 
origen poco encumbrado (con la particularidad de venir de madre judía) y toda¬ 
vía con ideas de izquierda (Javier fue tan poco astuto que no se molestó en ocul¬ 
tar donde la había conocido) se llevara a su adorado benjamín. Para el flaco Mar¬ 
celo, cuya opinión sobre el sexo opuesto no era muy favorable, Claudia no era tan 
diferente de las minas que se llevaban al bulín. “Todas unas putas, viejo. La 
diferencia la hace tu hermano que es un zapallo y no se da cuenta. Creeme lo que 
te digo, no hay nada peor que idealizar a las mujeres”. Por supuesto que aquello 
era una exageración de su amigo. Javier podría tener una tendencia desmedida a 
maquillar sus inclinaciones pecaminosas hasta volverlas intachables y sublimes, 
pero Claudia no carecía de interés. Sin caer tampoco en la gansada de repetir toda 
esa palabrería romántica como que ella lo quería por sí mismo y su amor era 
absolutamente puro y desinteresado, daba la impresión que el afecto que sentía 
por su hermano era profundo y no parecía ser de la clase de personas que estaban 
dispuestas a abandonar fácilmente lo que querían sin presentar batalla. Por eso 
sus loables esfuerzos para no responder a los desaires cada vez más frecuente¬ 
mente de su madre, su expresión de contenido asombro cuando ésta llamaba a la 
sirvienta con la ridicula campanilla, su simulado interés cuando con sus primas 
relataban las aburridas historias de sus incursiones turísticas por Europa y Esta¬ 
dos Unidos o se internaban en los intrincados laberintos de las ingratitudes del 
servicio doméstico. No podía ser fácil para ella estar fingiendo permanentemen¬ 
te, y por eso se la notaba incómoda e intranquila. Sólo con su padre, que la trataba 
cariñosamente, actuaba con soltura. También con él y el flaco parecía simpatizar 
dado el entusiasmo con que siempre les festejaba sus bromas, que serían para 
Claudia una especie de tregua en la despareja batalla que se veía obligada a librar 
con su mamá. 

De todas maneras, a pesar de la obvia diferencia entre ella y su familia, 
igual le extrañó cuando Javier, contestándole a su padre que le preguntaba qué 



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El Hermano de Pablo 


había pasado con Claudia que hacía varias semanas que no venía, dijo muy parca¬ 
mente que habían dejado. De ahí en adelante los acontecimientos se habían preci¬ 
pitado y al poco tiempo Javier los había conmocionado a todos, especialmente a 
sus padres que recibieron un brutal impacto, cuando en un insólito arranque propio 
de un delirante había corrido detrás de Claudia a Buenos Aires, sabiendo bien lo 
peligrosa que era la situación en la Argentina y cuando todo hacía pensar que 
estaba definitivamente encarrilado. ¿Pero quién podía predecir la conducta de 
alguien tan volátil? Indudablemente había sido demasiado optimistas, y, aunque 
lo había disimulado muy bien, Javier era una bomba de tiempo y se encontraba a 
merced de emociones que lo habían llevado a perder el sano discernimiento. 

Aquella noche veraniega, cálida y despejada, salieron los cuatro y Pablo 
quedó gratamente sorprendido con Rita. Es que pensando en la hermana la ima¬ 
ginaba más delicada, pero se encontró frente a una mina corpulenta, con un buen 
par de tetas, curvas pronunciadas, un trasero abultado y bien modelado que no 
tenía nada que envidiarle a una vedette. Por si fuera poco poseía una cara sensual 
con una boca ancha, de labios carnosos, provocativa, pómulos salientes y una 
piel blanca lechosa que contrastaba con sus cabellos y ojos negros. Después de la 
película que resultó una policial muy buena con Steve MacQueen fueron a sen¬ 
tarse en un bar y pidieron unos refrescos. La verdad es que la estaban pasando 
muy bien. Javier estaba locuaz y como le gustaba y conocía de cine analizaba 
“Bullit” con entusiasmo. Mientras lo hacía Rita tuvo la ocurrencia de intervenir 
manifestando lo “churrísimo” que le había resultado el protagonista, pero ense¬ 
guida se puso roja de vergüenza, sin duda al caer en la cuenta que su comentario 
iba a ser interpretado como una tontería frente a la sabiduría cinematográfica de 
Javier. Claudia que lo notó acudió de inmediato en su ayuda declarando que a ella 
también MacQueen le resultaba atractivo, y enseguida estornudó varias veces 
consecutivas y dijo que según parecía algo le había dado alergia. Entonces todos 
notaron que tenía los ojos enrojecidos y Javier, que se le ocurrió tocarle la frente 
con el dorso de la mano, comentó que estaba hirviendo de fiebre. Ella lo negó 
porfiadamente y, quitándole trascendencia al asunto, argumentó que simplemen¬ 
te estaba un poco resfriada, que se sentía bien, pero como Rita le contó después a 
Pablo, ya en el correr de la tarde había comenzado a sentirse afiebrada y si había 
venido había sido para que su hermana no se perdiera la salida. Cuando dejaron 
el bar, Claudia que hasta que se levantaron de la mesa había charlado animada¬ 
mente, estaba temblando de pies a cabeza y Javier dijo que lo mejor sería que la 
llevara a casa. Ella intentó resistirse aunque con poca convicción diciéndoles que 



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no quería ser aguafiestas, pero como todos insistieron, tranzó no sin antes hacer¬ 
les prometer a Pablo y a Rita que se quedarían sin importarles que ellos se fueran. 
Así lo hicieron y, luego de acompañarlos hasta una parada de taxis, caminaron un 
par de cuadras y decidieron entrar en otro bar. 

Pablo pensaba que había sido providencial la gripe de Claudia porque le 
daba la oportunidad de quedarse a solas con Rita. Por lo que había podido entre¬ 
ver de su carácter se dijo que no sería difícil conquistarla si tenía la paciencia 
suficiente para escuchar todo lo que necesitaba comunicarle antes de permitir 
que la tocara. Por lo tanto se acomodó en la silla del bar y dejó que le contara de 
su trabajo en una peletería, de sus diferencias con su hermana, de su adolescencia 
marcada por las riñas y el divorcio de sus padres. Su madre había sido una buena 
bailarina clásica pero su esposo la había malogrado con sus celos enfermizos. El 
hombre era un artesano dedicado al diseño y fabricación de joyas, y su meta, 
como la de la mayoría, había sido hacer dinero para tener una vida mejor, lo que 
sin duda estaba logrando -puesto que el tipo tenía al parecer talento-, y se encon¬ 
traba en camino de conseguir mucho más si no hubiera sido seducido por un 
vicio que resultaba fatal para esa clase de pretensiones y lo llevaría a la quiebra: 
se había transformado en un jugador empedernido. Nadie conocía esa tenebrosa 
faceta de su personalidad, ni cómo ni cuando la adquirió, ella calculaba que había 
empezado como una forma de hacer algún dinero extra y aquel mal hábito lo fue 
dominando hasta que no hubo retroceso. Durante los años de bonanza, cuando el 
dinero no les faltaba, habían comprado un departamento de tres dormitorios en 
un lugar relativamente caro a pocas cuadras de la rambla de Pocitos, un auto 
usado pero casi nuevo, las niñas iban a un colegio de pago, y por más que esporᬠ
dicamente hubiera algunas disputas debida a los celos delirantes del sujeto, la 
buena situación económica las hacía más tolerables. Lamentablemente como existe 
una ley que dice que esta clase de tipos terminan irremediablemente mal, a medi¬ 
da que sus pérdidas en el juego fueron creciendo, su carácter, de por sí bastante 
atribulado, también fue cambiando para peor hasta entrar en una vertiginosa de¬ 
cadencia. Se lo veía hosco, se irritaba por cosas mínimas y comenzó a tomar más 
de la cuenta. De ahí en adelante sus celos se volvieron insoportables; las situacio¬ 
nes en las que acosaba a su mujer con absurdas sospechas de imaginarias infide¬ 
lidades se hicieron cotidianas al igual que la violencia física, lo que llevó a una 
insostenible situación cuyo desenlace se precipitó el día que salió a la luz que 
estaba quebrando, acosado por varios prestamistas, con el apartamento y el auto 
hipotecados y todo a raíz de sus desafortunadas incursiones por las salas de los 



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casinos y timbas de la ciudad. La madre de Rita entonces juntó coraje, y en com¬ 
pañía de sus hijas abandonó despavorida el hogar conyugal y fue a buscar cobijo 
en la casa de una amiga que vivía sola, lo que motivó una explosión de violencia 
de parte del marido que a los pocos días, cuando su mujer salía de su nuevo 
domicilio, la atacó a golpes en un incidente que no pasó a mayores porque habían 
llegado unos vecinos a socorrerla. Estos la llevaron a la urgencia de un hospital 
cercano donde ingresó con un ataque de nervios, algunos magullones, pero sin 
ninguna lesión seria. Por supuesto que el desquiciado fue detenido, advertido, 
pero soltado a las pocas horas, y ellas durante un tiempo vivieron con miedo. Si 
bien no volvió a aparecerse, por medio de cartas pasadas por debajo de la puerta, 
llamadas telefónicas e incluso algunos amigos en común, intentó ruegos, discul¬ 
pas, promesas, que su madre como era lógico desestimó, pero gracias a Dios, 
porque ella creía en un ser superior no obstante no ir a ninguna Iglesia, después 
de unas semanas en que estuvieron con el alma en vilo, ya que no sabían si en 
algún momento intentaría una nueva agresión por más que dijera que estaba arre¬ 
pentido, dejó de molestarlas y a los dos meses se enteraron que había viajado a 
Buenos Aires con el propósito de trabajar con un sobrino dedicado a su mismo 
oficio. Las aguas fueron aquietándose y hubo de pasar todo un año en que no 
supieron nada de él para que volviera a aparecer en escena. Ellas por esa fecha 
seguían viviendo en la casa de la amiga de su madre al no poder pagarse un 
alquiler después que el apartamento de Pocitos había sido rematado por las deu¬ 
das de su padre. Este, como si nada hubiera pasado, un buen día había llamado 
por teléfono a su mamá solicitándole en un tono jovial y amistoso permiso para 
ver a sus hijas una vez al mes. Su madre, que a esa altura ya se había relacionado 
con Cosme, generosamente y en contra de las recomendaciones de todo el mundo 
se lo permitió, y así fue como a partir de ahí todos los meses viajaba para pasar un 
día con ellas, pero según Rita no lo hacía porque las extrañara sino con la preten¬ 
sión, totalmente exorbitada después de todo lo sucedido, de que su mamá se 
ablandara y lo volviera a ver con buenos ojos. Cuando se apercibió de que eso 
nunca iba a acontecer, faltó a la cuarta visita sin mediar aviso ni explicación y no 
volvieron a verlo y ahora hacía dos años que no sabían nada de su vida, lo que 
para ella particularmente había sido una especie de bendición ya que se sentía 
incómoda cuando las visitaba y no es que lo odiara, no, quería aclarar, pero sí lo 
rechazaba y no se explicaba por qué Claudia, con todo lo que les hizo, todavía le 
había escrito algunas cartas que él nunca se dignó contestar, e incluso en alguna 
ocasión había llegado a disculparlo poniéndolo como una víctima más del siste¬ 
ma capitalista, como si las personas adultas no fueran responsables por sus accio- 



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nes y todo fuera perdonable de acuerdo a la sociedad en que se vive. Eso era lo 
que no entendía de su hermana: tan inteligente para algunas cosas, tan irracional 
para otras. Ciertamente que no se podía culparla por querer a su padre, ella tam¬ 
bién en cierta forma lo quería, pero al fin y al cabo el parentesco era algo fortuito 
y llegaba un punto en que uno a la gente la apreciaba por lo bueno que ofrecía 
como persona y no por los lazos de sangre. No era cuestión de darle la espalda a 
la realidad como hacía su hermana ignorando el hecho que su padre era un hom¬ 
bre alterado y tras la separación no se había preocupado por ellas. Pero Claudia 
era así, un poco débil, y por eso Rita había sido desde que tenía memoria su 
defensora en toda clase de pleitos, y ruborizándose recordó que cuando Claudia 
tenía doce años un tipo la intentó toquetear a la salida del Liceo y ella se arrojó 
sobre él obsequiándole con una patada en los huevos mientras que su hermanita, 
paralizada de terror, observaba sin intervenir. De paso contó que por esas edades, 
ella, que a esa altura se había desarrollado demasiado y los hombres no dejaban 
de decirle cosas horribles por la calle, también tuvo un episodio similar cuando 
un vecino puerta por medio, un hombre mayor que vivía apaciblemente con su 
encantadora mujer, no creía que con premeditación, pero aprovechando que esta¬ 
ba sola en el apartamento, al ir a pedirle una taza de azúcar, se abalanzó sobre su 
atrayente humanidad y obtuvo de su parte un puñetazo a la altura del hígado que 
tuvo el efecto de hacerlo recapacitar de inmediato y salir a la estampida medio 
doblado por el dolor intentando alguna frase explicatoria que no llegó a terminar, 
y lanzó una carcajada al decir que no sabía por qué después le dio lástima, y, pese 
a que sabía que no estaba haciendo lo debido, no se lo dijo a sus padres por 
considerar que fue un impulso irrefrenable, quién sabe si el único al que sucum¬ 
bió en toda su vida el pobre viejo, y era más que notorio que estaba realmente 
arrepentido y espantado por su inexplicable conducta y ya no representaba nin¬ 
gún peligro. De todas formas había recibido su merecido, ya que, no pudiendo 
soportar la vergüenza y el temor que revivía cada vez que se encontraba por 
casualidad con ella o cualquier integrante de su familia (que se lo imaginara, le 
dijo, preguntándose atormentado si sus padres estaban enterados y si no lo esta¬ 
ban cuándo se enterarían), al poco tiempo terminó mudándose del edificio. 

Hacía cerca de una hora que estaban en el bar, y Pablo, que ya estaba harto 
de oírla, alternaba sus simpatías entre el padre y los violadores. De vez en cuando 
con la esperanza de detener el chorro interminable de palabras que salía de aque¬ 
lla boca ancha y carnosa, tan atractiva, la interrumpía para preguntarle algún 
detalle elegido al azar, y después pasaba minutos sin escucharla observando cómo 



104 


El Hermano de Pablo 


cambiaba su semblante cuando sus ojos se humedecían y parecían que iban a 
desbordarse en lágrimas, o cuando dejaba lugar a una sonrisa sensual que aligera¬ 
ba por momentos el denso contenido de su charla y sus pupilas brillaban como un 
carbón a la luz de los focos del bar. Inocente e impulsiva, pensó, a él le gustaban 
descaradas, pero de cualquier manera valdría la pena verla desnuda, y además 
con ese temperamento quién decía que no podía llegar a ser una fiera en la cama. 
En ese instante Rita se sonrojó como si hubiera adivinado sus pensamientos, 
probablemente arrepentida de haber hablado tanto, y había hecho una embarazo¬ 
sa pausa que él aprovechó para cambiar de tema y contarle algunas anécdotas del 
colegio que ella festejó visiblemente aliviada, de pronto al ver que no parecía 
desanimado a pesar de haber soportado estoicamente su plomiza historia perso¬ 
nal. Pablo le preguntó si le habían contado algo de él para saber a qué atenerse, 
pero ella le contestó que muy poco, que su hermana sólo había comentado que 
era un tipo agradable y simpático y él se rió ja ja, y ella se rió también. De cual¬ 
quier manera para contrarrestar alguna noticia que se hubiera podido filtrar acer¬ 
ca de su vida disipada y ella por delicadeza no hubiera querido nombrar, y, por 
qué no, para demostrarle que él era capaz de elevados sentimientos, le dijo breve¬ 
mente que hasta hacía poco no tenía muchas metas y estaba desorientado en la 
vida, pero que había recapacitado y quería hacer algo útil con su tiempo porque 
sentía el imperativo de aportar algo, de ayudar a los demás dentro de sus posibi¬ 
lidades. Ella a su vez sin que le preguntara nada le comunicó que no tenía novio 
pero hacía un par de años había estado saliendo con el sobrino del compañero que 
vivía con su madre, y como al llegar a ese punto se detuvo y se puso otra vez 
colorada, se apresuró a interesarse por ese individuo que vivía en una situación 
tan irregular en su domicilio sólo para decirle finalmente que en su opinión su 
madre después de sufrir tanto tenía todo el derecho a rehacer su vida como se le 
viniera en gana y si había encontrado una persona que la comprendía y la hacía 
feliz mucho mejor para ella. Rita se sonrió tristemente, haciéndolo sentir que se 
había equivocado al pensar que la relación de aquel tipo con su madre la avergon¬ 
zaba, y le dijo que ella por supuesto que pensaba lo mismo pero no entendía por 
qué aún le chocaba su presencia habiendo pasado ya casi cuatro años. En ese 
momento fue ella la que le cambió bruscamente de tema preguntándole sin ro¬ 
deos si tenía novia o había tenido porque ahora le tocaba a él contar algo perso¬ 
nal. Evidentemente aquel no era el día de Rita, porque justo estaban cerrando el 
boliche y se tuvo que contentar con un sintético no. Recordó que Víctor, el primo 
del flaco, una vez teorizando acerca del comportamiento del sexo opuesto sen¬ 
tenció que era imprescindible que la mujer se descoyuntara las mandíbulas ha- 



Rafael Marías 


105 


blando mientras que el hombre debía mantenerse hermético como forma de esti¬ 
mular la fantasía femenina, que si uno era un baboso y daba muchas vueltas para 
ir al grano perdían el interés y por eso el juego consistía en despertar su curiosi¬ 
dad, demostrarles que había algo para ganar enfrente y cuando llegaba el mo¬ 
mento del ataque era primordial hacerlo con determinación. Pablo, más allá de la 
razón que pudiera tener Víctor en alguno de sus comentarios (aunque después 
hacía todo lo contrario y terminaba hablando hasta por los codos con las minas y 
lo había visto arrastrándose detrás de más de una), no era partidario de imponerse 
fórmulas rígidas para lograr sus objetivos. Además lo que podía ser útil para 
algunas situaciones y personas no tenía por qué serlo para otras, y si bien enten¬ 
día que las reglas y las teorías eran armas necesarias contra la inseguridad en un 
terreno tan resbaladizo como el sexo, él prefería improvisar echando mano a 
cualquier recurso. 

En el camino de vuelta Pablo le señaló a Rita el edificio de apartamentos 
frente a la plaza donde vivía. “Ahí nos mudamos hace más de cuatro años, pero 
era mucho mejor la casa donde vivíamos antes”. Ella miró el moderno edificio 
sin decir nada, y él, sin realizar ningún intento, le propuso tomar un taxi e insistió 
en acompañarla hasta su departamento. Tanto respeto y caballerosidad parecie¬ 
ron tranquilizarla y la próxima vez que salieron, a los dos días, estaba mucho más 
relajada y no habló tanto de sí misma. Esa noche volvieron de madrugada y Rita 
lo invitó a subir a tomar un café. Se sentaron en una “marinera” que hacía las 
veces de sofá en un reducido living, y después del primer sorbo de café Pablo 
trató de besarla pero Rita que no lo esperaba se apartó, aunque enseguida al ver 
que él bajaba los ojos y ponía cara de circunstancias, lo tomó suavemente de la 
mano, toda acalorada, y esta vez no se resistió. Poco a poco se fueron recostando 
en el sofá, y en un momento dado Pablo estaba encima de Rita procurando des¬ 
abrocharle los botones del jean, lo que provocó que ella se incorporara agitada, 
con los colores bailándole en las mejillas, y le dijera que su madre, su hermana o 
Cosme podían levantarse y sorprenderlos. Él le dio la razón y civilizadamente se 
despidió sin insistir, pero al otro día no quiso esperar a que se enfriaran las cosas, 
así que le pidió el Volkswagen prestado al flaco y la fue a buscar a la salida del 
trabajo. Fueron a un lugar solitario en la rambla, a pocas cuadras del bulín. Otros 
autos con parejas estaban estacionados. Detrás de ellos había un local cerrado 
donde se hacían fiestas los fines de semana, y por delante estaban las rocas de la 
playa y el Río de la Plata, el “mar Dulce”, como recordó que lo había bautizado 
su descubridor, nombre apropiado para la ocasión, teñido por una deslumbrante 



106 


El Hermano de Pablo 


puesta de sol. Realmente el sitio y el momento del día eran ideales y estuvieron 
besándose un largo rato. Cuando le pareció oportuno Pablo hizo una pausa y le 
confesó con calculado embarazo que le había pedido prestado a un amigo el 
departamento y que si no le importaba podían ir allí. Tal vez había sido un apre¬ 
suramiento o una falta de sutileza de su parte este ofrecimiento, pero no estaba 
dispuesto a esperar más. Ella había enrojecido y no lo miraba. Por un instante él 
hubiera apostado que se iba a negar. Había planeado que si así sucedía, le diría 
amablemente que la entendía perfectamente, que no se preocupara y no perdería 
más el tiempo. Pero para su sorpresa ella dirigió la mirada hacia él y susurró un 
breve sí, un sí franco y sin timidez que lo emocionó y lo hizo arrancar de inme¬ 
diato el coche en dirección al bulín. A Pablo le pareció que esa respuesta clara a 
una proposición que no admitía ninguna otra interpretación había sido incuestio¬ 
nablemente un punto a favor de Rita, y pensó que esa actitud se correspondía con 
un carácter impulsivo que la hacía mucho más atractiva y la salvaba de la mojiga¬ 
tería. 

Al mediodía Pablo había estado arreglando un poco el desorden del bulín, 
poniendo sábanas nuevas, y a duras penas había convencido al flaco de que aque¬ 
lla no era la mejor ocasión para esconderse en el armario. Al despedirse su amigo 
lo había observado con verdadera preocupación al decirle que tuviera cuidado 

r 

con esas minitas comunistas porque eran todas unas hijas de puta simuladoras. El 
le respondió que él era más hijo de puta que todas ellas juntas y el flaco soltó una 
carcajada y se fue tranquilo después de asegurarse que Pablo era el mismo de 
siempre y ningún animal femenino lograría cambiarlo. 

Mientras tanto Rita seguramente nunca había estado tan nerviosa, disfru¬ 
taba pensando Pablo. No se había arrepentido todavía, pero probablemente se 
preguntaría si estaba haciendo lo correcto, querer, quería... ¿pero debía?, el eter¬ 
no dilema de los prudentes. Apenas adentro del bulín comenzaron a besarse y en 
un instante ya se encontraban en el pequeño dormitorio iluminado discretamente 
por la lámpara de la mesita de luz que él había dejado encendida, con las paredes 
llenas de afiches de autos, motos y conductores famosos (en realidad estos afi¬ 
ches estaban salpicados de mujeres desnudas en poses provocativas que Pablo 
había retirado) que miraban impávidos desde una imparcial lejanía la forma co¬ 
diciosa en que él se apresuraba a desnudarla, mientras Rita lucía totalmente dis¬ 
puesta, cooperativa, como si hubiera levantado todos los obstáculos que impo¬ 
nían la sensatez, el sentido común y la cordura para dejarle libres todos los cami¬ 
nos hacia ella. Luego de desplomarse en la cama se ayudaron mutuamente a 



Rafael Marías 


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sacarse el resto de la ropa, y lo demás superó ampliamente sus mejores expecta¬ 
tivas. Pablo pensaba sin falsa modestia que la había avasallado, y ella se había 
dejado excitada, estremecida, mirando como él chupaba, besaba, lamía enardeci¬ 
do todo su cuerpo, y cuando la penetró Rita entre gemidos tuvo rápidamente un 
orgasmo, y unos minutos más tarde otro, y en el instante que él llegó al suyo 
había recibido la tibieza de su semen con una mueca de placer en tanto él se 
quedaba inmóvil, extenuado y satisfecho como un bebé en el regazo de su mami. 
Pablo tuvo que admitir que había quedado sorprendido. Es cierto que era inex¬ 
perta pero a juzgar por lo bien que la pasaron la experiencia no era un requeri¬ 
miento esencial y también contribuían otras cualidades que Rita indudablemente 
poseía. Recordaba que en ese momento se preguntó si ella estaría algo avergon¬ 
zada o arrepentida, pero a juzgar por la expresión de felicidad de su cara no 
aparentaba tener ninguno de estos sentimientos. Lo único que le pareció ridículo 
fue cuando ella le dijo que el himen se le había desgarrado haciendo ejercicios 
gimnásticos y él tuvo que aguantarse la risa y para no arruinar nada le siguió la 
corriente diciéndole que sí, que no se preocupara, que había escuchado que aque¬ 
llo era de lo más común. 

De ahí en adelante, entre semana, casi todos los días la pasaba a buscar por 
el trabajo, compraba comida y se encerraban en el bulín. Alrededor de las once de 
la noche la traía a su casa en taxi y a veces todavía les quedaban energías para 
hacerse el amor en cualquier lugar oscuro del edificio. Los sábados y domingos 
(a Rita le había dicho que el dueño del departamento trabajaba en el Interior y 
volvía los fines de semana) para no estropearle aún más al flaco sus propios 
programas, tomaba plata de la lata de la cocina del bulín y se quedaban toda la 
tarde en un hotel. Él nunca había tenido una relación tan intensa ni que durara 
más de una semana... y es que Rita valía realmente la pena. Pero pasaron las 
fiestas -donde Pablo vio con cierta esperanza, poco después frustrada, aflojarse 
en algo las tiranteces con su padre-, y ya ella se había puesto repetitiva y no se 
cansaba de hablarle de su amor, a veces con frases folletinescas (y eso era abru¬ 
mador por más que lo hiciera con una agresiva inocencia que la absolvía), hasta 
llegar a decirle en una ocasión, soñadora, que le encantaría tener una multitud de 
hijos con él, pidiéndole que la ayudara a barajar nombres probables de varones y 
hembras. Al mismo tiempo principió su sutil y luego franco trabajo para conven¬ 
cerlo de formalizar sus relaciones presentándose a sus respectivas familias. “Es 
cierto que hace poco que nos conocemos, pero en estas semanas tuvimos más 
intimidad que muchas parejas en años”, argumentaba, y Pablo se asombraba que 



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El Hermano de Pablo 


Rita no sospechara que a él sólo le gustaba acostarse con ella. Es verdad que se 
hacía el buen chico y cuando ella salía con esos temas si bien le decía que tenían 
esperar para estar más seguros, agregaba, dándole esperanzas, que todo llegaría a 
su debido tiempo. Pero no se podía sostener que la hubiera alentado a tal punto 
como para justificar semejante actitud, tanta urgencia. Ya que su familia eran 
todos bolches, por más que a ella la política la aburriera, cuando lo conoció podía 
habérsele ocurrido pensar en las diferencias de clase, en la diferente escala de 
valores; podía haber sido más precavida, más desconfiada; que no lo hubiera 
sido, le había parecido bien, en cambio su conducta posterior lo había enojado y 
decepcionado, pero no porque la misma no fuera absolutamente lógica, natural y 
previsible, sino por haber aparecido mucho antes de lo esperado. Si algo le había 
gustado de Rita al principio, aparte de la carnalidad que difundía su estupendo 
cuerpo, era que no había tenido necesidad de convencerla y por lo tanto de men¬ 
tirle para que tuvieran relaciones. Pero demasiado pronto esa Rita que lo había 
atraído, había cedido terreno a otra Rita ansiosa por asegurarse que la entrega 
desordenada a los placeres que se estaban permitiendo tuviera un sentido más 
allá de lo conseguido en la cama. Definitivamente se había terminado la diver¬ 
sión, había concluido Pablo, y por eso una tarde, al mes y medio de conocerla, 
decidió dejarla plantada a la salida del trabajo y desaparecer. Era evidente que 
necesitaba unas vacaciones después de una relación tan extensa, y ya que era 
pleno verano aprovechó para irse con el flaco (que le confesó burlándose que a 
esa altura estaba consternado pensando que seguía los pasos de Javier y todo se 
debía a una tara familiar) a la casa que los padres de su amigo tenían en Punta del 
Este. Al regreso, dos semanas más tarde, su madre le había informado con frial¬ 
dad, pero sin disimular un tono de vengativo triunfo, que la hermana de Claudia, 
“esa Rita”, lo había llamado numerosas veces desde que se fue como si no pudie¬ 
ra convencerse y desconfiara que ellos lo hubieran amordazado y lo tuvieran 
escondido. “Nunca vas a cambiar Pablito”, le dijo, y la frase le sonó más a elogio 
que a reproche. Su madre tampoco iba a cambiar nunca, pensó él. En cuanto a 
Rita, como calculaba, había captado el mensaje y no volvió a insistir, ni siquiera 
por medio de Claudia o Javier, comportándose con mucho decoro. Por desgracia 
para los amantes de las comedias televisivas, no hubo ningún melodrama ni final 
funesto o rebuscadamente feliz para la breve historia de sus relaciones con Rita. 
El nenito bien no desafió las tradiciones familiares por amor, ni la sufrida traba¬ 
jadora hizo recapacitar al vil sujeto luego de recriminarle las artimañas con que 
la sedujo. Tampoco el repugnante seductor torturado por los remordimientos, 
dándose cuenta que en su aristocrática arrogancia estaba perdiendo al verdadero 



Rafael Marías 


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amor de su vida, a la única mujer que lo había amado por lo que realmente era, 
intentó enmendar su error siendo justamente rechazado por la proletaria, la cual, 
con su heroica actitud, propia de su clase, lo sumergió en la más oscura desespe¬ 
ración terminando sus días solo, abandonado, humillado y hecho un despojo. Por 
supuesto que nada de esto había sucedido, como no sucedía ni sucedería nunca en 
la vida real. Supo después que Rita, más o menos al año de haberla visto por 
última vez, se casó con su novio anterior, el que trabajaba en la construcción, el 
mismo que había rechazado durante tanto tiempo, era tan bruto y la quería. 




111 


Capítulo V 


Javier se preguntaba qué estaba haciendo allí. Se sentía totalmente desubi¬ 
cado en aquel atestado anfiteatro, donde, a su alrededor, decenas de estudiantes 
sacaban febrilmente apuntes y en los intervalos ya hablaban con temor de los 
remotos exámenes de fin de curso. Estaba arrepentido por haber cedido a las 
presiones familiares que con el fin de continuar la tradición, le imponían estudiar 
una carrera universitaria. Además no entendía a ciencia cierta por qué había ele¬ 
gido Medicina. Pensaba que de algún modo podía haberlo hecho para contradecir 
a su padre que anhelaba que siguiera sus pasos como abogado, o por haber sido 
su abuelo materno un venerado médico... o porque fue lo primero que se le ocu¬ 
rrió. Cualquiera que hubiera sido la causa lo que sí entendía al presente es que, 
gracias a la perplejidad que sentía prácticamente desde que terminó el liceo cada 
vez que pensaba en su futuro, había cometido un grave error. Había tardado dos 
años en darse cuenta, dos años de una vida monótona a la que se habituó peligro¬ 
samente, y ahora que por inercia había llegado a tercero de Facultad lo tenía 
absolutamente claro. Decididamente malgastar el resto de su vida dedicándose a 
una profesión por la que no sentía ninguna afinidad hubiera sido lo mismo que 
morirse en vida. Si se ponía a analizar era incuestionable que más que planes para 
el porvenir actualmente lo agobiaban necesidades inmediatas y por nada del mundo 
estaba dispuesto a malgastar su tiempo sobre la tierra en una actividad que no 
disfrutaba. Además, si al fin vislumbraba una luz después de tanto callejón sin 
salida, su deber era seguirla, por más que comprendiera que de ahora en adelante 
nada le resultaría fácil. Esto era elemental y lo tenía asumido. Una cosa era reco¬ 
rrer virgen un camino de entrada y otra muy distinta iniciar uno nuevo después de 
haber estado perdido. Nunca sería lo mismo y siempre sería más complejo. 

En aquellos años parte del tiempo que le dejaban primero los exámenes 
libres de materias que le quedaron de Preparatorios, y luego las clases y materias 
de Facultad, y naturalmente Claudia, lo había empleado en ir a leer a la Bibliote¬ 
ca Nacional. También compró libros que devoraba hasta altas horas de la madru¬ 
gada. Tenía interés por saber lo que habían pensado los autores más importantes 
sobre las cuestiones filosóficas fundamentales que a él también le preocupaban. 
Sin ninguna sistematización leyó a Hobbes, Young, Locke, Heidegger, Sartre, 
Freud, Schopenhauer, Nietzche (le había impresionado sobre todo “El Anticris- 



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El Hermano de Pablo 


to”), descubrió escritores como Hermann Hesse, Dostoievsky, Camus, y con to¬ 
das esas lecturas y las largas meditaciones que les siguieron, le parecía que sus 
horizontes mentales se habían ampliado hasta el infinito. Las metas antes incier¬ 
tas fueron presentándosele cada vez más nítidas: era forzoso elaborar una visión 
propia del mundo, forjarse una nueva imagen de sí mismo que estuviera de acuerdo 
con su verdadero ser, y para eso debía dejar de lado toda idea inculcada, fuera de 
tipo ético, religioso o ideológico que encubriera los verdaderos motivos de sus 
actos. Claro que comprendía que ésta era una tarea muy ardua y estaba lejos el 
día en que pudiera librarse del peso de su educación y de la sombra de sus anti¬ 
guas ideas, pero consideraba que las perspectivas por ese camino eran ilimitadas. 
Era como intentar recobrar la inocencia antes de que fuera pervertida y poder 
sentir y entender todo bajo una nueva luz; era un desafío irresistible. Su sentido 
común le advertía que esa posibilidad de cambio podía ser una mera utopía y 
nunca concretarse, pero en aquellas circunstancias, en que sólo lo radical podía 
conformarlo, se resistía a concebir una filosofía del renunciamiento que por lo 
demás se le antojaba decadente. Creer que todos los esfuerzos por comprender, 
por superar las convenciones impuestas para hacerlo olvidarse a sí mismo eran 
inútiles, le parecía un subterfugio para darse por vencido, un conformismo en¬ 
mascarado detrás de una visión pesimista del mundo. Al fin y al cabo lo único 
que él quería era vivir plenamente, y si era cierto que la realidad tarde o temprano 
lo echaba todo a perder, eso se vería a su debido tiempo. En cierto modo se 
consideraba a sí mismo una víctima convertida en héroe por necesidad, y como 
en una nueva versión de “Orestes” estaba dispuesto a desafiar las Furias que se 
desatarían a causa de sus futuras transgresiones. Pero, paradójicamente, mientras 
en su intimidad se producían estas transformaciones, Javier había seguido ha¬ 
ciendo una vida conforme a lo que su familia siempre esperó de él, como si 
necesitara probar, sin lugar a dudas, que no podía adaptarse a la clase de vida que 
le proponían antes de permitirse dar el salto hacia el abismo que significaba la 
inseguridad de un futuro sin la protección familiar, como si a pesar de que ya 
supiera lo que no quería hacer y sus pensamientos se orientaran hacia un fin 
concreto, un miedo todavía muy arraigado en él le impidiera actuar en conse¬ 
cuencia. Pero esta lucha interior, esta manera de dilatar decisiones estaba llegan¬ 
do a su fin. 

Hasta su relación con Claudia se encontraba envuelta en este tipo de con¬ 
flictos. En un principio procuró compartir todos sus pensamientos con ella, pero 
luego desistió, y no sólo porque al hablarle ella lo tratara con una mezcla de 



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ternura y preocupación, como si estuviera frente a las fantasías de un niño, de una 
enfermedad benigna, recomendándole que no tomara resoluciones apresuradas, 
en particular acerca de sus estudios (ella estaba tratando de seguir su carrera de 
Arquitectura pese a las dificultades con sus horarios de trabajo) ya que iban a 
serle útiles más adelante, y después sin ánimo de discutir ni contradecirlo, pero 
firmemente, en cuanto Javier ponía en tela de juicio algún dogma de su anterior 
ideología, que Claudia seguía sosteniendo, sus palabras cargadas de emotividad 
expresaran tópicos que él consideraba superados, sino porque había llegado a la 
conclusión que el suyo era un camino totalmente personal y no tenía sentido 
esperar a que Claudia ni nadie lo aprobara. Por otro lado estaba convencido que 
no era el rumbo tomado por sus ideas la causa de que sus sentimientos por ella se 
enfriaran y ahora la separación fuese una realidad, sino que todo se debía a la 
consecuencia natural de un inevitable desgaste. ¿Acaso no era lo que siempre 
sucedía? Cualquiera sabía que la decadencia era el destino de ese tipo de relacio¬ 
nes, que con el tiempo emociones que parecían eternas se deslucían y caducaban. 
Se había preguntado por consiguiente si no era mejor resignarse y como hacía la 
mayoría seguir otro tipo de vínculo más tibio y seguro. ¿No era lo que aconsejaba 
la experiencia en la materia? Como en la mayor parte de los casos no había habi¬ 
do un final trágico que perpetuara la pasión inicial, y por lo tanto presenciar su 
lenta declinación hasta desaparecer en una convivencia rutinaria pero soportable, 
hubiera sido lo común y admitido por todos. El asunto era que Javier no estaba 
dispuesto a aceptar ese tipo de vida, y no era por un razonamiento traído de los 
pelos, por un mecanismo puramente intelectual, lo sentía como algo profundo 
que se había abierto camino en él para formar parte de las certidumbres que 
actualmente poseía. Así que mientras Claudia especulaba con un porvenir juntos, 
como en un momento planearon, él, en los últimos meses meditaba sobre la posi¬ 
bilidad de dejarla, considerándolo como un primer paso hacia el cambio que 
pretendía. Sin estar decidido aún, había hecho un avance en esa dirección a ini¬ 
cios de aquel año, al comenzar a romper, con justificaciones dudosas, con la 
arraigada costumbre de verla todos los días, y cuando Claudia lo llamaba por 
teléfono, cada vez con más frecuencia mandaba decir por intermedio de otras 
personas que no estaba y después no se comunicaba. Claro que ella se había 
alarmado al notar esta conducta tan imprevista como chocante, pero inteligente¬ 
mente trató de ignorarla creyendo sin duda que podía ser algo pasajero y no era 
aconsejable hostigarlo. Así lo hizo durante un mes, pero como nada cambiaba y 
él aumentaba su frialdad y hermetismo, elaborando mucho menos las excusas 
para no ir a buscarla al trabajo o a la Facultad, se vio en la necesidad de enfrentar- 



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El Hermano de Pablo 


lo. Cuando le preguntó lo que sucedía Javier le confesó que no estaba seguro de 
querer seguir, que no creía que pudiera darle lo que ella quería, que estaba pasan¬ 
do por un período muy difícil y precisaba estar solo para ordenar sus ideas. Vio 
entonces como a Claudia se le iba alterando el rostro mientras iba hilvanando sus 
inconvincentes explicaciones, cómo no pudo reprimir algunas lágrimas que en¬ 
seguida se secó con el dorso de la mano, y cayó en la cuenta que aquel sufrimien¬ 
to silencioso lo estaba afectando y había tenido la virtud de hacerlo sentir como 
un criminal, por más que en ningún momento ella le recriminó nada y sólo le 
había preguntado si lo que le pasaba se debía a que ella siguiera militando, a lo 
que él había contestado, sin faltar a la verdad, que no tenía nada que ver. Lo cierto 
es que al verla tan triste, con un temor angustioso asomando en sus ojos que 
seguían preguntando sin que ella hablara, su determinación de dejarla, que era 
sólida, se había debilitado y al final había terminado proponiéndole una solución 
de compromiso: no romperían definitivamente pero ella le daría un tiempo para 
aclarar su mente, por lo tanto de ahí en más no se verían todos los días pero se 
llamarían por teléfono y los fines de semana tratarían de estar juntos; pasado un 
tiempo prudencial evaluarían la situación antes de tomar una decisión. En suma, 
Javier, sin premeditación, para herirla menos, había dejado para ella una esperan¬ 
za que se iría diluyendo misericordiosamente con el correr de los días, sabiendo 
ya que en su interior estaba decidido el fin de la relación. Por lo pronto, incum¬ 
pliendo su parte del trato, hacía tres semanas que la eludía, y ella, a su vez, dejan¬ 
do de insistir había dado a la separación la calidad de un hecho. 

Después de la clase caminó hasta la parada de autobuses. Estaba oscure¬ 
ciendo y unos espesos nubarrones se iluminaron brevemente con zigzagueantes 
relámpagos. Marzo había sido un mes lluvioso y en la esquina el vendedor de 
diarios protestaba por el mal tiempo y la vida en general. Era un hombre bajo y 
encorvado de unos sesenta años, muy desaliñado que parecía odiar al mundo y 
disfrutaba metiéndose con la gente. Hablando solo sentenció que el clima estaba 
cambiando y que ya no había diferencia entre las estaciones; luego refiriéndose a 
algunos estudiantes con el pelo largo, agregó que tampoco entre hombres y mu¬ 
jeres. Inmediatamente voceó que un hombre había matado a su ex esposa y a su 
concubino de varios balazos, y murmurando por lo bajo se dedicó a observar con 
ojos libidinosos a una llamativa estudiante que conversaba con otra más pequeña 
y gordita. Javier que a su vez se fijó en la muchacha notó que ella no sólo le había 
devuelto la mirada, ignorando al diarero, sino que mientras estuvo en la parada le 
sonrió varias veces en tanto susurraba algo en los oídos de su amiguita entre 



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gestos de complicidad. Pensó en la cantidad de posibilidades de conocer mujeres 
que tendría de ahora en adelante si se ponía a salvo del error de buscar en cada 
una algo definitivo. A lo lejos apareció un decrépito autobús desbordado de gente 
que se acercó a la parada disminuyendo la marcha, pero al no bajar nadie el 
conductor en vez de parar, haciendo caso omiso a sus señas volvió a acelerar 
obligándolo a correr para colgarse de la baranda trasera. Empujado y estrujado 
por los que bajaban y subían, después de quince minutos eternos bajó del autobús 
justo cuando empezaba el chaparrón. Cruzó a la carrera la plaza y entró en el hall 
de su edificio. Apenas entró en el apartamento su madre le salió al encuentro con 
cara de pocos amigos. 

-Hay una señora que quiere verte. La madre de Claudia. Algo le pasa a esa 
mujer -dijo su madre con acritud-. Hace un cuarto de hora que te está esperando. 
La hice pasar y traté de ser amable con ella, pero está muy nerviosa, respondió a 
todos mis intentos con monosílabos. 

Cuando su madre se apartó para dejarlo entrar en la antesala del living, de 
lejos pudo ver a la mujer que estaba de espaldas a él acurrucada en el sillón en 
que su padre se sentaba todas las noches a resolver crucigramas. Tenía los brazos 
acodados en sus rodillas y el mentón apoyado en las palmas de las manos. Así 
como estaba, encorvada, rotaba la cabeza de un lado a otro con movimientos 
saltarines, mirando a su alrededor de una manera que muchas veces le había visto 
a Claudia. Al notar su presencia se incorporó y en vez de besarlo le extendió 
secamente la mano derecha. 

-Los milicos la fueron a buscar a casa... hace diez días; revolvieron todo, 
se llevaron papeles, libros, un anillo de oro de mi madre... -dijo precipitadamen¬ 
te, todavía de pie, después que se retiró su madre-. Menos mal que Claudia estaba 
en Buenos Aires con su padre... Parece un milagro que justo ahora, cuando hace 
dos años que no se comunica, les escribiera a sus hijas invitándolas a visitarlo. 
Rita no quiso ir. 

Aquella mujer tenía unos hermosos ojos grises que ahora brillaban con 
una notoria expresión de dureza. La vida no había sido buena con ella y tal vez 
consideraba que sus sufrimientos le otorgaban autoridad para juzgar a los demás. 
En su caso particular era evidente que el veredicto le había sido adverso: era 
culpable; culpable por hacer sufrir a su hija, y además culpable por las futuras 
palabras y acciones que ella sin duda ya le habría atribuido. La noticia era lamen¬ 
table y le preocupaba, ¿pero ella a qué había venido? ¿Para hacerlo recapacitar? 



116 


El Hermano de Pablo 


Se sentó frente a la mujer que no dejaba de mirarlo fijamente. Durante algunos 
minutos ninguno de los dos habló. “¿Qué pretenderá que yo le diga?... ¿qué quie¬ 
re que haga? Si pretende que me sienta obligado de algún modo con Claudia no 
lo va a conseguir. Está equivocada su piensa que voy a entrar en ese juego.” 

-Siéntese, por favor -le dijo Javier. 

-No gracias. Ya me voy -le dijo la mujer con voz tajante. 

-Y Claudia, ¿cómo se siente? -preguntó Javier. 

-Ella está mal. Además no puede confiar en el respaldo de su padre -prosi¬ 
guió la mujer con una mueca despectiva, tironeándose del vestido hacia las rodi¬ 
llas-, Te habrás enterado que hace unos pocos días los militares argentinos toma¬ 
ron el poder y la situación puede volverse peligrosa para ella. Por ahora no tiene 
otra opción, debe quedarse allá. -La mujer hizo una pausa elevando sus ojos 
penetrantes para buscar los de Javier-. Bueno no te molesto más... Claudia me 
pidió, me rogó que no viniera a verte, pero a mí me pareció que tenías que ente¬ 
rarte, que te interesaría saberlo... -dijo por último, y sin esperar a que Javier 
hablara, masculló que estaba apurada y abruptamente dio media vuelta y em¬ 
prendió la marcha hacia la puerta con un gesto que expresaba que era inútil per¬ 
der el tiempo con él. Javier la alcanzó y la acompañó al ascensor, sorprendido y 
con una indignación creciente por la forma inusual de comportarse de la mujer. 
“No es justo. Todo es tan desmesurado que parece que estuviera actuando.” La 
madre de Claudia esta vez ni siquiera le estrechó la mano, musitó un adiós y 
desapareció en el ascensor. Al regresar al living su madre lo estaba esperando y 
no tuvo más remedio que contarle lo sucedido. 

-Es increíble. Así que seguía militando con los comunistas. ¡Qué inconscien¬ 
cia Dios mío! Te podía haber comprometido. Además esa mujer, su madre, ¿quién 
se creerá que es para venir acá con esos modos? Tiene ojos de loca. Mirá de la 
que salvaste si seguías con esa gentuza. Ahora te pido encarecidamente que no 
pienses más en este asunto. Vos y Claudia ya habían roto, ¿no es verdad? Ella 
tiene una familia que la va a ayudar y vos tenés toda una vida por delante -le dijo 
su madre y le acarició una mejilla mirándolo a los ojos con momentánea preocupa¬ 
ción. 


-No te preocupes mamá. Todo va a estar bien -dijo Javier sonriéndole. 

-Menos mal que ya no sos el mismo incauto de antes -dijo su madre suspi¬ 
rando aliviada. Murmurando que se iba a ocupar de la cena, dio media vuelta y 



Rafael Marías 


117 


salió rumbo a la cocina dejando a Javier pensativo. 

Cinco días más tarde el portero le entregó una carta de Claudia que decía: 
“Antes que nada quiero aclararte que no te escribo para hablar de nosotros, ni con 
la intención de presionarte de ninguna forma puesto que me doy cuenta que tu 
decisión está tomada y la respeto. Pero como mamá me dijo ayer por teléfono que 
pensaba ir a verte -y sé que va a ir a pesar que le pedí por favor que no lo hiciera-, 
conociéndola me imaginé que cabía la posibilidad de que se desubicara y no 
fuera muy cortés contigo (no sé por qué cuando le conté que no seguiríamos 
juntos porque era claro que vos no querías, se lo tomó poco menos que como una 
afrenta personal y terminamos peleadas porque empezó a criticarte y de paso 
también a tu familia. Hasta a Rita, que no tuvo una buena experiencia con tu 
hermano, le pareció fuera de lugar). Espero que si esto sucede la sepas perdonar, 
ella no está bien de los nervios últimamente y cualquier nueva preocupación la 
descompensa y le impide actuar con equilibrio. No le hagas caso. Por lo demás 
espero que te encuentres bien, a esta altura me imagino que ya habrás empezado 
con los cursos de Facultad; ojalá que te sientas a gusto. Yo por mi lado estoy 
viviendo una situación bastante embromada. Mi vida cambió de un momento a 
otro drásticamente y ahora me tengo que hacer a la idea que no puedo volver a 
Montevideo quién sabe por cuanto tiempo (pero podrían ser muchos años). A 
esto debo agregarle que aquí el ambiente no es el mejor para mi condición de 
“sediciosa”. Son insistentes los rumores de Golpe de Estado y todo el mundo 
presiente una catástrofe en cualquier momento. Hoy mismo se han visto tanques 
en las calles, así que no me extrañaría que ya se hubiera concretado. Tal vez 
cuando esta carta te llegue ya tengamos una nueva dictadura en América Latina. 
Yo trato de no pensar en las consecuencias de una escalada militar, pero el pano¬ 
rama se complicaría mucho para todos los uruguayos que están acá. De cualquier 
forma, como dicen, al mal tiempo buena cara. Por lo pronto, ya que me tengo que 
quedar, me propongo no ser una carga para nadie y ya he empezado a buscar 
trabajo aunque está difícilísimo, con la desocupación que hay. Lamentablemente 
mi padre, en vez de ayudarme, después que le di la noticia que no puedo volver, 
ha cambiado como del día a la noche. Estos últimos días no ha perdido ocasión 
para quejarse amargamente que no gana lo suficiente para mantenerme y ayer 
tuvo el caradurismo de decirme que lo mejor que podría hacer sería volver a 
Montevideo y presentarme ante los militares porque según él de esa forma me 
perdonarían. Por supuesto que esa no es una opción válida, sería suicida y no lo 
pienso hacer, pero es penoso descubrir en la clase de persona en que se ha conver- 



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El Hermano de Pablo 


tido mi padre. Menos mal que aquí también he conocido gente fantástica que me 
ha ofrecido su ayuda incondicional y de alguna manera voy a salir adelante. Bue¬ 
no, me despido, Javier. Cariños. Claudia”. 

Sin dar señales de que algo hubiera alterado su forma de vida, Javier siguió 
normalmente con sus actividades y nadie notó que se hubiera producido algún 
cambio en su conducta. Veinte días después de haber recibido la carta de Claudia 
(de la que nadie se enteró por haberla tomado directamente del portero), a eso de 
la una y media de la tarde se quedó solo en el apartamento. Sabía, desde que su 
madre se lo comentó días atrás, que en el placard del escritorio de su padre, en un 
cofre para documentos, había cuarenta mil dólares fruto de la venta de la lana. El 
doctor había preferido no depositarlos en el banco por temor a una hipotética 
medida del gobierno sobre las cuentas en dólares y sin ningún recelo los había 
puesto allí. El ómnibus para el departamento de Colonia que hacía combinación 
con el Ferry partía a las dos y media de la tarde. En la mañana, con un dinero que 
tenía de reserva, había comprado el pasaje y llamado por teléfono a una sorpren¬ 
dida madre de Claudia para que le avisara a ésta de su llegada. Lo tenía todo bien 
madurado. Con una de las llaves de un gran manojo abrió el placard y forzó 
fácilmente el cofre con un destornillador. De uno de los cuatro fajos que había 
sacó veinte lustrosos billetes de cien que colocó en el bolsillo de su pantalón. 
Enseguida cerró con llave el placard y salió a la calle para ir a cambiar algunos 
dólares en moneda argentina. Cuando volvió eran las dos menos diez y el aparta¬ 
mento como esperaba seguía solitario. Su madre, que había almorzado con él a 
las doce, se había marchado a la casa de una amiga porque era su día de bridge. 
Su padre había avisado el día anterior que no lo esperaran hasta la noche porque 
tenía un día muy agitado en el Estudio. Pablo estaba en Punta del Este en la casa 
del flaco Marcelo y la empleada hacía días que faltaba por un hijo accidentado en 
una moto que debía cuidar. Arrancó una hoja de block y escribió escuetamente 
con letras mayúsculas: “PAPA. ME VOY A BUENOS AIRES. SAQUÉ DOS MIL 
DÓLARES DEL PLACARD. TE LLAMO EN CUANTO PUEDA. JAVIER”. 
Dobló la hoja a la mitad y la metió en un sobre blanco que cerró usando su saliva 
para pegar la parte engomada. Inmediatamente dejó el departamento y corrió por 
las escaleras hacia el piso de abajo donde vivía una solterona que fue compañera 
de colegio de su madre. Se le había ocurrido que, aunque fuera muy improbable, 
por un imprevisto podía llegar alguien de su casa antes de lo calculado y tratar de 
impedir su viaje enseguida de leer la nota. Dejándosela a la vecina ésta recién la 
entregaría a última hora de la tarde o en la noche. ¿Era demasiada precaución? 



Rafael Marías 


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¿Quién iba a correr detrás del ómnibus o a denunciarlo a la policía para que el 
Ferry no saliera del puerto de Colonia? Nadie, sería absurdo, pero de todas mane¬ 
ras no estaba de más, necesitaba estar seguro. “Isabel, me voy con unos amigos y 
no vuelvo a dormir a casa. Como no están mis padres y no pude avisarles te dejo 
esta nota para que se las alcances esta noche”. La mujer miró el sobre con extra- 
ñeza pero le ahorró tortuosas explicaciones al no preguntarle por qué no lo dejaba 
en su apartamento en vez de en el de ella, ni la causa por la cual si se trataba de 
una inocente esquela la había introducido en un sobre cerrado. Por el contrario, le 
contestó amablemente que no había problema, y a continuación Javier tuvo la 
explicación de por qué la solterona no había reparado en aquellos detalles: estaba 
afligida por su salud. No bien se metió el sobre en uno de los bolsillos de su 
vestido, pasó a referirle lo que era su mayor preocupación en esos momentos, ni 
más ni menos que la historia de un dolor que sentía desde ayer y que ella pensaba 
que podía ser el nervio ciático, ya que había tenido problemas de columna hacía 
diez años y los médicos le diagnosticaron una probable hernia de disco, pero 
después le dijeron que era reuma y le habían recetado unos medicamentos que lo 
único que consiguieron fue arruinarle el estómago dejándole el dolor intacto. Por 
suerte ella, siguiendo los consejos de una amiga, fue a una yuyería y se curó de un 
día para el otro con un preparado de yerbas fantástico. ¿Qué opinaba él que estu¬ 
diaba Medicina? ¿Volvería a tomar aquel preparado mágico o le convenía estu¬ 
diarse por si el dolor ocultara un problema de fondo más serio? De vuelta en el 
departamento, después de dejar perpleja a la solterona diciéndole que no enten¬ 
día nada de Medicina y además aquel mismo día había abandonado sus estudios, 
se metió en su cuarto, abrió el ropero, tomó una pequeña valija de cuero ya prepa¬ 
rada con su equipaje, y se puso un saco cuyos bolsillos revisó para comprobar 
que tenía los documentos, el pasaje y la billetera donde guardó los dólares que 
tenía en el bolsillo del pantalón. Antes de salir del departamento, se miró en un 
espejo colgado en el living como para constatar que era él efectivamente el que 
estaba protagonizando aquellos acontecimientos que hacían latir con tanta fuerza 
su corazón. Ya eran las dos y cuarto. Las cuatro cuadras que lo separaban de la 
terminal las atravesó corriendo, valija en mano. Después, mientras se acomodaba 
en el asiento del ómnibus tuvo un breve estremecimiento al pensar en la reacción 
de su familia cuando se enteraran: en el golpe y la decepción que sufriría su 
padre, en la angustia y el desconsuelo de su madre, en lo que diría Pablo. Pero 
todo eso pasaría, lo superarían. Dentro de unas horas, cuando cualquier integran¬ 
te de su familia volviera, él ya estaría cruzando el Río de la Plata por primera vez 
desde que sus padres los habían llevado a él y a Pablo de niños, o quizás ya 



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El Hermano de Pablo 


hubiera llegado a Buenos Aires. La vida podía ser maravillosa, no cabía duda; no 
dependía más que de uno mismo que así lo fuera. Solamente se requería estar 
dispuesto y alerta para actuar con decisión cuando la oportunidad se presentara, y 
para él, finalmente, había llegado ese precioso momento. 



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Capítulo VI 


Había anochecido cuando el Ferry llegó al puerto de Buenos Aires. La 
gran ciudad imponía su presencia perfilando sus múltiples edificios ya ilumina¬ 
dos, mientras Javier experimentaba, por primera vez desde que salió por la puerta 
de su apartamento, todo el peso de la incertidumbre y algunas dudas que en for¬ 
ma inoportuna comenzaban a aflorar. Para combatirlas, se dijo que no dejaba de 
ser perfectamente natural que se encontrara algo nervioso, pero que lo importan¬ 
te era tener presente que, después de tantos años en los que había actuado como 
un ciego empujado por una multitud de ideas y emociones confusas, estaba expe¬ 
rimentando la inigualable sensación de estar dirigiendo su propia vida. Por este 
sentimiento bien valía la pena cualquier sacrificio y se hacía soportable esa ligera 
angustia que sintió al arrimarse el barco a tierra. Antes de pasar por la Aduana, 
Javier divisó a Claudia del otro lado de una barandilla agitando sus manos junto 
a otras personas que también saludaban. Su pelo rubio estaba recogido con un 
prendedor en la nuca, y llevaba puesto un vaquero y una blusa blanca sin mangas; 
de su hombro derecho colgada una cartera azul que bailoteaba con el movimiento 
de los brazos. Apenas dejó los controles de emigración llegó hasta él y lo abrazó 
con lágrimas en los ojos. Él la abrazó a su vez y sintió una fuerte emoción, mucho 
mayor de la que hubiera podido imaginar. 

-¿Cómo andás? -preguntó Claudia mirándolo como si dudara que fuera él. 

-Bien... -contestó Javier sonriéndole- ¿Nos sentamos a tomar algo? 

-¡Qué sorpresa, Javier! -dijo Claudia recuperada, después que pidieron re¬ 
frescos-. Cuando mamá llamó hoy para avisarme no lo podía creer. 

-Aquí estoy y te voy a pedir un favor: no me preguntes mucho más porque 
no me está permitido hablar -susurró Javier con seriedad. 

-¿Por lo menos podés decirme a donde vas a quedarte? -preguntó Claudia 
sin inmutarse. 

-Todavía no me ha sido revelado, pero mientras no lo hagan creo que reco¬ 
rreré unas cuantas plazas buscando un buen banco -dijo Javier en el mismo tono 
y entonces los dos se echaron a reír. 



122 


El Hermano de Pablo 


-De casualidad, ¿no se te ha ocurrido pensar hasta ahora que estoy un poco 
loco viniendo así... tan de repente? -pensó Javier. 

-No, no... pero es cierto que no me lo esperaba... aunque pensándolo bien 
tengo que admitir que siempre sospeché que estabas un poco chiflado -dijo Clau¬ 
dia radiante-. Yo estoy con mi padre viviendo en un hotelucho, si querés puedo 
preguntar si hay lugar, pero no creo que te guste. 

Javier le respondió que de pronto esa noche sería mejor que durmiera en 
cualquier hotel del centro y por la mañana lo pensaría. Claudia no dejaba de 
sonreír, su cara y sus brazos lucían tostados por el sol, estaba hermosísima. En 
ese instante Javier se dio cuenta de algo elemental que parecía habérsele escapa¬ 
do en la vorágine de ideas y sentimientos que precedieron a la resolución que lo 
trajo allí: esa muchacha que tenía enfrente y lo miraba con una sonrisa tan dulce 
que podría derretir las piedras, era la única persona que conocía en aquella ciu¬ 
dad, y por más que la pasión no hubiera sido la causa de su viaje, sólo porque 
estaba ella había venido. No podía negar lo agradable que le había resultado 
volver a verla y sobre todo se sentía agradecido por el tacto con que lo había 
recibido. Se imaginaba lo chocante que hubiera sido verla armar un melodrama o 
que se hubiera mostrado recelosa, vengativa, o mucho peor, indiferente. Sin em¬ 
bargo lo estaba tratando con el afecto de siempre, con la misma atención, con la 
tozuda e indisimulada fe nunca vencida en que aún existía una oportunidad para 
ellos. ¿Su madre fue insolente con él?, sí, ya se lo imaginaba, hoy cuando la 
llamó por teléfono para avisarle que él venía tuvieron una discusión porque le 
había pedido encarecidamente que no fuera a verlo. No había pasado nada, Clau¬ 
dia, sólo estaba un poco alterada, pero no hubo ningún escándalo, nada que la¬ 
mentar. ¿Y ella salió requerida por comunista en la tele?, ¿su foto apareció con la 
marchita de las Fuerzas Conjuntas? No, y no creía que fuera a pasar, de todas 
maneras no le convenía volver. Sí, eso es lo que ella pensaba también; era muy 
triste no poder regresar a su propio país y estar en otro donde tampoco podía estar 
muy confiada. ¿Tan feas estaban las cosas por allí? Muy difíciles, Javier; después 
del golpe de Estado se había desatado una ola de terror represivo y cualquiera con 
antecedentes sin importar de donde viniera estaba expuesto a lo peor. Que se 
quedara tranquila, si a ellos nadie los conocía, que no se dejara asustar por los 
alarmistas de siempre; ¿qué le parecía si ahora iban al Centro, él buscaba un 
hotel, dejaba la valija y la invitaba comer algo? 

En la misma entrada de la terminal se subieron a un ómnibus que los dejó 



Rafaet Marías 


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en plena Avenida Corrientes. A pocas cuadras de allí se toparon con un hotel dos 
estrellas que a Javier le pareció justo lo que estaba buscando. Sin pensarlo dos 
veces se inscribió dejando la valija en una pequeña habitación en el cuarto piso 
que olía a detergente. Sin demorarse más que para abrir la ventana que daba a la 
calle, bajó a la recepción donde Claudia lo esperaba y caminaron por el Centro de 
una ciudad de la que él recordaba muy poco ya que tenía nueve años cuando sus 
padres lo trajeron. Había poca gente en las calles y era natural porque era lunes; 
les inspiró temor la presencia de los vehículos militares estacionados o patrullan¬ 
do las calles que ya habían visto desde el autobús. Mientras caminaban Javier le 
contó a Claudia del dinero que había traído y no le ocultó el modo como lo con¬ 
siguió dejándola boquiabierta. Al llegar a la calle Lavalle entraron en un bar que 
ocupaba dos pisos en una esquina con la intención de comer algo, pero cuando 
acudió el mozo descubrieron que la excitación les había sacado el hambre y pi¬ 
dieron solamente unos cortados. 

-Todavía me cuesta creerlo. No quiero ni pensar cómo estarán en tu casa, 
lo que van a decir... Seguro que me van a echar la culpa -dijo Claudia, y ensegui¬ 
da de una corta pausa sonrojándose prosiguió-. Sé que no viniste por mí, pero me 
gustaría dejar en claro que no quise presionarte cuando te escribí, fue por lo que 
me dijo mi madre, sólo quería... 

-No tenés que explicarme nada, Claudia. Fue algo que decidí libremente - 
la interrumpió Javier-, Simplemente se dieron las circunstancias... y aunque no 
sé exactamente lo que voy a hacer, eso no es lo importante sino haber tomado la 
decisión. Sé que en el correr de los días se me irán aclarando las cosas. 

-Supongo por lo que decís que querés quedarte -dijo Claudia con cautela- 
. Vos ya sabés que acá el ambiente no es bueno y lo más seguro es que empeore. 
Es difícil entender que no tuvieras ningún proyecto en mente al venir. 

-Simplemente no quería seguir con la vida que llevaba. Viniendo aquí me 
pareció que estaba dando el paso definitivo para dejarla atrás -dijo él, y como se 
sintió incómodo tratando de explicarse decidió cambiar de tema preguntándole 
cómo iba la relación con su padre. 

Claudia le repitió lo que ya le había contado en su carta agregándole algu¬ 
nos detalles. Su padre, después de enterarse que no podía volver a Montevideo 
por causas políticas la sorprendió cambiando la amabilidad y el cariño del princi¬ 
pio por el hostigamiento actual para obligarla a volver. Si tuviera alguna posibi¬ 
lidad ya se hubiera marchado del hotel, pero mientras tanto trataba de no encon- 



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El Hermano de Pablo 


trarse con él y seguía buscando un trabajo que le permitiera independizarse. Su 
madre la última vez que se comunicaron por teléfono le había dado la dirección 
de un primo que tenía un puesto muy importante en una editorial y mañana pla¬ 
neaba ir a entrevistarse con él. Le aseguraba que todavía no podía adaptarse al 
giro tan brusco que había dado su vida, además le dolía mucho la actitud de su 
padre al que ella había defendido a pesar de todo. Ahora comprendía que era un 
hombre enfermo. Estaba obsesionado con el dinero. Según él había recibido una 
oferta de trabajo y estaba ahorrando hasta el último peso para irse a Estados 
Unidos. Casi lloriqueó al decirle que ésta representaba su última oportunidad de 
levantar cabeza. Puro teatro, Javier, porque más allá de la veracidad de su histo¬ 
ria, que aunque fuera cierta tampoco lo justificaba, también podían ser verdad los 
rumores escuchados en el hotel de su vuelta a las andadas, es decir al juego otra 
vez rompiendo con años de abstinencia. Era solo cuestión de tiempo que dejara 
de pagarle el hotel y entonces sí que no sabría lo que iba a hacer. Por suerte, como 
le dijo en la carta, había hecho amigos entre los inquilinos e incluso se había 
contactado con camaradas de la Juventud Comunista, en su misma situación, que 
le ofrecieron ayuda y la mantenían informada sobre la marcha de los aconteci¬ 
mientos tanto en Uruguay como en la Argentina. Le comentó otra vez de la vio¬ 
lencia indiscriminada que estaba usando el régimen militar contra todo tipo de 
oposición, del temor generalizado que existía, y Javier, que quería evadirse de 
esos temas y no aceptaba sentirse amenazado por una situación que le parecía a 
esa altura totalmente ajena, la interrumpió y le propuso que ya que no tenían 
hambre y tampoco era tarde, ¿por qué no aprovechaban para dar una vuelta?... o 
se le ocurría algo mejor, ¿por qué no iban al cine?; de pasada, mientras venían 
caminando, vio en una sala que estaban dando “El extranjero”, con Marcelo 
Mastroiani, uno de sus actores preferidos, y como había leído la novela que en su 
momento lo impactó, tenía muchas ganas de ver la película. A Claudia le pareció 
bien, también ella necesitaba distraerse. Cayó en la cuenta que con la presencia 
de Javier los disgustos de las últimas semanas le pesaban menos y la había gana¬ 
do una inexplicable confianza, como si con él allí nada malo pudiera pasar. Des¬ 
de el bar sólo tuvieron que caminar dos cuadras para llegar al cine y la suerte los 
acompañó porque estaba a punto de empezar la función. En el cine eran ellos y 
unas diez personas más mirando el film, y mientras duró sus pensamientos estu¬ 
vieron muy lejos de cualquier preocupación. Cuando salieron faltaban quince 
minutos para las doce y Claudia de improviso se puso pálida y empezó a rebuscar 
ansiosamente en su cartera. Sería posible que hubiera perdido las llaves..., no, no, 
pero si las había dejado en el hotel, sí, estaba segura, si no recordaría haberlas 



Rafael Marías 


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sacado de la cómoda donde habitualmente las guardaba. Se tenían que apurar, 
Javier, sino la encargada que odiaba a su padre y asimismo a ella de paso, no le 
abriría. A todo esto apareció un taxi y Javier sin vacilar lo paró pensando que era 
lo más rápido y seguro teniendo en cuenta el control militar que habla en las 
calles. En unos minutos se detuvieron ante una puerta pintada de verde, donde 
Claudia descendió y tocó el timbre. Tuvo que hacerlo varias veces antes de que 
una anciana menuda acudiera a abrirle. 

-¿No sabe la hora que es señorita? -dijo la anciana con tono amenazante. 

-Alrededor de las once de la mañana me doy una vuelta. ¿Vas a estar? -le 
gritó Javier desde el taxi. 

Claudia alzó igualmente su voz para decir que si, que bárbaro, y haciendo 
oidos sordos a las protestas de la mujer lo despidió agitando ligeramente una 
mano y entró. 

Javier volvió en el taxi a su hotel. Ya en su habitación cerró la ventana 
dejando las cortinas descorridas, se desvistió deprisa, se puso una camiseta que 
sacó de la valija, y se acostó. Se encontraba agotado pero le costaba dormirse por 
la cantidad de sensaciones, pensamientos, emociones que se agolpaban a flor de 
piel demandándole atención. Finalmente consiguió dominarse y en la antesala 
del sueño, todavía apegado al cuarto del hotel pero sintiendo que se alejaba a 
zonas más imprecisas, se vio envuelto por una luz cegadora, que confundió en un 
principio con la bombilla de luz que colgaba del techo, pero cuando su claridad 
incendió la habitación hasta hacerla desaparecer, era él el que, como el protago¬ 
nista de la película, se encontraba en la arena, a orillas del mar, abrasado por un 
implacable resplandor que parecia disolver el mundo, obnubilado por un tremen¬ 
do bochorno, incorporado en un sueño donde se miraba a si mismo realizar actos 
caprichosos con voluntarioso optimismo, sintiéndose una victima más de aquel 
sol despiadado. Sin solución de continuidad le pareció despertar varias veces del 
mismo sueño, pero siempre en el dormitorio de su niñez, en la casa de la Aduana, 
pensando que su madre abriría la puerta de un momento a otro para levantarlos a 
Pablo y a él para ir a la escuela. Cuando se despertó realmente la luz del día 
entraba a raudales por la ventana. Su reloj le dijo que eran casi las diez; afuera se 
escuchaba amortiguado el poderoso ruido de la ciudad empeñada ya en un verti¬ 
ginoso ajetreo. Tuvo que aguardar inmóvil unos minutos hasta que los últimos 
vestigios del sueño se evaporaron de su cuerpo y con determinación saltó de la 
cama y se dedicó a la rutinaria tarea de bañarse, afeitarse y vestirse haciéndolo 



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El Hermano de Pablo 


todo con la mayor rapidez. No bien estuvo listo bajó en el ascensor y salió del 
hotel luego de dejar las llaves en la recepción. En la acera de enfrente se metió 
por la boca de un subte y siguiendo las instrucciones que Claudia le dio durante el 
trayecto en el taxi el día anterior, se subió a un tren, luego bajó y recorrió un 
túnel, y seguidamente tomó otro tren que lo llevó a una terminal donde finalmen¬ 
te salió a la luz del día a media cuadra del hotel con la puerta verde. Lo atendió la 
misma anciana rezongona que le indicó con un gesto de fastidio que esperara en 
la recepción. Cuando Claudia llegó vestida elegantemente con polleras y una 
camisa de seda, sonriéndole con afecto lo invitó a sentarse en un apolillado sofá. 

-Ahora voy a ir a ver al primo de mi madre a la editorial. ¿Me acompañás? 
-le preguntó Claudia. 

-Mirá en realidad no sé... tengo muchísimas cosas que hacer hoy y no creo 
que me dé el tiempo... -dijo Javier y Claudia lo empujó suavemente con una 
mueca y los dos se rieron frente a la iracunda mirada de la encargada. 

Fuera del hotel se dirigían a la entrada del subte cuando Javier la detuvo en 
la vereda tomándola de un brazo. 

-Claudia, te quiero hacer una pregunta que de hecho es una proposición. 
¿Vos te irías a vivir conmigo? 

Ella se había detenido y lo estaba mirando con expresión severa como para 
demostrarle que si era una broma se estaba pasando de la raya. Pero no era una 
broma. Javier lo había estado meditando durante el viaje en el subte y al principio 
había desechado de plano la idea por irresponsable, pero casi enseguida se había 
dado cuenta que era eso y no otra cosa lo que quería hacer. Era como si repentina¬ 
mente lo hubiera visto todo con claridad. La vida de los dos había sufrido cam¬ 
bios muy importantes y estaban solos en aquella ciudad, por lo tanto se necesita¬ 
ban el uno al otro. Además la situación era tan diferente, tan nueva que el porve¬ 
nir ya no se le presentaba como una suerte de aburrimiento, como una irremedia¬ 
ble y lenta decadencia, sino que estaba repleto de incertidumbres y desafíos que 
hacían que sus sentimientos por ella se hubieran reavivado. Por más que era cons¬ 
ciente que no era posible que entre los dos existiera lo mismo que al principio, 
que nada se mantenía igual, las emociones no eran tan simples ni lineales, sino 
complejas y muchas veces contradictorias. Hasta no hacía mucho hubiera des¬ 
confiado de estos impulsos, se hubiera preguntado mil veces si era justo o conve¬ 
niente lo que iba a hacer, pero ahora estaba dispuesto a seguirlos sin vacilar. Al 
fin de cuentas para eso había venido. Hubiera sido una estupidez haber hecho el 



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esfuerzo por cambiar, haber dejado atrás las ventajas de su medio, si no podía 
seguir libremente lo que le dictaban sus instintos, si por debilidad volvía a impo¬ 
nerse nuevas reglas que lo hicieran sentirse como un transgresor cada vez que las 
desobedecía. 

-¿Qué te parece si tomamos algo y lo hablamos? -dijo Javier al ver que 
Claudia estaba perturbada y no le contestaba. 

-¿Vos estás seguro de lo que me estás pidiendo? -dijo Claudia que mante¬ 
nía su expresión seria después que se sentaron en el único sitio que quedaba 
frente al mostrador de un bar, a pocos metros de la entrada del subte-. Si estába¬ 
mos prácticamente separados hasta que apareciste. Si es por mi situación ya te 
dije que conmigo no tenés ninguna obligación. Además ya no tengo más remedio 
que quedarme... Lo que quiero decir es que tu caso es totalmente diferente al mío 
y no tenés que arriesgarte a pasarla mal lejos de tu casa. 

-Pero yo no voy a volver. No entendés que no es un capricho ni lo hago por 
obligación -dijo Javier con viveza, tomándola de las manos-. En Montevideo era 
diferente, pero acá estoy en una condición que nunca hubiera imaginado. Allá me 
sentía prisionero y mis sentimientos respondían a esa realidad. Acá sólo estamos 
los dos, sin interferencia y todo depende de nosotros. 

-Vos sabés lo que yo siento. Me dolió la separación, mucho, pero no te 
guardé rencor -dijo Claudia con los ojos humedecidos-. No creas que no sé lo que 
quiero, pero me asusta la idea. Hay algo en vos que se me escapa, algo que de 
pronto por haber sido muy esquemática o simplista no fui capaz de darte... Pero 
supongo que tenemos que intentarlo. Siempre pensé que merecíamos otra opor¬ 
tunidad. Por otro lado no me perdonaría nunca si me negara, si no me arriesgara. 

Aquel día no fueron a lo del pariente de Claudia sino que estuvieron hasta 
la noche buscando un lugar para alquilar. ¿Qué iban a esperar? A su padre ella le 
diría que se mudaba a lo de una amiga y estaba segura que no sólo no se opondría 
sino que ni se molestaría en comprobar si era verdad. Después que consiguieran 
alojamiento, ¿no sería lo mejor enviarles a sus padres la dirección, Javier? Él le 
contestó que prefería esperar un poco más pero ella insistió; no tenía que olvidar 
lo angustiados que debían estar y ese mínimo gesto les daría la tranquilidad de 
saber por lo menos donde localizarlo. Era fundamental buscar un lugar barato 
porque mientras no consiguieran trabajo debían cuidar los dólares, había prose¬ 
guido Claudia, por suerte el cambio los favorecía y aquel dinero les duraría unos 
meses si no lo malgastaban. Javier, que había comprado un diario, anotó, eligién- 



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El Hermano de Pablo 


dolas al azar, unas diez direcciones de pensiones en diversos barrios, y durante el 
resto de la mañana y toda la tarde se dedicaron a visitarlas una por una ayudados 
por un plano de la ciudad. La búsqueda les resultó mucho más trabajosa de lo que 
esperaban. La mayoría de las direcciones estaban lejos unas de otras y perdían 
mucho tiempo en llegar. Algunos lugares eran muy buenos pero demasiado ca¬ 
ros, otros verdaderos tugurios, y los que podían servirles estaban completos. Ya 
se encontraban a punto de desistir y dejar la búsqueda para el próximo día, cuan¬ 
do un chileno que vivía en la última pensión que visitaron les habló de una por 
Flores. Les contó que vivió durante un año allí antes de mudarse a un lugar más 
cerca de su trabajo, que era un sitio aceptable donde los dueños era bastante 
buena gente y les dio una nota de recomendación. Llegaron cuando anochecía. 
La pensión estaba a pocas cuadras de la Avenida Rivadavia en un barrio de clase 
media, y aunque era modesta estaba en un buen punto y parecía un lugar familiar, 
acogedor. Los dueños eran un matrimonio gallego de mediana edad. La mujer, 
que fue quien los recibió, era baja y regordeta, de ojos vivaces y mejillas sonro¬ 
sadas que le daban un aspecto infantil. Luego de leer la nota del chileno, les dijo 
amablemente que estaban de suerte porque acababan de dejar una pieza libre. 
Enseguida apareció su marido que también era corto de estatura pero el doble de 
gordo. Les estrechó blandamente le mano, y, después de mirarlos con descon¬ 
fianza y preguntarles si eran mayores de edad, les enseñó una habitación amplia 
cuya vieja puerta pintada de marrón oscuro y una ventana con persiana daban a 
un pequeño patio con ropa colgada de algunos alambres. Tenía baño, olía a lim¬ 
pio y las paredes y el techo estaban inmaculadamente pintados de blanco sin las 
manchas de humedad y el deterioro que habían visto en otros lugares. No estaba 
nada mal, comentaron. El precio tampoco era muy elevado, así que sin pensarlo 
más, le mostraron al hombre los documentos y tomaron la pieza pagando un mes 
por adelantado. 

Esa misma noche, sin tomarse descanso, cerraron con llave la habitación, 
enseguida de pagarle al dueño, y fueron a buscar sus pertenencias a sus respecti¬ 
vos hoteles. En el de Claudia, su padre llegó unos minutos después que ella y 
como había calculado no puso objeciones cuando le contó que se iba a mudar ni 
le exigió ninguna explicación. No le preguntó tampoco el nombre de la amiga 
con que se iba a mudar ni le interesó como pensaba mantenerse. Ni siquiera, 
aunque más no fuera por conservar las apariencias, tuvo el decoro de demostrar 
algún interés averiguando por lo menos la dirección, lo que la hizo pensar que 
había sido una estupidez mentirle porque de cualquier manera hubiera estado 



Rafael Manas 


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encantado con su partida. Además estaba segura que sabía que se iba con Javier 
porque no era tonto y se daba cuenta de que no podía ser casualidad que al otro 
día que él llegara ella decidiera intempestivamente mudarse. Le dijo solemne¬ 
mente que ya era mayor y si no se encontraba a gusto allí nadie la iba a retener. 
Como comentario final, antes de dirigirse a su propia habitación, le dijo que 
seguramente él pronto se iría a Estados Unidos así que lo mejor sería que si 
llegaba a irle mal volviera a Montevideo con su mamá, que como ya le había 
dicho, si no había sido requerida oficialmente si se presentaba para aclarar su 
situación no le pasaría nada. Ella no lo contradijo, ni le hizo ningún reproche, 
apenas le dijo que sí, que bueno, y hasta puso su rostro cuando la besó para 
despedirse: cualquier cosa era válida con tal que desapareciera de una vez. Des¬ 
pués de poner sus cosas -que no eran muchas puesto que no había venido prepa¬ 
rada para quedarse mucho tiempo-, en un bolso grande marrón, saludó a algunos 
amigos y al pasar frente a la recepción rumbo a la calle la encargada le dijo con su 
aspereza habitual que hacía una hora habían llamado de Montevideo preguntan¬ 
do por ella. “¿Mi madre?”, preguntó Claudia. “No, una mujer que dijo que era la 
madre de Javier”, le contestó la vieja. Cuando se encontró con Javier afuera lo 
abrazó fuertemente aguantando las ganas de llorar. 

-No quiero volver a verlo nunca más. Ojalá que se pudra -dijo Claudia con 
rabia, y enseguida, recordando lo que le había dicho la encargada, agregó con un 
tono más calmado-: Tu madre llamó hace un rato. Sería mejor que te comunica¬ 
ras con ella. 

-No -dijo Javier resueltamente-. Por teléfono va a ser un desastre, habrá 
protestas, gritos. Mañana sin falta les escribo. Ahora vamos a buscar mis cosas. 

Ya instalados en la pensión de Flores se encerraron en la habitación e hi¬ 
cieron el amor con un ardor que daban por perdido. De pronto Javier se encontró 
haciendo planes para el futuro a la par de Claudia en una situación insólita que 
nunca creyó que viviría y que ni siquiera podía explicarse del todo. Aquel entu¬ 
siasmo recuperado había necesitado una ruptura, una situación forzada, límite 
para renacer. ¿Subsistiría? ¿Debía cuidarlo, alimentarlo como a un niño frágil, 
enfermizo, o era lo suficientemente robusto para tener vida propia y permanecer? 
Convinieron que al día siguiente irían sin falta a hablar con el pariente de Claudia 
a la editorial y agotados se durmieron temprano. A las ocho ya estaban en pie. 
Desayunaron en un bar cercano y de ahí tomaron un micro y se dirigieron prime¬ 
ro a la Central Telefónica donde Claudia llamó a su madre al trabajo y le dejó la 
nueva dirección (no así el teléfono que no se había acordado de preguntar) y le 



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El Hermano de Pablo 


pidió que se comunicara con los padres de Javier para calmarlos y decirles donde 
estaban (“Anoche me llamó la madre de Javier desesperada y le di tu teléfono”, le 
había dicho su mamá que no comentó su decisión de irse a vivir con Javier y nada 
más le pidió que se cuidara). Después fueron al Correo en subte a dejar la carta 
que Javier escribió a sus padres antes de salir de la Pensión, donde les daba las 
señas de su nuevo alojamiento. En la misma les aseguraba que se encontraba bien 
y les prometía escribirles más adelante para contarles lo que pensaba hacer. No 
había habido ningún intento de justificación, ninguna disculpa y por supuesto 
ninguna referencia al dinero, a pesar de las sugerencias de Claudia que quedó 
impresionada por el desapego de Javier teniendo en cuenta los afectos que esta¬ 
ban en juego. 

Otra vez en pleno Centro, entraron a un edificio y en el cuarto piso los 
hicieron esperar media hora antes de ser recibidos por un hombre afable, de unos 
cincuenta años, enfundado en un costoso traje azul, camisa impecablemente blanca 
y una corbata color salmón. Con la extrema amabilidad y la desenvoltura propias 
de un ejecutivo les hizo algunas preguntas para saber en qué situación estaban y 
les pidió información acerca de su “querida prima” que hacía tantos años no veía. 
Luego que Claudia le contó sus problemas políticos y le dijo que su madre estaba 
perfectamente, el hombre se levantó de su asiento detrás de un suntuoso escrito¬ 
rio donde se destacaba un pisapapeles con la imagen en bronce de Dante, y, mi¬ 
rándolos alternativamente a los ojos, les manifestó que no obstante no haber va¬ 
cantes, por tratarse de la hija de su “querida prima”, haría una excepción y si ellos 
estaban dispuestos los tomaría como vendedores. Les dijo que si bien el trabajo 
era duro y nada fácil, si ponían de su parte el suficiente empeño y ambición 
saldrían adelante. Les explicó que su tarea consistiría en vender casa por casa en 
un radio predeterminado los diccionarios y enciclopedias que la empresa editaba, 
aclarándoles que no había sueldo ni viáticos y que todo dependería de su habili¬ 
dad para vender la mayor cantidad posible de libros. Eso era justo, dijo, conside¬ 
rando los altos porcentajes que se pagaban por las ventas y no debían desanimar¬ 
se si en las primeras salidas fracasaban, ya que era perfectamente normal y a 
todos les había pasado, con más razón si se valoraba que ninguno de los dos había 
tenido experiencia previa en ventas. De todas formas la editorial tenía previsto 
que los primeros días los principiantes salieran con un vendedor veterano que les 
enseñaría la manera de vincularse con la gente de modo de no ser rechazados, y 
más adelante les ofrecerían un curso de capacitación. Ya caerían en la cuenta que 
era un verdadero arte convencer a una persona para que gastara su dinero, demos- 



Rafael Marías 


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trarle que más allá del deseo del vendedor de hacer su trabajo un producto era por 
sí solo lo suficientemente atractivo como para merecer ser comprado. Pero eso lo 
adquirirían con la experiencia. Lo principal, les repitió, era no desanimarse de 
entrada. Él mismo en sus orígenes había sido un simple vendedor, y gracias a su 
natural habilidad, pero más que nada a su gran perseverancia había ascendido en 
la empresa hasta llegar hasta ese alto puesto. Finalmente sin dejarlos pronunciar 
ni una palabra de agradecimiento, que seguramente ellos podrían querer emitir 
agobiados por semejante generosidad, y sin duda también considerando que ya 
les había dedicado un tiempo excesivo, besó a Claudia, le dio la mano a Javier y 
antes de acompañarlos hasta la puerta de su despacho los citó para el próximo 
lunes a las siete en punto de la mañana ocasión en que les presentaría al vendedor 
con el que saldrían las primeras veces a partir de ese mismo día. No se podría 
decir que salieran muy animados de la entrevista. Según Javier el pariente de 
Claudia era un chanta porque avisos pidiendo vendedores de libros salían unos 
cuantos todos los días y estaba seguro que si se ponía a mirar en el diario los 
clasificados iba a encontrar un anuncio de aquella editorial. Pero por lo menos 
podían probar, dijo Claudia, ¿qué perdían?, y mientras tanto habría que seguir 
buscando y más adelante si no conseguían nada verían. Sí, algo encontrarían, dijo 
Javier, no muy convencido. Como último recurso, prosiguió Claudia, porque no 
tenían que pasar penurias innecesariamente, siempre estaba la posibilidad del 
asilo político, algunos compañeros en la misma situación que ella lo había conse¬ 
guido para algunos países europeos, y él también si quería podía pedirlo. Javier 
pensó que aquella era una opción a tener en cuenta y lo dejó admirado el sentido 
práctico de Claudia. Le dijo que lo mejor sería dejar pasar un tiempo para ver 
cómo se presentaban las cosas, tenían reservas de dinero y además, tenía razón, 
no costaba nada probar con la venta de libros, de repente terminaba en el cargo de 
su pariente. “Habilidad natural y perseverancia”, dijo Javier imitando el tono 
pomposo del hombre, ¿le causaba risa?, ¿por qué no podía tener esas magníficas 
cualidades?, acaso sus antepasados no habían venido a hacerse la América con 
los bolsillos vacíos. Claro que sí, pero hablando en serio, ahora era otra historia, 
Javier, y más que nunca era necesario que fueran realistas y tuvieran en cuenta 
todas las posibilidades. “Ya se puso en campaña”, pensó Javier. “Ya es la Claudia 
de antes, decidida, emprendedora. Pero esta Claudia sirve a mis sueños, se ha 
puesto a mi disposición para que yo los cumpla”. 

Mientras tanto, a su alrededor, la sociedad argentina estaba profundamente 
convulsionada y los dos se daban cuenta que el estado de cosas era lo menos 



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El Hermano de Pablo 


parecido a un cuento de hadas. La Junta Militar, que había derrocado al gobierno 
dirigido por la viuda de Perón, había instaurado una dictadura feroz y ya se suce¬ 
dían los asesinatos y desapariciones no sólo de guerrilleros sino de dirigentes y 
militantes de los partidos de izquierda o simples opositores sin importar de don¬ 
de procedieran. Se estaba produciendo lo mismo que en el Uruguay pero a una 
escala y con una virulencia muchísimo mayores. Antiguos camaradas le habían 
informado a Claudia que los Servicios de Inteligencia uruguayos y argentinos 
estaban colaborando para localizar compatriotas requeridos o meramente sospe¬ 
chosos y se hablaba de algunos ex integrantes de la Juventud Comunista que 
habían resultado ser espías y habían sido vistos en Buenos Aires integrando las 
fuerza represivas. De pronto la idea de Claudia de pedir asilo político era lo más 
acertado, caviló Javier, y tal vez constituía una salida para él ya que no estaba en 
sus planes volver a Montevideo. 

Los próximos días estuvieron tan inmersos en sus preocupaciones que no 
se comunicaron con sus familias. Se dedicaron sobre todo a visitar a conocidos 
de Claudia que les dieron direcciones y recomendaciones para conseguir trabajo 
y quedaron en avisarles si sabían algo. “No sé si está bien que le demos la direc¬ 
ción a gente que apenas conocemos, pero no creo que pase nada”, le dijo Claudia 
dubitativa. “Claro que no va a pasar nada. Tampoco nos podemos volver paranoi¬ 
cos”, afirmó Javier. El viernes por la noche fueron a cenar al Centro y volvieron 
tarde a la pensión. Alrededor de las diez de la mañana todavía dormían cuando 
fueron despertados por unos golpes insistentes en la puerta. 

-Ya va -dijo Javier medio dormido- ¿Quién es? 

-Telegrama -dijo la voz del dueño de la pensión-. Tiene que firmar. 

En calzoncillos y camiseta Javier entreabrió la puerta y garabateó el papel 
que le extendían con la birome que había tomado de la mesita de noche. Dijo 
gracias y volvió a acostarse en la cama. Encendió la veladora de su lado y des¬ 
pués de abrirlo leyó el telegrama que le habían entregado. “PAPA FALLECIÓ 
ANOCHE. VENITE, PABLO”. Durante unos segundos quedó en la misma posi¬ 
ción en que lo había leído y después volvió a leerlo. Un tremendo peso comenzó 
a oprimirle el pecho y permaneció con los ojos cerrados mientras la angustia se 
instalaba sin resistencia como si todo su cuerpo fuera un recipiente hecho a su 
medida. En su mente una parte se esforzaba por aceptar la noticia y la otra corría 
instintivamente en busca de los recuerdos de su padre como si quisiera defender¬ 
los a ellos también contra la muerte. Era terrible... y más terrible aún que hubiera 



Rafael Marías 


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sucedido justo en aquel momento. Le resultaba difícil concebir alguna idea que le 
trajera alivio... lo único que se le ocurrió pensar entonces fue que aquel dolor tan 
brutal no persistiría indefinidamente y como siempre sucedía el tiempo y lo que 
él pusiera de su parte lo confortarían. Sin embargo descubrió en el acto que, en 
aquellas circunstancias, semejantes pensamientos sólo le producían rechazo y 
una mayor desazón. El simple hecho de imaginar que la vida seguiría su curso, 
que el mundo no dejaría de girar por una tragedia más, que todo estaba destinado 
a pasar no sólo no podía ayudarlo a disminuir su pena sino que además le resulta¬ 
ba intolerable, como si la propia naturaleza del dolor no le exigiera otra cosa que 
ser totalmente vivida. 

Claudia se movía ahora a su lado, se había despertado y estaba preguntan¬ 
do la hora. Apenas lo miró se dio cuenta que algo muy grave estaba pasando. 
Javier le alcanzó el telegrama en silencio y ella lanzó una exclamación. 

-Esto es horrible, Javier... -le dijo volviendo a leer el telegrama, como si 
necesitara convencerse que no estaba soñando. 

Javier dejó que Claudia lo abrazara llorando y a su vez la rodeó con los 
brazos pensando que era bueno que estuviera allí. Le dijo después de un prolon¬ 
gado intervalo que no tenía ningún sentido regresar a Montevideo, que estaba 
seguro que lo iban a culpar porque siempre había que culpar a alguien. Claudia 
por su parte no había podido reaccionar todavía, estaba perturbada y además 
Javier se mostraba tan controlado que no sabía exactamente qué decir ni cómo 
acercarse para consolarlo. Pensó que no podía ser bueno que se contuviera de esa 
forma, que no hubiese llorado, que le costara hasta tal punto demostrar sus senti¬ 
mientos. Era muy difícil que él alguna vez le abriera su corazón, eso siempre la 
había hecho sufrir, pero le hubiese gustado que si alguna vez lo hiciera no fuera 
sino en aquel preciso momento ya que presentía que nunca lo había necesitado 
tanto. Permanecieron abrazados un largo rato más y al fin Claudia se atrevió a 
insinuarle si no quería que salieran a caminar y se alegró de haberlo hecho por¬ 
que él aceptó de inmediato visiblemente aliviado. 

Eran cerca de las doce del mediodía cuando salieron de la pensión. Hacía 
un día templado y el sol brillaba sin amenazas en un cielo despejado. Caminaron 
primero por los alrededores y luego tomaron por Rivadavia hasta llegar a una 
plaza donde había unos niños jugando al fútbol. Se sentaron en un banco. El 
suelo estaba lleno de hojas amarillentas y había gorriones y palomas correteando 
tras las migajas que arrojaba una andrajosa anciana totalmente vestida de negro. 



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El Hermano de Pablo 


-Mañana voy a llamar a casa. Supongo que lo enterrarán hoy... -dijo Javier. 

-¿Estás seguro que no querés ir? Yo no quiero que te vayas. Pero se me 
ocurre que estos momentos necesitarías compartirlos con tu familia -dijo Claudia 
pensando que si estaba indeciso, a pesar de su primera reacción afirmando que no 
viajaría a Montevideo, ella tenía que ayudarlo a darse cuenta de lo que realmente 
quería. Desde que su madre la enteró de la venida de Javier no había podido dejar 
de sentirse en parte responsable por haberla provocado con su carta y ahora pre¬ 
cisaba estar segura que no era ella el escollo que lo separaba de su familia. 

Javier no le contestó. Sólo movió la cabeza negativamente y ella sintió que 
no podía hacer nada para consolarlo. Durante algunos minutos permanecieron en 
silencio mirando mecánicamente cómo los niños corrían desaforadamente detrás 
de la pelota. Javier le propuso entonces, intentando imprimirle un carácter más 
animoso a su voz, que fueran al Centro; le dijo que si conseguían distraerse pro¬ 
bablemente la pasarían mejor. Claudia le contestó que le parecía bien por lo que 
tomaron por Rivadavia y en la primera parada que encontraron se subieron a un 
micro. Después de bajarse en el Centro deambularon sin prestar atención a nada 
en particular y al rato se dieron cuenta que no estaban de ánimo para continuar. 
Claudia le preguntó a Javier si no quería que volvieran pero él se negó diciendo 
que se sentiría mucho peor encerrado en el cuarto. Luego entraron en algunas 
librerías, estuvieron un largo rato sentados en un banco de 9 de Julio, y finalmen¬ 
te decidieron tomar un café en un bar. Claudia, que hasta ese momento había 
tratado de hablar de temas intrascendentes, le pareció oportuno referirse al padre 
de Javier pensando que no era bueno tampoco eludir indefinidamente algo tan 
próximo por más doloroso que fuera. “Todavía no me puedo acostumbrar a la 
idea”, le dijo. “Tu padre era una buena persona. Yo había llegado a quererlo mu¬ 
cho, siempre fue muy generoso conmigo”. “Es increíble cómo la muerte le da 
otra dimensión a las cosas”, dijo Javier, luego de unos segundos. “Ahora cuando 
pienso en los enfrentamientos que tuve con el viejo, en estos últimos años de 
calma en los que no hice nada por acercarme porque de alguna forma me seguía 
sintiendo coaccionado en casa, me parece todo tan insignificante... un desperdi¬ 
cio incalculable de tiempo. Es cierto que no hay quien no esté condicionado por 
el medio en que vive, y de pronto en otro ambiente, en otra época, en otro lugar, 
con una mente más abierta, hubiéramos tenido la posibilidad de tener otro tipo de 
relación, como la que deben tener padre e hijo. Pero igual me da rabia no haber 
sido capaz de sobreponerme a esas limitaciones, no haber tenido la lucidez nece¬ 
saria para aprovechar esos preciosos momentos que perdí. Si parece que fue ayer 



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cuando tenía seis o siete años y él me contaba para dormir esos cuentos de piratas 
que yo le pedía que me repitiera hasta el cansancio. Recuerdo hasta la sensación 
de su mano apretando la mía, el sentimiento de confianza que me transmitía. No 
sé por qué no puedo apartar esas imágenes... supongo porque sólo desde la niñez 
se pueden salvar todos los obstáculos. Él intentó ser un buen padre, a su manera 
trató de ayudarme, pero él para mí era una presencia perturbadora, nunca lo dejó 
de ser, y en este instante quisiera que alguien me dijera cómo superar este malen¬ 
tendido, que alguien me diera la fórmula para sobrellevar esta desgracia, que me 
convenciera de mi inocencia cuando días antes de morirse me escapo práctica¬ 
mente como un ladrón dándole el peor disgusto de su vida”. “No tenés que tortu¬ 
rarte, Javier. Vos nunca tuviste la intención de hacerle ningún daño”, le dijo Clau¬ 
dia conmovida. “Pero se lo hice”, dijo él. “Y no creas que me gusta sentirme 
culpable. Odio esta situación, la odio. Si una cosa no quiero es que después de 
tantos conflictos inútiles, ahora, a partir de su muerte, los remordimientos me 
persigan y contaminen lo único que me va a quedar de él, su memoria. Induda¬ 
blemente estoy muy lejos de ser lo que me imaginaba. No soy tan fuerte, no soy 
tan inteligente... Lo que he hecho hasta ahora es pensar y actuar por reacción, 
creyendo que eso era lo que buscaba, que con eso me alcanzaba para ser libre. Sin 
embargo, a pesar del dolor, de este caos, siento que hay algo en mí a lo que debo 
aferrarme con todas las fuerzas, es como una voz interior que me dice que no 
puedo detenerme ahora, que no puedo arrepentirme. De alguna forma tengo que 
probar que esa ilusión de libertad que me hizo abandonar las seguridades a las 
que estaba aferrado, por lo menos sirvió para acceder a una vida diferente que es 
lo que siempre he querido. ¿Entendés ahora por qué no quiero volver? Esta reali¬ 
dad que estoy viviendo aquí, más allá de lo que pueda suceder, hoy por hoy es 
para mí un nuevo comienzo y es lo único que poseo. Si retrocedo ahora todo 
habrá sido en vano.” 

A la salida del bar Javier parecía más distendido. Claudia pensó que nunca 
antes él le había demostrado sus sentimientos con tanta sinceridad y sus palabras 
la habían emocionado e inspirado respeto. No sabía claramente de qué forma la 
amaba o la necesitaba, asombrosamente esas cuestiones habían pasado a un se¬ 
gundo plano. Javier nunca sería de los que se conformaban, su búsqueda, sus 
inquietudes eran legítimas, y le pareció que ahora empezaba a comprenderlo me¬ 
jor. Estaba segura que lograrían madurar juntos y también para ella podía haber 
un nuevo comienzo. Estuvieron de acuerdo en regresar a la pensión, así que to¬ 
maron otro micro y eran las seis y treinta de la tarde cuando cruzaron la recepción 



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El Hermano de Pablo 


de camino a su cuarto. Lo recordaría claramente el dueño porque enseguida de 
saludarlos había mirado el reloj que estaba colgado en la pared de enfrente. Me¬ 
dia hora más tarde estaba anocheciendo cuando dos hombres uniformados arma¬ 
dos con metralletas y otro de particular vinieron a buscarlos. Cuando Javier y 
Claudia sintieron los tremebundos golpes en la puerta y la voz acuciante orde¬ 
nando que abrieran de inmediato porque se trataba de un operativo militar se 
habían mirado sin poderlo comprender. De improviso habían pasado de la pena, 
de la esperanza que trataban de preservar juntos al terror y a esta enorme conmo¬ 
ción que no los dejaba pensar. El primero en reaccionar había sido Javier que con 
una voz que no alcanzaba a ser serena articuló que esperaran a que se vistieran 
que ya abrían. Claudia lloraba y a Javier le costaba controlarse. A ambos los 
invadió una sensación de irrealidad, como si estuvieran en medio de una pesadi¬ 
lla. De pronto una situación que siempre habían temido pero contra la que nunca 
habían tomado precauciones por la simple ingenuidad de creer que esas cosas no 
podían sucederles a ellos, se presentaba amenazándolos con un peligro real del 
que eran perfectamente concientes. Claudia, que se había desvestido para darse 
una ducha, se volvió a vestir apresuradamente temblando y gimiendo, en tanto 
Javier se puso aceleradamente los zapatos y pensando que podían registrar la 
habitación tomó los dólares que tenía escondidos en un rincón del ropero y se los 
guardó en una media; luego se unió a Claudia y trató de calmarla. “No tenemos 
que perder la cabeza. Vamos a ver lo que quieren. Lo más seguro es que sea una 
simple cuestión de rutina. Nos van a pedir los documentos y después nos dejarán 
tranquilos”. “Tengo mucho miedo, Javier, mucho miedo de que nos lleven...”, 
dijo ella al tiempo que los golpes volvían a estremecer la puerta que parecía a 
punto de ceder. Sin más demora Javier les abrió. Un hombre alto, moreno, con un 
pequeño bigote y rostro recio e inexpresivo les preguntó si sus nombres eran 
Javier Arana y Claudia Rodríguez, y al recibir una respuesta afirmativa, les dijo 
con prepotencia que lo iban a tener que acompañar para ser interrogados. Al 
preguntarle Javier cual era la razón el hombre le contestó bruscamente que no se 
hiciera el inocente que él sabía muy bien por qué los habían venido a buscar. De 
inmediato los conminó a abandonar la habitación y uno de los soldados los enca¬ 
ñonó con su ametralladora y ordenó que se separaran y se pusieran contra la 
pared del patio. El de particular y el otro soldado entraron en el cuarto cerrando la 
puerta tras ellos y permanecieron unos diez minutos adentro. Javier y Claudia 
con los brazos extendidos y las manos apoyadas en la pared escucharon el ruido 
de los pasos retumbando sobre los listones de madera del piso, cajones que se 
abrían y objetos que caían al piso con diferente sonidos. “Esto no lo esperaba. No 



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era esta violencia, ni correr este peligro lo que yo quería. Parece una burla del 
destino, una mala broma. Estoy seguro que estos tipos nos van a llevar, quién 
sabe a donde, ¿para interrogamos?, ¿nos van a torturar, a matar por nada?”, pen¬ 
saba Javier inquieto. En tanto ya había anochecido. El patio estaba pobremente 
iluminado por una lamparita que arrojaba su débil luz desde la terraza. Adentro 
del cuarto los hombres iban y venían revolviéndolo todo, se escuchaba confusa¬ 
mente el sonido de sus voces, sus figuras se adivinaban entre las tablillas de la 
persiana de la ventana. Cuando salieron de la habitación, el tipo de particular les 
dijo que ahora se venían con ellos. Javier intentó voltearse mientras le pregunta¬ 
ba si podían llevarse algún abrigo, pero el hombre inesperadamente le dio un 
puñetazo en la espalda que fue como un latigazo de dolor que lo paralizó y lo hizo 
caer de rodillas al suelo. “Bolche de mierda. Desde ahora te vas a mover y hablar 
sólo cuando yo te diga”. Claudia lanzó un grito e intentó acudir en ayuda de 
Javier, pero uno de los soldados, colgándose en el hombro la ametralladora, la 
sujetó y le tapó la boca con una mano al tiempo que con la otra la sacudía brutal¬ 
mente. Enseguida los levantaron en vilo y a los empujones, amenazándolos para 
que no gritaran los llevaron a los dos hacia la salida. Azorados e inmóviles, el 
dueño de la pensión, su esposa, y dos inquilinos que se habían asomado con el 
alboroto, los vieron cmzar el umbral y subirse a una camioneta azul. La violen¬ 
cia de los hechos los había dejado petrificados y a ninguno se le pasó por la mente 
la posibilidad de intervenir. Después el llanto ahogado de la muchacha había sido 
silenciado por el mido del motor al arrancar. El dueño, enmudecido al igual que 
los otros tres espectadores, había vuelto a mirar en forma refleja el reloj en la 
pared, y si alguien se lo hubiera preguntado y él se hubiera atrevido a contestar, 
habría podido afirmar que aquel sábado de noche de fines de abril, eran casi las 
siete y treinta cuando Javier y Claudia desaparecieron para siempre. 


Dos semanas después en horas de la mañana Pablo llegó a la pensión de 
Flores. Había enviado varios telegramas que no obtuvieron respuesta y al no 
poder conseguir el teléfono de la pensión -que tampoco la madre de Claudia 
tenía-, se decidió a viajar a Buenos Aires urgido por su madre y también por la de 
Claudia, cada vez más preocupadas a medida que pasaban los días y no tenían 



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El Hermano de Pablo 


noticias de sus hijos. 

El dueño de la pensión lo recibió sentado detrás del mostrador de la recep¬ 
ción. Al ponerse de pie vio que llevaba puesta una camisa marrón a cuadros con 
manchas de pintura blanca que cubría sólo la mitad de su enorme vientre, y un 
desteñido pantalón vaquero igualmente manchado. Apenas Pablo preguntó por 
Javier y se presentó como su hermano el hombre se puso lívido y fue a su encuen¬ 
tro precipitadamente. 

-Encantado de conocerlo -dijo el hombre tartamudeando mientras le estre¬ 
chaba la mano-. Esperábamos la visita de algún familiar de los muchachos en 
cualquier momento... 

-¿Ellos están bien? -preguntó Pablo alerta, sintiendo que su corazón se 
aceleraba súbitamente. 

-Perdón señor -dijo el hombre hablando con dificultad-. Su hermano y la 
chica se fueron hace dos semanas y no han vuelto todavía. Supusimos que habían 
regresado a Montevideo. Lo extraño es que dejaron su equipaje... pero con mi 
mujer creimos que había habido una emergencia y lo vendrían a buscar más ade¬ 
lante. 


-¿Cómo? -dijo Pablo con un gesto de incredulidad, y luego de unos segun¬ 
dos que se tomó para asimilar las palabras del hombre agregó-: Discúlpeme se¬ 
ñor, aquí tiene que haber un error. Cómo es eso que se fueron sin avisarle a nadie 
y dejaron su equipaje... ¿Por qué iban a hacer eso? 

-Bueno eso no lo sabemos... -contestó el hombre encogiendo los hombros. 

-Pero eso no es suficiente, tiene poca lógica -continuó Pablo-, Acá hay 
algo muy raro y además no entiendo por qué al principio usted me dijo que esta¬ 
ban esperando que viniera algún familiar. 

-Le acabo de decir... -dijo el hombre, secándose la frente sudorosa con un 
harapiento pañuelo que sacó del bolsillo del pantalón-. Supimos que habían vuel¬ 
to a su país. Habían recibido un telegrama ese mismo día y nos pareció que esa 
podía ser la causa. Pero como pasaban los días y llegaron varios telegramas más 
y también cartas nos pareció que podía haberles pasado algo. 

-Escuche bien, señor -dijo Pablo cortante-. Envié tres telegramas y mí ma¬ 
dre y la de Claudia una carta cada una. Usted me dice que las recibieron y pensa¬ 
ron que podía haberles pasado algo. ¿Entonces por qué no se fijaron en los remi- 



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tentes y se comunicaron con nosotros de inmediato? 

-Tranquilidad, señor -dijo el hombre retrocediendo al ver que Pablo se acer¬ 
caba en forma amenazadora-. Somos gente de paz. No queremos problemas. 

-Pero los va a tener, señor. Y se lo voy a decir bien claro -dijo Pablo fuera 
de sí-. Quiero que me diga ahora mismo lo que pasó con mi hermano o le voy a 
romper la cara. 

-Se los llevaron los soldados -dijo débilmente una voz de mujer a sus es¬ 
paldas. La mujer del dueño tenía los ojos lacrimosos, temblaba y se restregaba 
las manos consternada. 

-¿Y quien es usted? ¿Qué es lo que dice? -dijo Pablo incrédulo luego de 
volverse hacia la mujer regordeta que había aparecido a sus espaldas. 

-Vinieron en una camioneta a última hora de la tarde, el sábado, hace dos 
semanas... -dijo la mujer gimiendo-. ¿Qué podíamos hacer nosotros? Fueron dos 
soldados y un hombre de particular. Preguntaron por su hermano y la muchacha, 
sabían sus nombres y mi marido no tuvo más remedio que decirles que habían 
llegado hacía un rato. Le ordenaron que les señalara la habitación y cuando lo 
hizo el de civil le dijo de malos modos que desde ese momento era mejor que nos 
olvidáramos de aquella visita si no queríamos que la próxima vez nos tocara a 
nosotros. Después le gritó que se retirara y golpearon la puerta de los muchachos 
como para tirarla abajo. Desde la recepción nos llegaba solamente el sonido de 
las voces pero nos era imposible entender lo que decían. Luego de un rato oímos 
los gritos de ella y vimos cuando los traían a empujones... La chica lloraba... fue 
horrible, señor... 

Pablo no podía creer lo que acababa de escuchar. La mujer se había interrum¬ 
pido y sollozaba. El hombre estaba con la cabeza gacha y no se atrevía a mirarlo. 

-Hemos guardado sus cosas, señor -dijo la mujer secándose las lágrimas 
con la manga de su vestido-. No hemos tocado nada, no había dinero. Comprén¬ 
danos señor, no nos juzgue, teníamos miedo, no queríamos problemas. Cuando 
se lo contamos a un sobrino que es policía nos aconsejó que hiciéramos caso a la 
advertencia que recibimos del hombre y nos calláramos la boca. “Esa gente es 
capaz de cualquier cosa”, nos dijo. 

La mujer hizo una pausa. Le pidió que la perdonara un segundo y se dirigió 
hacia un tablero con llaves colgado en la pared detrás del mostrador de la recep- 



140 


El Hermano de Pablo 


ción. Sin dejar de mover tristemente la cabeza, tomó una y le dijo que le enseñaría 
la habitación. “Es por aquí, venga”, le indicó. Atravesaron un corto corredor y al 
llegar a la primera de dos puertas que se abrían a un patio con ropa tendida ella se 
detuvo e introdujo la llave en la cerradura. A Pablo le parecía que estaba en el 
medio de un sueño. No había venido preparado para algo así. Había cerrado los 
ojos por un instante, tratando de buscar en su interior el ánimo que le estaba 
faltando, y cuando los abrió la mujer ya había empujado la puerta y, compungida, 
le estaba mostrando una habitación de paredes blancas recién pintadas. En el 
centro yacía el esqueleto de madera de una cama cubierto con diarios y no habia 
ningún otro mueble. “Se rompió un caño y hubo que picar la pared. Ahora está 
casi pronto”, dijo la mujer. Pablo permanecía en silencio tratando de dominarse. 
No sabía por qué tenía la esperanza de encontrar algo personal allí y ahora estaba 
conmovido y desorientado frente a aquella habitación desmantelada. Mientras se 
dirigían de vuelta a la recepción, la mujer le estaba diciendo algo acerca de la 
corrección con la que se habían comportado los muchachos durante su corta esta¬ 
día. Su esposo los estaba aguardando flanqueado por una valija de cuero negra y 
un bolso marrón. “Esto es todo lo que había”, le dijo, y Pablo ignorándolo lo 
apartó y levantó el equipaje colocándolo encima de una mesa ratona que allí 
había. Las pertenencias de su hermano y Claudia habían sido mezcladas desorde¬ 
nadamente tanto en la valija como el bolso y consistían mayormente en ropa, dos 
pares de zapatos, artículos de tocador, un reloj despertador, una afeitadora y algu¬ 
nas hojas de carta, sobres, revistas y diversos papeles entre los que se encontra¬ 
ban dos cartas sin abrir y los telegramas que él envió. 

-No falta nada -se apresuró a decir el hombre. 

Pablo hizo un gesto de impotencia. Le hubiera gustado pegarle a aquel 
tipo... pero de qué hubiera servido. Nada podía compensar aquel desastre. A su 
hermano y a Claudia se los habían llevado unos desconocidos hacía dos semanas 
y a excepción de los dueños de aquella pensión nadie más parecía haberse entera¬ 
do. Por otro lado con la situación que se vivía en aquel país las perspectivas no 
podían ser peores y no tenían la menor idea de los pasos a dar para intentar loca¬ 
lizarlos. Le costaba trabajo creerlo. Durante los días que siguieron a la partida de 
Javier, o mejor dicho a su fuga, sus padres vivieron en zozobra permanente. Pa¬ 
blo había llegado de Punta del Este al día siguiente y supo que esa misma noche 
su madre, luego de conocida la carta que Javier dejó a la vecina, había llamado a 
la de Claudia y ésta le había dado el teléfono de su hija en Buenos Aires. Cuando 
llamó ni Claudia ni su padre estaban. Al volver a llamar más tarde pudo hablar 



Rafael Marías 


141 


con el padre de Claudia que le dijo que su hija se acababa de mudar a una pensión 
con una amiga pero no conocía la dirección ni el teléfono, y tampoco, aunque 
sabía que había venido, había visto a Javier. Al otro día la madre de Claudia 
llamó a su casa y le dio a su padre, junto con la dirección de la pensión donde se 
alojaba Javier, la noticia de que se había ido a vivir allí con Claudia. A los dos 
días su papá falleció y la única carta que envió Javier llegó tres días más tarde. 
Después todo fue silencio, dudas, incertidumbre. ¿Había esperado demasiado 
para venir a Buenos Aires? ¿Se habían confiado pensando que la falta de comuni¬ 
cación respondía a la necesidad de la parejita de aislarse ya que estaban viviendo 
una especie de luna de miel? Pablo suspiró. ¿Con qué cara le diría a su madre 
aquello? ¿Cómo le explicaría que Javier aparentemente había sido detenido pero 
que en verdad había desaparecido ya que presentía que nadie le informaría adon¬ 
de se lo habían llevado? Sentía la garganta apretada y la boca seca. “Si papá 
estuviera vivo seguro que esto lo mataba. Lo tendría que haber venido a buscar al 
otro día que se fue y llevármelo a patadas”. 

-Usted comprenderá que tengamos miedo, señor. No es que no apreciára¬ 
mos a esos chicos, entiéndalo... -dijo el hombre abochornado mirando de reojo a 
Pablo mientras se dirigían a la puerta de la pensión. 

-Mire -lo interrumpió Pablo deteniéndose y depositando el bolso y la vali¬ 
ja en el suelo-. Lo único que sé es que si usted tiene que declarar o salir de testigo 
o lo que sea, lo va a hacer aunque tenga que arrastrarlo. 

-Sí, sí, claro... no faltaría más. No crea que somos tan inhumanos... Mi 
mujer desde que se los llevaron no hay un día que no rece por esos muchachos - 
dijo el hombre atropelladamente persiguiendo a Pablo que había reemprendido la 
marcha. Y mientras éste se alejaba por la acera todavía le alcanzó a decir-: No se 
preocupe señor, en poco tiempo estarán de vuelta. Nadie tiene por qué hacerles 
ningún mal a dos chicos inocentes. 




143 


Capítulo VU 


Faltaba poco más de una semana para que Pablo viajara al norte. Era una 
fresca noche de abril y en su casa había la actividad normal de los viernes a esa 
hora. Él charlaba con el flaco en la cocina. Hacía ya una hora que su padre había 
llegado del Estudio, se había duchado, cenado con ellos, y estaba sentado frente 
al gran ventanal con las piernas extendidas y apoyadas en un taburete al que su 
madre agregó un almohadón. Ella se había retirado a su cuarto y estaría intentan¬ 
do leer una revista tendida en su cama, pero no creía que lo consiguiera porque su 
pensamiento volvería una y otra vez a Javier, a su hijo rebelde, loco, que no se 
cansaba de angustiar y traerle problemas a la familia. Todo sucedió repentina¬ 
mente. El flaco se estaba riendo festejándose un chiste cuando sintieron aquel 
ronquido. Enseguida hicieron silencio tratando de identificar el origen del soni¬ 
do, todavía sin presentir nada malo, pero al repetirse más prolongado y fuerte se 
dieron cuenta que era una especie de estertor que provenía del living y alarmados 
se pusieron de pie. Dejaron apresuradamente la cocina y cuando traspasaron la 
puerta que comunicaba con el living vieron a su padre en el suelo, boca arriba, 
contrayéndose levemente al tiempo que emitía un débil quejido. Su madre que 
había aparecido al mismo tiempo que ellos cuando vio lo que pasaba, lanzó un 
grito y se precipitó antes que nadie sobre el cuerpo tendido de su padre. “Viejo, 
viejo, qué te pasa, contéstame, querido, querido”, repetía entre sollozos arrodilla¬ 
da a su lado, abrazándolo, tomándolo por los hombros, sacudiéndolo brevemente 
con fuerza para volver a abrazarlo con desesperación. Su padre ya no luchaba por 
respirar, su cara estaba amoratada, las venas de su cuello sobresalían notoriamen¬ 
te ingurgitadas, sus ojos entreabiertos estaban perdidos, de la comisura de su 
boca un líquido rosado caía hacia su mejilla. “Viejo, no te mueras, no te mueras 
ahora, ahora no, por favor”, murmuraba su madre cuando lograba liberarse del 
llanto que se había adueñado de todo su cueipo estremeciéndola en paroxismos 
que simulaban ahogos y de los que salía emitiendo un lamento desgarrador. Ellos 
los miraban paralizados. Cuando consiguieron reaccionar no intentaron otra cosa 
que hacer lo correcto sin dejarse llevar por el pánico. A duras penas habían logra¬ 
do que su madre los dejara hacer algo para reanimarlo. Ella corrió despavorida a 
llamar por teléfono a la emergencia de la mutualista mientras Pablo buscaba el 
pulso de su padre y no lo encontraba. Enseguida le sacó el buzo, le desprendió la 



144 


El Hermano de Pablo 


camisa y el flaco comenzó a masajearle el corazón (lo habían aprendido de una 
clase de primeros auxilios en el Preparatorio) y en el intervalo entre tres masajes 
él trató de insuflarle aire en los pulmones soplándole con todas sus fuerzas dentro 
de la boca. Nunca olvidaría el sabor ácido de la boca helada de su papá en la que 
una y otra vez había vaciado el aire de sus propios pulmones reprimiendo y ais¬ 
lando sus emociones, mecánicamente, sin desfallecer. Estuvieron unos quince 
minutos así, relevándose en la tarea, negándose a perder la esperanza, hasta que 
llegó la ambulancia. Pobrecito su padre, era como un muñeco roto inmune a 
todos sus intentos. “Un infarto fulminante”, diagnosticó el doctor de la ambulan¬ 
cia después de haber intentado resucitarlo inútilmente ayudado por dos enferme¬ 
ros. No había nada que hacer, su corazón no respondía, lo lamentaba pero estaba 
muerto, señora. Su madre había vuelto a abrazarse de lo que en ese momento ya 
era un cadáver indiferente. Pablo fue a llamar por teléfono al médico de cabecera 
de su padre, también llamó a los parientes más cercanos y por último a la funera¬ 
ria, mientras el flaco se quedaba acompañando a su madre. Más tarde decidieron 
velarlo en el mismo departamento (“él siempre odió la idea que lo velaran en una 
empresa fúnebre”, les había dicho su mamá entre gemidos) y cuando llegaron los 
de la funeraria trasladaron el cadáver a la cama de matrimonio. Con el correr de 
los minutos el departamento se fue llenando de personas con rostros lúgubres que 
se fueron distribuyendo entre la cocina y el espacioso living. A puertas cerradas, 
en el escritorio su madre estaba siendo confortada por algunos familiares. En un 
momento determinado el flaco vino hacia él y al darle un fuerte abrazo automática¬ 
mente Pablo pensó en Javier que estaba en Buenos Aires y los ojos se le llenaron 
de lágrimas... maldita sea, pensó, no podía haber elegido peor momento para irse. 
Cayó en la cuenta que todo había sucedido tan rápido que hasta ese instante no 
había asimilado realmente lo sucedido. Era como si desde el mismo momento en 
que entró al living y vio a su padre agonizando, sus sentimientos se hubieran 
bloqueado concentrándose en tratar de resolver los problemas prácticos que se 
iban presentando sin permitirse nada más. De pronto sintió la necesidad imperiosa 
de estar solo, de salir de aquel ambiente, no deseaba quedarse allí durante horas 
haciendo de anfitrión de familiares solícitos. Se lo dijo a su amigo y le pidió si no 
le molestaba por un rato ocupar su lugar. El flaco asintió y volvió a abrazarlo. 
Pablo discretamente fue hasta su cuarto, se puso una campera, encendió un ciga¬ 
rrillo y bajó por el ascensor de servicio para evitar embarazosos encuentros. 

Ya fuera del edificio caminó al principio sin rumbo, respirando profunda¬ 
mente el aire fresco de la noche. Tomó por Dieciocho de Julio atendiendo por 



Rafael Marías 


145 


primera vez a su tristeza y pensando en la que siempre había considerado que 
tenía aquella ciudad, una tristeza heredada de ancestros italianos y españoles, 
diluida ya por nuevas identidades pero aún pesando en el alma de sus habitantes, 
y que ahora parecía estar allí acompañándolo en aquel trance como un doliente 
más. Mientras caminaba entre la multitud que salía de los cines, tropezándose 
por gusto, por una rudimentaria necesidad de contacto, con hombres y mujeres 
indistinguibles, imaginó un entierro sombrío. Pudo ver los árboles de altas copas 
en una mañana sin sol, los caminos salpicados de hojas entre las tumbas, la mul¬ 
titud aglomerada alrededor del panteón familiar donde un orador improvisado 
alzaría su voz perturbando el aire pacífico del cementerio, para ensalzar las virtu¬ 
des de su padre con las frases vacias de siempre. Vio en los rostros, más allá de la 
congoja, el estupor al descender el ataúd luego de las palabras finales del sacer¬ 
dote, y contempló la tierra cayendo sobre la lustrosa madera y la cruz de metal; 
escuchó el sonido del viento entre los árboles confundiéndose con el murmullo 
plañidero de los últimos lamentos, y en el lento camino de regreso, mientras el 
viento revolvía las hojas secas, le pareció interpretar en la forzada solemnidad de 
algunas miradas, en el gesto nervioso de unas manos acompañando un pésame, el 
mismo desconcierto que siempre había sentido ante la muerte. 

A pocas cuadras del Obelisco, donde terminaba la Avenida, en una esquina 
oscura y desierta, una puta flaca y teñida de rubia fumaba un cigarrillo nerviosa¬ 
mente. Algunas veces con el flaco la habían visto acechando clientes, con el 
mismo andar de pájaro que le conferían sus largas y esqueléticas piernas, y en 
una ocasión la recordaba especialmente porque estaba enzarzada en una violenta 
discusión con una colega que pretendía que compartiera su esquina. Cuando se 
acercó vio su rostro, de una edad indefinida más allá de los cincuenta, totalmente 
arruinado por las arrugas, con los labios pintados de un rojo brillante que rutila¬ 
ban por momentos con los faros de los autos. 

-¿Vamos tesoro? -le dijo adelantándose cuando Pablo pasaba, moviendo 
provocativamente hacia delante su cintura, con una voz enronquecida por el ci¬ 
garrillo y la intemperie. 

Pablo la miró con un sentimiento de asco y lástima mezclados que no re¬ 
cordaba haber experimentado antes y no sabía por qué le había dicho que si. Ella 
se acercó al borde de la acera y le hizo señas a un taxi que los llevó a una amue¬ 
blada en donde el encargado, al que casualmente conocía por ser amigo del flaco, 
no podía creer que fuera a encamarse con semejante esperpento. “Hay mejores 
formas de suicidarte, Pablito", le dijo con tono burlón susurrándole al oido cuan- 



146 


El Hermano de Pablo 


do los acompañaba a la habitación. Ahora, pensó Pablo, mientras la mujer volvía 
a ocultar dentro de una faja su abdomen flácido y celulítico y le reclamaba su 
dinero, su padre ya se había convertido en un muerto cualquiera. En su propia 
habitación, en el centro de una cama en la que había soñado en vida, ahora estaría 
entregado a una nada sin sueños, rodeado de coronas fúnebres, en un ambiente 
perfumado e iluminado con luz tenue para disimular su violenta condición. Un 
muerto quieto e indiferente, una cosa inanimada que se dejaría arreglar y embe¬ 
llecer para que parientes y amigos pasaran en tandas para verlo. Un muerto rígido 
e inalcanzable al que su madre le colocaría una almohada para que descansara su 
noble cabeza, lo salpicaría de colonia y peinaría, y lo haría lucir, borrando de su 
rostro el rictus amargo con que él lo recordaba en el suelo del living, con la cara 
ausente de los hombres felices. Un muerto descortés y terco al que sería impres¬ 
cindible encerrar rápidamente en una caja para no tener que soportar su expre¬ 
sión irritante, su irrespetuosa indiferencia al sufrimiento, y sobre todo su fasci¬ 
nante inmovilidad, que evocaban certezas que a pesar de ser de las pocas que 
existían, la mayoría de los hombres se negaban a aceptarlas como definitivas. 
Luego, cuando regresaba caminando otra vez por la Avenida, descubrió que se 
sentía más relajado y tranquilo, como si el contacto con aquella puta, de pronto 
por una antigua y tortuosa afinidad de los seres en desgracia, le hubiera propor¬ 
cionado cierto consuelo ayudándolo a sobrellevar lo que vendría. 


A partir de aquella noche las cosas fueron de mal en peor para su familia. 
Después de confirmada la desaparición de Javier y Claudia lo que siguió fue una 
constante frustración, una desazón que se hacía más profunda a medida que pasa¬ 
ba el tiempo y no se sabía a donde se los habían llevado, en qué condiciones 
estaban, si por lo menos seguían vivos. Junto a su madre y la de Claudia removie¬ 
ron cielo y tierra tratando de encontrarlos. Pero todas las gestiones, todos los 
influyentes amigos de su padre, toda la ayuda de las organizaciones de derechos 
humanos, todos los contactos con las autoridades uruguayas y argentinas fueron 
inútiles. Se sentían descorazonados, era como darse contra un muro una y otra 
vez. Sólo en contadas ocasiones sus alicaídas esperanzas renacían cuando al¬ 
guien que había sido liberado decía creer haberlos visto en uno de aquellos cen¬ 
tros clandestinos donde llevaban y en la mayoría de los casos mataban a los 



Rafael Marías 


147 


secuestrados. Entonces su madre revivía, se animaba, comenzaba a hacer planes 
pensando en la vuelta inminente de Javier -la última vez hasta le había comprado 
ropa y pintado el cuarto-, y como se aferraba de manera tan desesperada y mórbi¬ 
da a cualquier ilusión, por más remota que fuera, cuando llegaba la nueva decep¬ 
ción era lo mismo que si lo volviera a perder. Lo único que conseguían aquellas 
noticias, al escarbar sádicamente en una herida todavía abierta, era alejar defini¬ 
tivamente la posibilidad no ya que cicatrizara, porque esto era imposible, sino 
que por lo menos dejara de sangrar. De cualquier manera ni él ni nadie esperaba 
que se desmoronara como lo hizo. Lo que con otras personas en la misma situa¬ 
ción no había sucedido, no sabía si por el dolor mismo en alguien muy suscepti¬ 
ble o por algo ya latente en ella que el dolor había despertado, al poco tiempo la 
salud mental de su madre fue deteriorándose con rapidez hasta afectarse de for¬ 
ma permanente. Después de una corta transición en que pareció que había dismi¬ 
nuido su ansiedad, de un día para el otro empezó a desvariar abiertamente ac¬ 
tuando como si su padre y su hermano estuvieran vivos. Para Pablo fue una expe¬ 
riencia que le costó superar verla pasar una noche en vela esperando el regreso de 
Javier y presenciar sus diálogos demenciales con el vacío, con ojos abiertos como 
platos, ignorantes de todo lo que no fuera su visión. Por supuesto que al otro día 
la había puesto en manos de un reconocido psiquiatra amigo de su padre. Éste la 
intemó en una clínica privada, la medicó y la primera respuesta fue muy positiva, 
parecía haberse curado, pero pasada la primer semana de aparente normalidad 
recayó y hubo en el correr de los meses siguientes varias internaciones más. El 
psiquiatra estaba desconcertado y los colegas a los que pidió opinión también. Su 
madre no respondía al tratamiento en la forma esperada. Sus vueltas a la norma¬ 
lidad eran cada vez más breves; seguía alucinando y cuando no lo hacía se hundía 
en profundas depresiones de las que era cada vez más difícil rescatarla. Su dete¬ 
rioro fue asombrosamente veloz y los médicos especialistas hacían conjeturas 
pero no sabían combatirlo. El último año de su vida lo había pasado postrada en 
la cama, rodeada de enfermeras y doctores. A lo último prácticamente no hablaba 
a no ser por esporádicos balbuceos incoherentes, no comprendía nada de lo que 
se le decía y había que alimentarla, cambiarla, lavarla, porque ni siquiera contro¬ 
laba las necesidades de su cuerpo. Así sobrevivió seis meses hasta que una noche 
su corazón se había apiadado de ella dejando de latir. 

El resto en parte era historia. A los países sudamericanos había vuelto la 
democracia, aunque en algunos como condición, en especial en Uruguay, Argen¬ 
tina y Chile, los golpistas y sus secuaces consiguieron de una forma u otra ser 



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El Hermano de Pablo 


indultados y por lo tanto los culpables del seguro asesinato de su hermano nunca 
fueron juzgados, hecho que le dejó un regusto muy amargo (lo que según algunos 
de sus conocidos habría sido debido a su falta de “grandeza” para perdonar). A 
los pocos días de la muerte de su madre, en plena dictadura, en el último contacto 
que había mantenido con la madre de Claudia, ésta, por teléfono, con palabras 
afectuosas le había dado sus condolencias y expresado que seguiría luchando 
para saber lo que había pasado con Claudia y Javier. También le había dicho que 
a su compañero, Cosme, que hacía dos años que estaba preso, lo habían liberado 
recientemente, y que Rita y su marido se habían ido a Suecia en condición de 
asilados políticos. En cuanto al flaco Marcelo, poco después de la muerte de su 
padre, viajó con sus padres a España según lo tenían planeado. Allí se relacionó 
con una catalana de la que se enamoró perdidamente y en forma intempestiva 
decidió casarse y no volver al país. A Pablo realmente le costó asimilarlo, nunca 
se le había pasado por la mente que el alma del flaco albergara semejantes pasio¬ 
nes, tal vez porque siempre lo vio como el amigo fiel, jodón y simpático, y no 
como una persona con necesidades y una vida que resolver igual que cualquiera. 
Como solía suceder en estos casos, durante algún tiempo se escribieron muy 
seguido, y después con la lejanía, la correspondencia se transformó en una espe¬ 
cie de compromiso espaciándose cada vez más hasta interrumpirse, con el resul¬ 
tado que durante años le perdió el rastro a su amigo el flaco. Supo más adelante, 
por un conocido en común que lo encontró de pura casualidad en España, que 
estaba divorciado, tenía una hija y era dueño de una cadena de zapaterías en 
Barcelona; su padre había muerto de un derrame cerebral mientras lo visitaba, y 
su madre que en ese momento estaba viviendo con el flaco, al año de enviudar se 
había casado con un hombre demasiado joven que en poco tiempo la dejó en 
bancarrota. 

Ahora el tiempo había transcurrido y los años habían hecho su trabajo, 
pensaba Pablo. Todo parecía tan lejano y borroso. Él se había instalado en el 
Interior, estaba casado con Elena, que le dio dos hijos, vivía cómodamente y 
hasta le sobraba el tiempo para ocasionales amantes. Así era la vida, ¿no? Con los 
años, pensando en lo sucedido, había perseverado tratando de encontrar un senti¬ 
do racional a aquellos trágicos acontecimientos, pero modestamente creía que en 
ese intento había tenido la misma suerte de todos los que buscaban los últimos 
porqués de las cosas, o sea, ninguna. ¿Qué lo impulsaba a seguir adelante...? 
Supuestamente la existencia se reducía a una ciega y esperanzada afirmación que 
hacía que el mundo girara y ésta le parecía la explicación más satisfactoria. Por 



Rafael Marías 


v. 


V 7 ti 


149 


lo demás, si consultaba sus sentimientos, no se consideraba en absoluto una per¬ 
sona infeliz, tenía sus buenos momentos, procuraba aceptar lo inevitable, y no se 
arrepentía de nada. Sólo en contadas ocasiones lo invadía una vaga nostalgia de 
otra vida que podría haber vivido, por más que no acertaba a darse cuenta qué 
otra cosa hubiera hecho si no se iba al campo. Después de todo, ¿qué alternativas 
tenía? Había elegido siempre lo que más le convenía, y esto, según creía, era lo 
mejor que se podía hacer en un mundo tan engañoso como el que soportaban. 




OTROS TÍTULOS PUBLICADOS POR LA 

EDITORIAL PSICOLIBROS 


1- Hombre Padre Divorciado 

Migue! Angel Gassel 

2- Psicoanálisis aplicado a la educación 

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3- El psicodiagnóstico en sus diferentes ámbitos 

C. Weigle y otros - Jornadas CPSI - Edición de diciembre de !997 

4- De la atención temprana a la integración escolar de niños con necesidades educativas especiales 

Juan Mi la y otros. Edición de diciembre de 1998 

5- Técnica Psicoanalítica - Su fundamentación práctica 

Víctor Raggio (edición cotregida y ampliada de marzo de 1999) 

6- El concepto de Narcisismo en la obra de Freud 

Edgardo Korovsky, M. Herrera, ¡V. Perdomo, A.M. Pitia luga, T. Rui val 
Edición nov. 1999 

7- Introducción a la epistemología para psicólogos 

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8- Drogadicción. Orientación y prevención en la familia 

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9- Análisis dinámico del Rorschach. Una integración teórico-clínica 

Comp.: A. Muniz Martoy - (S. Candán, S. Contino, M. Fraga, N. López, M. Rodríguez, N. Silveira, G. 
Sofoulis, A. Tortore lia, M. Vare la.) 

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Ps. Alicia Muniz. Edición 2000. 

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Psic. Fe?'nando Sierra Camín. Edición 2000 

12- Psicología y Organización del Trabajo. 

Leopo/d, Martínez, ¡Vittke, Fuentes, Schvarstein, Araújo, Benedetti, Ruiz, Weisz, Berisso, Bertullo, 
Olesker, Sarachu, Taks y Tomasina. Edición 2001 

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Edición 2001 (en prensa) 

14- GESTALT, ZEN y la inversión de la caída. 

Alejandro Spangenberg. Edición 2001 (en prensa) 

15- Comunidad Terapéutica y Trastornos Duales 

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16- El Hermano de Pablo. 

Rafael Marías. Edición 2001 

17- ¡¡Bien!! Lo conseguiste. Orientación en límites a partir del fortalecfetApto Güíafpara 

padres y educadores. 

Natalia Trenchi. Edición 2001 (en prensa) 



Impreso en 



Delano S. A., en Montevideo, Uruguay, 
el mes de junio de 2001. 
Depósito Legal No. 320.358 




“Esta es una primera novela de un escritor en el 
que no puede rastrearse ningún propósito de 
deslumbramiento , ninguna arrogancia, ninguna 
concesión a la moda o a la posteridad . Me gusta por la 
modestia, pero sobre todo porque cuenta, y muy bien, 
una historia cercana, verdadera y dolorosa. Desde la 
ficción, un aporte válido a nuestra historia . ” 

Antonio “Taco " Larreta 


ISB 


IM 9974-7637-1-1 


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7637 1 5